Juan Antonio Rosado

 A menudo se ha insistido en las dos vías generales de desarrollo de una obra de arte. Ambas pueden percibirse de modo alternativo en un artista individual o en una tendencia evidentemente colectiva o grupal. No se trata de vías divorciadas o de una dicotomía artificial, sino de un perpetuo movimiento dialéctico en que, durante un estado, prevalece una vía, y durante otro, la otra. Me refiero, por un lado, al impulso de continuar una tradición sin necesariamente imitar modelos al pie de la letra, y por otro, al impulso de romper (a veces mediante la parodia) con esa tradición, con esos modelos. Octavio Paz llegó a referirse a la tradición de la ruptura para profundizar en las paradojas y en el signo del cambio. Algunas vanguardias rompieron con las obras anteriores; otras tomaron mucho de la tradición y lo llevaron a extremos inauditos (un ejemplo es el surrealismo respecto del romanticismo). A veces, sin embargo, la “novedad” o la “ruptura” no consiste sino en tomar elementos de un pasado remoto y actualizarlos, otorgarles nuevos bríos (ejemplos: Paul Valéry y el viejo decasílabo francés; Rubén Darío y la Edad Media, así como el Siglo de Oro español).

Desde hace años se ha puesto de moda el término “fusión” para designar la unión de elementos a veces contrastantes, tomados de aquí y de allá en el seno de un eclecticismo bien entendido, es decir, un tomar conscientemente lo necesario de diversas tradiciones para producir todo el efecto que determinada imagen, sensación, sentimiento o pensamiento deben producir. La llamada “globalización”, no entendida como frívola y excluyente “norteamericanización” (lo que Baudelaire llamó en tono amargo “americanizarse”), sino entendida como ruptura de fronteras culturales, ha obligado al artista a fusionar ingredientes de tradiciones diversas. Particularmente en la música (no sólo en la llamada “culta”, sino también en la buena música popular) es notorio dicho fenómeno, pero también en pintura, arquitectura y gastronomía. Si de cualquier modo no existe la pureza y todo es producto del mestizaje, más aún en nuestros días, cuando mayor oxigenación requiere el arte. Estoy convencido de que sólo de las fusiones, del verdadero riesgo, pueden surgir propuestas verdaderamente originales. Lamentablemente, la literatura, en especial la novela (sobre todo la novela de masas) sigue reacia a romper consigo misma. Muchos autores de lo que un crítico llamó “novelas de aeropuerto” y yo propongo denominar “novelas enlatadas”, compuestas en busca de un éxito tan fácil como efímero por autores que persisten en esquemas probados por su amenidad, no pueden romper con dichos esquemas, pues a la misma industria editorial no le conviene. Pero esto es motivo de otra reflexión que, por cuestiones de espacio, sería imposible desarrollar aquí.