All the problems are believed to have been solved at least well enough to make a bomb practicable.
Obertura de la ópera “Doctor Atomic”
Guillermo Guitérrez Nieto*
El Proyecto Uranio, la Operación Borodino y el Proyecto Manhattan tenían como objetivo común desarrollar un bomba atómica que permitiera a sus promotores -Alemania, Unión Soviética y Estados Unidos, respectivamente- generar un efecto de dominio frente al resto del mundo. Era el final de la segunda guerra mundial y de estos tres proyectos el que concretó su objetivo fue el estadounidense, que el 16 de julio de 1945 llevó a la práctica el primer ensayo atómico en Alamogordo, Nuevo México. Este acontecimiento, además de inspirar la ópera “Doctor Atomic”, que John Adams y Peter Sellars estrenaron en 2005, marcó la ruta de las relaciones internacionales hasta el final de la Guerra Fría, un camino marcado por la amenaza del uso de estos artefactos y la distensión cíclica entre sus poseedores.
Setenta años después de ese acontecimiento, que marcó el inicio de lo que en las relaciones internacionales se conoce como la era nuclear, Irán y el llamado Grupo 5+1 (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, China, Francia y Alemania) acordaron un programa que acotará el desarrollo nuclear iraní durante la próxima década. Así, la República Islámica se comprometió a no enriquecer uranio a más del 5%; a desmantelar un 75% de sus plantas centrifugadoras; a eliminar materiales fisibles, y a desmantelar piezas esenciales en sus reactores para impedir la producción de plutonio. Igualmente permitirá inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica, incluso en ciertas locaciones militares. A cambio, se eliminarán las restricciones económicas y de ayuda financiera, así como el bloqueo de créditos y limitaciones a sus exportaciones que afrontaba Irán desde hace varios.
Ambos acontecimientos refieren uno de los aspectos más deleznables de la evolución de la humanidad: el uso de la energía nuclear con fines bélicos. Aunque las armas nucleares sólo se han utilizado dos veces en la guerra –en los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945-, en la actualidad quedan aproximadamente 26 000 y hasta la fecha se han llevado a cabo más de 2 000 ensayos nucleares, de acuerdo a la Oficina de Desarme de la Organización de las Naciones Unidas.
Como cualquier otro tipo de armamento, la relevancia de las bombas atómicas tiene como origen la guerra. Lo paradójico en este caso es que desde su origen no han sido utilizadas en áreas de conflagración, sino más bien en ciudades alejadas del conflicto, perjudicando mayormente a población civil. Como lo refiere Ward Wilson, académico especializado en asuntos de armamento nuclear, erróneamente se ha asumido que cualquier ataque nuclear es decisivo, sin embargo la destrucción masiva no implica ganar ninguna guerra, mucho menos cuando va implícito daño a la población civil. En ese sentido, lo que ha ocurrido con estos artefactos bélicos es que han tenido sustento en su poderoso efecto psicológico, permitiendo a sus poseedores proferir amenazas de su posible uso en aras de contener cualquier posible agresión externa. Esta política de contención hasta ahora ha funcionado, empero los conflictos acaecidos desde la segunda guerra mundial han tomado diversos cauces bélicos, predominando el uso de armamentos convencionales cada vez más sofisticados y letales.
Ante esta realidad, recordar que en 2015 se cumplen 70 años de la primera detonación nuclear, el llamado proyecto Trinity, y celebrar el acuerdo logrado por Irán con el llamado Grupo 5+1 son actos que obligan a reflexionar sobre el destino final de este tipo de armamentos. Los planteamientos y propuestas hacia su destrucción se originaron a la par de las secuelas que dejaron sus primeras detonaciones, siendo el primer esfuerzo colectivo hacia su destrucción en 1946, cuando se estableció al interior de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) una comisión para formular medidas destinadas a garantizar el uso de la energía atómica con fines pacíficos y a presentar propuestas para “la eliminación de los armamentos nacionales de las armas atómicas y todas las demás armas de gran potencia aplicables ahora o en el futuro a la destrucción en masa”.
Desde entonces se han creado varios tratados multilaterales con el propósito de evitar la proliferación nuclear y los ensayos nucleares: el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (1968), el Tratado de Prohibición de Ensayos con Armas Nucleares en la Atmósfera, en el Espacio Ultraterrestre y debajo del Agua, conocido también como Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares (1963), y el Tratado de Prohibición Comprehensiva de los Ensayos Nucleares (TPCE), firmado en 1996. Otros acuerdos bilaterales y plurilaterales también han pretendido reducir o eliminar ciertas categorías de armas nucleares, así como evitar la proliferación de las mismas y de sus sistemas vectores. En este ámbito, lo más notable han sido tratados entre los Estados Unidos y la Federación de Rusia, además de otras iniciativas regionales conjuntas.
Para México el tema reviste la mayor importancia desde que se creó la comisión sobre desarme al interior de la ONU, en la cual la participación y el seguimiento de los compromisos por parte del entonces representante de México ante esta organización, Luis Padilla Nervo, fue de notable valía. Años más tarde, Alfonso García Robles enarboló algunas de las máximas de la política exterior de México -solución pacífica de las controversias y proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales- e hizo gestiones diplomáticas de gran calado para asegurar que nuestro país propusiera uno de los acuerdos más trascendentes en la materia: el Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en América, mejor conocido como el Tratado de Tlatelolco (1967), el cual es instrumentado bajo la supervisión del Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina y el Caribe (OPANAL), con sede en nuestro país.
La labor diplomática de México en esta materia no se agota con esos referentes ya que su participación al interior de los distintos organismos internacionales que analizan y determinan acciones sobre esta materia es dinámica y con alto contenido propositivo. Adicionalmente, de forma individual desarrolla desde 2014 una actividad singular: la Escuela de Verano sobre Desarme Nuclear y No Proliferación, en coordinación con el Centro de Estudios James Martin para la No Proliferación, del Monterey Institute of International Studies, el OPANAL y el Gobierno de la Confederación Suiza. A este ámbito académico se invita a diplomáticos de América Latina y el Caribe, a especialistas nacionales y extranjeros y a representantes de organizaciones civiles a fin de debatir sobre aspectos de desarme nuclear y la no proliferación, creando así conciencia entre los participantes y confirmando la máxima prioridad que México le otorga a la seguridad y la paz internacionales.
Sin duda, el camino hacia el desarme nuclear ha sido largo y pleno de complicaciones para asegurar la erradicación de estos artefactos del mundo. Actualmente nueve países poseen armamento nuclear (los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU más India, Pakistán, Corea del Norte y, presumiblemente, Israel) y varios tienen tecnología para enriquecer uranio, lo cual podría derivar en algún uso con fines armamentistas. Ante esta realidad cualquier planteamiento o acción que se recomiende para erradicar este tipo de armamento es bienvenida. A 70 años del inicio de la era nuclear convendría que todos los actores internacionales asumieran lo dicho por uno de los personajes de la opera de Adams y Sellars: “cuando alguien actúa con sus propias energías, cualquier acción, inevitablemente, perdura”.
*Miembro activo del Servicio Exterior Mexicano.
