Juan Antonio Rosado
Para las civilizaciones que en la antigüedad y aún hoy han deseado partir en su beneficio la mayoría de ese inmenso pastel llamado mundo, el otro o la otredad jamás han existido ni existirán. Incapaces de ver más allá de sus narices, se sienten y llaman “realistas” mientras, simultáneamente, acaban poco a poco con toda realidad. ¿Qué quedará? Sin duda, las representaciones de esas realidades, si es que queda algo. Si la economía de un país se sostiene gracias a las armas, ¿qué mejor que inventar guerras y grupos armados para seguir vendiendo armas? Si una nación requiere las materias primas de otra, no hay nada mejor que robarlas legalmente, mediante la complicidad de gobiernos locales, sin importar el pisoteo a los derechos humanos o al ecosistema.
La civilización dominante lleva ya muchos siglos dominando y sabe bien, aunque no lo reconozca, que en gran medida la riqueza proviene de la pobreza ajena, la pobreza del otro. ¿Pero qué importa el otro si se trata de enaltecer y enriquecer al propio yo? Al fin y al cabo, el mundo, cada vez más pequeño, terminará repartiéndose en unas cuantas secciones. Lo que no quepa estará condenado a morir por inanición, y si se rebela, lo hará ilegalmente y para ello existe el orden público que lo someterá o aniquilará. Por ello Eduardo Galeano llegó a hablar del otrocidio, el asesinato del otro, y por ello Raimon Panikkar propone el término ecosofía y no ecología. Estos y otros muchos autores, y también las culturas tradicionales, aquellas que se niegan a convertir el mundo en un inmenso mercado, son censurados y ridiculizados como “románticos”, “gente de izquierda”, “idealistas”, “soñadores”. Y sin embargo, han sido siempre los verdaderos realistas, en la medida en que protegen la realidad. Galeano lo explica con claridad: “Esas culturas, que la cultura dominante considera inculturas, se niegan a violar a la tierra: no la reducen a mercancía, no la convierten en objeto de uso y abuso: la tierra, sagrada, no es una cosa”. Pero a un corporativo, a un magnate cuyas ideas sólo giran alrededor del dinero y las utilidades, ¿qué puede importarle lo anterior? El desafío es que se cumplan sus sueños a costa de la realidad, es decir, del mundo donde habitan él mismo y su prole, para desgracia de la gran mayoría de los miserables terrícolas. Ya que no queda nada por conquistar en la superficie terrestre, se emprende la conquista del espacio, de las profundidades del mar y del centro de la tierra. La fractura se hará cada vez más honda y acaso se cumpla lo que irónicamente predijo Salvador Novo en uno de sus poemas, cuando exhorta al mar a acelerar el Apocalipsis. Entonces, las futuras sardinas comerán “cerebros fósiles/ y corazones paleontológicos”.
