Juan Antonio Rosado
Salvador Elizondo prefería hablar de sus “escritos”. Sabía que eran inclasificables. Acaso sea una de las razones por las que se le mencione más de lo que se lee. Es verdad que, como ocurre con todo, también la sensibilidad se educa, pero dicha educación puede flexibilizarse para que se abra siempre a nuevas propuestas estéticas, o para que, acostumbrada a los modelos impuestos, se cierre y sea incapaz de concebir cualquier fenómeno que se salga de la cuadratura mental del mercado. De este modo, se nos enseña, por ejemplo, que una obra “artística” debe ser mentada de algún modo, clasificada en algún rubro; se nos insiste en la supuesta “unidad” temática y de estilo que debe tener un libro para la comodidad del lector y de los críticos. La excentricidad y el eclecticismo siguen condenados como males inclasificables. Una novela, un libro de cuentos, una obra teatral deben encerrarse en una tendencia o corriente temática, en un estilo o en una moda. La “copianditis” de la que habla Eduardo Galeano para designar a los imitadores de la civilización hegemónica implica lo que el mismo Galeano llama “otrocidio”. Matar o ningunear o asimilar al Otro. Este autor de una obra inclasificable llamada Memorias del fuego, se pregunta: “¿por qué la voz humana ha de ser clasificada como si fuera un insecto?”.
De tal manera, un artista, y en particular un escritor de ruptura, decidido a hacer lo contrario o algo distinto de lo que desearía un editor cuyo parámetro sea preponderantemente comercial, está condenado a no publicar, al rechazo, al ninguneo porque su obra no se acomoda a ningún modelo, sino que acaso participa de muchos; tampoco se acomoda a un género en particular, a algún tema o estilo, sino que parece elaborada por un autor con varias personalidades. Cioran afirma que “Todo lo que se puede clasificar es perecedero. Sólo sobrevive lo que es susceptible de diversas interpretaciones”. No lo sé, pero lo cierto es que si un editor se enfrenta a una obra de ruptura, antes de arriesgarse se preguntará: “¿Qué es esto? ¿Cómo podría venderlo?” Surge el desconcierto y el miedo a lo distinto. Ahora la escritura mediocre incluso ni se toma la molestia de describir: sólo narra como cualquier mortal lo hace en una cafetería o en el Ministerio Público. En suma, lo que a menudo desean muchos editores y jurados de premios (reflectores efímeros) son obras clasificables, o en su defecto, Borgitos, Cortazaritos, Rulfitos y todo tipo de imitadores de esquemas exitosos, ya sea a la Joseph Campbell, a la Otto Rank, a la Vladimir Propp o a la Sigmund Freud.
