Balandronadas y torpezas
Alfredo Ríos Camarena
Una constante del lado oscuro de la humanidad ha sido el odio originado por fanatismos religiosos, discriminación racial, xenofobia, nacionalismos exacerbados y otras taras, cuya patología afecta las relaciones sociales.
La horrenda sombra del nazismo sigue siendo la más significativa, porque se desarrolló en una sociedad culta y preparada que —postrada en la posguerra bajo las leoninas cláusulas del Tratado de Versalles— incubó y desarrolló el odio a niveles dantescos; así vivió la sociedad de mediados del siglo XX la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y la represión.
El origen de la semilla de estos males está en un comportamiento humano que hoy seguimos sufriendo; basta asomarnos a los homicidios y torturas que el llamado Estado Islámico impone de manera impune e infame, encubierto en fanatismos.
En Estados Unidos, la discriminación ha sido una constante desde la época muy cercana, por cierto, de la esclavitud, que dio lugar a la Guerra de Secesión; después de ello, los inmigrantes pobres y no blancos han seguido el mismo camino de rechazo, repudio y exclusión social. Esta acción se ha incrementado hacia los latinos, particularmente los mexicanos.
Lo que causa admiración y pánico es que este fenómeno se ha incrementado, por ejemplo, con la construcción de un muro en la frontera con México y la deportación sistemática de compatriotas que, incluso, ya construyeron toda una vida habitando en Estados Unidos; son claras actitudes que hoy encarnan varios de los precandidatos a presidente de Estados Unidos, por parte del Partido Republicano.
No se trata de simples payasadas y ridículas declaraciones, lamentablemente es algo mucho más profundo que debemos contener; los acontecimientos de Boston del pasado 21 de agosto en donde fue vejado y maltratado un mexicano de 58 años, por el solo hecho de ser pobre y latino, nos recuerdan los linchamientos contra los negros, los pogromos contra los judíos y los feroces asesinatos del partido nazi.
La explicación de Scott y Steve Leader, perpetradores de esta patética violencia, simplemente consistió en que estaban de acuerdo con las declaraciones y acciones del señor Donald Trump, quien se apresuró a deslindarse de estos acontecimientos. Sin embargo, encender un fuego en la seca pradera del odio racial implica abrir una brecha que puede convertirse en un enorme incendio, como las hogueras del Ku Klux Klan.
Es inverosímil y absurdo que esto suceda en un país donde la democracia ha llevado a la Presidencia de la Republica a un inteligente afroamericano, que está en tiempo de poner diques desde el poder hacia estas actitudes.
Cuando Adolfo Hitler pronunció sus primeros discursos en la famosa cervecería Hofbräuhaus de Munich donde nació su partido, la opinión generalizada fue de burla y desprecio, después se convirtió en el origen del más grave genocidio.
Las balandronadas y torpezas de un candidato no deben ser la semilla del odio.
Está en manos del electorado norteamericano prevenir el destino incierto de una guerra racial.
