Carlos Santibáñez Andonegui

 El XVI Encuentro de Poetas del Mundo Latino estaba en todo su vigor, aquella noche de octubre en Aguascalientes, había un público suave, deseoso de abrirse a las riquezas de este bello arte. Tocó el turno a la poeta Martha Canfield. Qué condición la suya de uruguaya-italiana. Qué amistad con esa gran leyenda de la poesía de nuestro tiempo: Jorge Eduardo Eielson, amigo de Arguedas. Sus conversaciones en Diálogo infinito. La capacidad de ambos para abrirse al cosmos, al fluir del tao.

Todo estaba en el aire. El ambiente se aclara. Se hace la calma, uno de esos instantes que demuestran que la poesía se fragua de invisibles capaces de asir épocas.

Juana Rosa Pita intuyó en Boston, (prólogo a: Corazón Abismo): “la vida no tiene nada adverso que enseñarle a quien de veras ama, porque quien tiene corazón tiene en el fondo algo de misionero, así de simple…”. Sólo un mal Judas podría hacerse el sordo. “Sólo aquel que se acerca/ Con el corazón bueno/ Podrá sentir la música que sale de su centro”. (“El Caracol”).

Tiene el Encuentro la magia que quería Lugones, “la perspectiva paradojal de palco escénico”; se va al sol por la escala luminosa de un rayo, Darío está que se antoja: “Fuegos de pasión/ necesarios son/ a mi corazón”. Y la poeta entonces se desata el pelo. Con la emoción que cabe en las palabras, cautiva a un auditorio que se diría salido de un epígrafe de Machado: “En el corazón tenía/ la espina de una pasión”.

Catedrática de la Universidad de Florencia, familiar a quienes frecuentan sus antologías Voces y Luces, y Poesía Española e Hispanoamericana, su libro Corazón abismo, de la colección Temblor de Cielo, donde Boccanera, Marco Antonio Campos y José Ángel Leyva, hacen parte del Consejo editorial es una buena opción para libros de cabecera.

Además, lee poemas recientes sobre personas perseguidas, por haber querido una sociedad mejor: yo sabía que no me podría contener. Tarde o temprano habría de prorrumpir en “Bravísimos”.

Su poesía trae ese trato de tú con el nudo, inextricable de la condición humana. Se adentra en situaciones abismáticas. Nadie debe salir del corazón sin un brillo nuevo cada vez que abreve en su interior. A este Corazón abismo habrá que dirigir la pregunta de Unamuno a Aldebarán: “¿Qué amores imposibles/ guarda el abismo?”. Habrá que coincidir en sólo un corazón, que vale para todos. El “llagado corazón que sufre” por el cual “Dios me perdona”, proclama Unamuno en El Cristo de Velázquez.

Ella es todo menos arrogancia. Su aludir a personas a quienes la tragedia cubrió en su valiente Italia, gana la emoción del público del modo que seguramente ha venido ganando a otros públicos. Poetas como Martha suman audiencias pero con cada verso podían volver a empezar: “Sonríen los dioses./ Es tan breve la vida”.

La metáfora es a ella lo que menos le apura. Se adueña de la palabra. La hace suya sin problemas, como amiga que sabe dominarla incluso por la espalda. ¡Bien que se sabe dueña de la noche!

Mas se trata de ella, al servicio de la poesía, no la poesía al servicio de ella. El tiempo es fruto de un trato que no es para contarse, que ha tratado de negarse, que es como “tiempo atemporal”, ¿acaso el “tiempo del rey Luis de Francia”?, que Darío entrevió cruel, ese tiempo en “que Eulalia ríe todavía/ ¡y es cruel y eterna su risa de oro!”. Cual corriente del Tíber bajo el sol, en la sección del libro de Martha intitulada Canto de medianoche, todo hasta Darío, pasa por Roma o es como ese refrán que reza los caminos conducen a ella. Yo lo sentí escuchando a la maestra Canfield. Toda la poesía de la humanidad es Roma de noche.

Se habla de espacios de indeterminación. La poesía es algo que se sabe en el espacio irredimible de la duda. Un saber casi exclusivo de la poesía, algo entre “Rojo y Negro”, donde “me quedo y siento apenas el aliento tibio de la vida”, está también en el “polvo enamorado” de Quevedo, que la poeta verbaliza en rostro desde su altura de vértigo, así como López Velarde lo viera en el “vértigo del minuto perdurable”.

La poesía es entonces esa mirada ese rostro. Ese escalofrío que cambia las cosas, “en una encrucijada/ de blancos enlazados bajo el sol”. Estamos aptos para vivir poéticamente, cuando adquirimos la sabiduría del nudo que, como el agua —nos lo enseñó López Velarde—, sonríe gradualmente… amistado el ser con la poesía, caminará sobre el agua que al fin le deja libre… Esa noche, el Encuentro de Poetas del Mundo Latino fue un regalo a las almas llenas de infinito, de orgullo por esta existencia que en cualquier momento puede romperse, desbaratar su vínculo externo, y desde ahí cantar un nuevo amanecer. Lo que se necesita es nada más no perder de vista en el camino “la luz afiladísima del sol”.

¡Nadie se eche hacia atrás! Todo el que vive debe saber lo que le espera: “Al fin del callejón/ un par de ojos/ dulces/ me miran”.

Así hoy, mañana y siempre sea la vida como esta noche de octubre en Aguascalientes. Sea “el ansia que no sabe mostrarse con palabras”, el decir a alguien, por fin: “me tienes a mí”, como un primero y último gesto: “El espacio dilatado se cierra/ en torno a tu sonrisa/ último gesto tuyo que recuerdo/ cuando mañana es hoy/ y siempre/ y para siempre/ te estoy viendo”.

Martha Luana Canfield, Corazón Abismo. Temblor de Cielo. Escritores de Cajeme y granises@laotrarevista.com, México.