Al anochecer del 15 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo se encontraba en la Casa Cural de Dolores, en compañía de Ignacio Allende, cuando fue notificado por Juan Aldama, que se había descubierto la conjura, y que estaban detenidos sus aliados de Querétaro. Hidalgo y los demás conspiradores que vivían en Dolores, sabían que se enfrentaban a decisiones críticas.
Hidalgo entendió el inminente peligro que eso significaba, por lo que decidió, aún en contra de la opinión de Allende, dar inicio al movimiento emancipador, pues consideró que, de esperar a comunicar a los demás conspiradores, como era la opinión de Allende, las autoridades virreinales tendrían tiempo para aprehenderlos y encarcelarlos. Allende entendió las razones de Hidalgo y junto con éste y Aldama, salieron del curato en las últimas horas del día 15 de septiembre, para dar inicio al movimiento de independencia.
El primer Ejército Insurgente encabezado por Hidalgo, Ignacio Allende y Juan Aldama, tuvo su gestación con 8 sirvientes de Hidalgo, a los que se unieron sucesivamente unos 70 presos liberados de la cárcel de Dolores, entre los cuales se distribuyeron lanzas y espadas del depósito de armamento del Cuartel de Dragones de la Reina, que se mantenía en la plaza; así mismo, se unieron algunos soldados de este Regimiento; en suma, poco más de 80 individuos mal armados, y carentes de toda organización y disciplina militar. Esa misma noche, Luis Gutiérrez reunió unos 200 hombres a caballo, de la hacienda de Santa Bárbara, decididos a emprender de inmediato la revuelta.
Una de las primeras acciones que tomaron los líderes fue la aprehensión de los españoles.
“A eso de las once comenzó la aprehensión de los españoles, el primero fue Don Nicolás Fernández del Rincón, Subdelegado de aquel pueblo, […] [pues] así convenía a la patria”.
Alrededor de las 05:00 hrs. del día 16, Hidalgo procedió a convocar a la comunidad, a unirse a la lucha; cuenta la tradición que éste hizo tocar la campana del curato de Dolores, “al oír los repiques de la campana los vecinos de Dolores, los indios, los rancheros de toda la comarca, que aquel domingo habían acudido al pueblo para ir a misa y al mercado, se congregaron en el atrio del templo, alarmados o curiosos al oír aquel toque de rebato que tan inusitadamente los llamaba”.
Una vez congregados los vecinos, en el atrio de la parroquia, Hidalgo les habló; sus palabras fueron un discurso político, sermón y arenga “tenía el don que ahora se llama carisma”; ello contribuyó a que se convirtiera en la figura principal del inicio de la insurgencia, aun no siendo militar.
Hidalgo proclamó su oposición a los peninsulares y a los gobernantes franceses de España, a la vez que declaraba su lealtad a Fernando VII, a la sazón cautivo en Francia. Proclamó estar dispuesto a dirigir la insurrección en pro de mayor autonomía local, sin dejar de sostener la lealtad al monarca español. No obstante, dicho discurso ocultaba los verdaderos objetivos perseguidos por los insurgentes: la independencia jurídico-política, la autodeterminación administrativa y la organización acorde a las necesidades de los novohispanos. Así mismo, la superación de la crítica situación social y económica que afligía a la Nueva España.
Después de las 5:00 hrs. del día 16, y tras el discurso libertario de Hidalgo dirigido a la multitud, que se había reunido en el atrio y los alrededores de la parroquia de Dolores, la fuerza ascendió a unos 600 hombres que portaban viejos fusiles, machetes, lanzas, hondas, palos e instrumentos de labranza, montados unos y sin cabalgadura los más de ellos: campesinos, empleados y artesanos, que vitoreaban enardecidos por las palabras del cura a sus caudillos y a la Independencia. Del pueblo de Dolores, resolvieron Hidalgo y Allende dirigirse a San Miguel el Grande, población de importantes recursos, en la que residían varios partidarios de la rebelión.
A las 11:00 hrs. salía de Dolores la tropa insurgente, a la cabeza Hidalgo y al centro los españoles aprehendidos en las primeras horas de ese día. Poco tiempo tardaron en llegar a la hacienda Erre, donde los principales jefes del movimiento, a quienes acababa de unírseles Abasolo, fueron recibidos espléndidamente por Luis Malo, propietario de la citada finca y quien había sido miembro de las juntas secretas establecidas por Allende, en San Miguel. Después de descansar, el pequeño ejército insurgente continuó su marcha con dirección a Atotonilco (Gto.).
Allende fue partidario de remontarse a la sierra con el primer grupo de seguidores, para armarlos debidamente, instruirlos en la guerra y luego, con más hombres, igualmente bien pertrechados y diestros, comenzar la lucha en forma organizada. Hidalgo no fue de esta opinión, y decidió iniciar la lucha inmediatamente, confiando en que más se conseguiría movilizando a una enorme cantidad de hombres, cuyo peso inclinaría la balanza a favor de la insurgencia.
“El número nos dará la victoria”, declaró Hidalgo.
A medida que fueron avanzando, las filas insurgentes se engrosaban con innumerables voluntarios. Los gritos ¡Viva la independencia! ¡Viva la América! ¡Mueran los gachupines!,arrojados por la tropa que salió de Dolores, “sorprendieron a los trabajadores de los campos vecinos, que suspendieron sus faenas para ver pasar a la multitud desordenada y ruidosa”.
Cuadrillas enteras de peones, se unieron a las tropas insurgentes; de las haciendas y ranchos, salieron hombres a caballo a incorporarse también, formándose así una fuerza de caballería, armada de machetes y lanzas, pues muy pocos llevaban carabinas y pistolas.
“Los indios, al pasar por el río, surtían sus costales con piedras; otros se aproximaban un arma cualquiera, y todos deseaban combatir”.
Los hombres de a pie, reunidos en grupos, precedían a los capitanes de cuadrillas. Estas fuerzas formaron la infantería del improvisado ejército, cuyas armas consistían en palos, flechas, hondas, lanzas y los mismos instrumentos de labranza. Muchos hombres llevaban consigo a sus mujeres e hijos; otros con sus hermanos y parientes.
Las tropas insurgentes, “engrosando a cada momento, en medio de nubes de polvo y ensordeciendo los contornos con sus gritos y sus vivas”, llegaron al santuario de Atotonilco. Precisamente del santuario de Atotonilco, Hidalgo tomó la imagen de la Virgen de Guadalupe pintada al óleo, utilizándola como elemento unificador y de identificación del movimiento insurgente.
Fuente: Secretaría de Defensa Nacional
-Cosío Villegas, Daniel, Historia General de México, El Colegio de México, México, 1981, p.1183.
