Ricardo Muñoz Munguía

El poeta encumbra los sentidos. Su construcción de la palabra estructura las diversas formas de la mirada, la que sobrepasa la vista, es decir, más allá de exponer el ojo como un medio, la mirada es una mano que atrapa los vuelos de la mariposa, las heridas de algún caminante, la sangre del alma, cualquier alma, hasta de la piedra. La mirada hacia la memoria, empeñada en los siglos y que se levanta con el cuerpo del árbol, de la lluvia, de la luz, del tiempo mismo, de la tierra…, así la enseñanza de los calendarios. La mirada de sus brazos extendidos hacia las nubes, hacia la luna, hacia los colores, las voces y los gestos del entorno cotidiano, hacia el cuerpo como un río huidizo sobre lo guardado, lo que selló herméticamente para continuar en el mundo vivo, el de sus sentidos. Así, ubicado desde un mismo nivel, donde imagen y palabra, el poeta expone el acontecer de su alrededor inmediato, el que se antoja de muchos mundos, que rebasa el tiempo y el territorio; su voz cava las grietas de la madrugada, una voz que nace, y renace, del sentir y se clava con sus versos en páginas destellantes, en las que se posa el poeta, de infinitos pasos.

Nacido en Ajalpan, Puebla, en 1945, Gilberto Castellanos es, sin duda, una gran pieza para las letras mexicanas, como se puede constatar en cada uno de sus libros: Semillas de barro, El mirar del artificio, Rama del ser, Arcángide, Bazar de la serpiente, entre otros. Por ello, no exagera en ninguna de sus letras Víctor Toledo al referirse sobre la labor creativa de Castellanos: “se yergue en el país claroscuro del barroco, siendo el poeta más importante nacido en el estado de Puebla a finales de la primera mitad del siglo XX”.

Acercarse al quehacer poético de Gilberto Castellanos es el modo de habitar lo hondo del ser, reconocer los distintos ecos del yo que, como larvas —en plural, pues el yo, desde la palabra del escritor poblano, de desata en diversos yo, como también se retrata en muchas portadas de los libros de Castellanos; dibujos de él mismo—, hurgan en la memoria, en el ser, en la mirada. “El hombre ha de ser el hijo de sus hábitos y el gesto infalible de lo que calla;/ sin reloj, el verbo es una vergüenza; sin auroras, corazón, podrías desplomarte”, dicta Gilberto para cerrar uno de sus poemas.

A un lustro del fallecimiento del profesor normalista, dibujante, promotor cultural aparece recientemente el poemario Senderos de grana —ojalá aún queden más libros que dejara Castellanos—, es el que contiene mayor acento sobre el dolor en sus diversas ramas. El dolor por el hachazo a su mano encendida, el dolor por el niño que ahora huérfano del tiempo y de la tentación de conjugar el frío, la noche y la sangre, queda con sus manos abiertas; un niño que retrata constantemente y con el que precisamente cierra el volumen con el poema “Un corazón tan grande que ya no se veía”: “El niño sonreía con todas las estrellas/ en su rostro, dibujó en su cuaderno un árbol/ frondoso con el tronco y las ramas/ en tonos azules, verdes matizados/ de bondad y cobre con su vigor a punto de madurar/ y muchos corazones rojos en lugar de frutos,/ ondeaban triunfantes hacia las alturas/ y los horizontes”, un niño que dibuja, como él; un niño aferrado a la figura del árbol, como él; un niño que abraza el asombro, como él abrasa el asombro de la muerte.

Castellanos, quien desde el apellido contiene el enorme peso del lenguaje de Castilla —como lo menciona el escritor Mario Calderón con su labor de encontrar respuestas a los símbolos y a los ciclos—, como ya se dijo, encumbra los sentidos, los que se guardan en la página, pero su obra trasciende igualmente por el riguroso empuje del estilo, ritmo y contundencia en sus metáforas.

Dueño de una obra trascendente, Gilberto, el caminante luminoso por los paisajes del alma, dibujante del múltiple rostro del corazón, coleccionador de los gestos del color…, avanza con su canto hacia la palabra perpetua, eco del día inacabado.

Gilberto Castellanos, Senderos de grana. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Colección Asteriscos), México, 2015; 124 pp.