Carlos Olivares Baró
Los despedazos gritan a la intemperie. Grietas desnudas: huérfanas en el barro. Bramidos del bronce. La resina conversa con la cera: la refulgencia abre las puertas agónicas de la luz persistente. Manchas azules: se unta la estación sobre la espalda cercenada. En los ojos una ventisca de compasiva oratoria muerde la brisa de un horror rizado. Disyunciones atribuladas: convergencias humedecidas: sufrimiento en temblores de costura borrascosa: músculo insobornable: ángeles acogidos en la vendimia. Demonio acechante. Fulguran los gestos en la música extendida… Cuerpos que navegan extraviados.
Javier Marín. La entereza de los cuerpos despedazados (Vaso Roto, 2015), del médico y psicoanalista Néstor Braunstein (Argentina, 1941): glosario que nace de las temeridades de las efigies de Javier Marín (Uruapan, Michoacán, 1962), quien ha sido capaz de autorretratar esas grietas de la violencia heredada, del delirio transpuesto en todas las aduanas, del pánico resinoso que carcome. Braunstein no despliega aquí su erudición psicoanalítica, en papel de exégeta: más bien traza impugnaciones a muchos de los inquieres que el escultor mexicano se ha hecho en el tallado tentador de todas sus figuras.
“Me dispongo a comentar la obra escultórica de Javier Marín. Es él un artífice de la transformación: convierte la frágil memoria en sólida materia que es dura y perdura. Traduce el espíritu en bronce y barro. Hace posible sus espectros”, escribe el autor de El goce: un concepto lacaniano. No el psicoanálisis como herramienta absoluta, determinante ni axiomática: en este manual se devela un ondulado diálogo con el silencio de esos perfiles marinianos siempre en los desbordes y siempre memorizando persistencias y rubricando incitaciones.
Presencia de ángeles cobijados por la incertidumbre, letanías expresionistas untadas de sagradas concordias, escindidos gestos desafiando la racha del tiempo, cabezas que se multiplican en las espirales, el horizonte alberga los mensajes del alba. La extensión se ramifica en sí misma. Cachaza que invade la perplejidad del espejo. Almagre balbuciente. Babaza calcinada del caracol jadeante. Una varilla atraviesa la espuma barrosa ensamblada por el aspaviento del carbón.
Mujer horizontal grande (cielo, tierra) gatea en busca de un animal acuático perdido en la rambla. Sopla agazapada sobre el tiempo desafiante que la impulsa en la búsqueda. La mirada se apuntala en el espacio. La mirada segrega tinta. La mirada es asombro en los límites. Empinado el cuello, bandea la cabeza en los destajos de la misericordia. Los pies reposan entre sí. Manos en las espaldas: ¿cercenadas o escondidas en la marea del flujo terciado? El bronce amalgama la cera en los meandros de las sombras del muro: puerta del desfiladero. No hay artificio: verdad destrozada, ausencia imperativa: el pez perdido. “El silencio es rumor, sirena o caracol./ Todo el mar contenido/ en un hueco en mi pecho./ Toco su fondo,/ oscuridad sin pausa” (Elsa Cross).
Hombre reclinado advirtiendo el aciago temporal. Frontal altivo. Manos rumbosas. Dedos ambivalentes en vaivenes de cadencia estática. Ostinato. Pies magullados. Carne de muslos aquietados, hendidos en la proximidad de un sortilegio aturdido. “Estás desnudo,/ mirando a la cámara,/ sentado en una taza de noche/ tan brillante,/ tan blanca” (Luis Rogelio Noguera).
Mujer suspendida sobre la realidad supuesta: sobre el encantamiento que la zurce al aire. “Tu breve chispa de eternidad tiene apellido de sombra” (Jorge Fernández Granados).
Bustos con manos: brazos mutilados, caen las manos sobre el breve vacío. Senos desafiando los fragores maternos. Germen de barro mordido por la secuencia intemporal.
Torso de hombre que se columpia en la desidia. Abono en los tenues marrones de su miembro viril enfundado en el limo. Torso edificado con marcas deseosas y carcomidas. Bordas violentas. Imprimes de pertrechado acabamiento y alevosas cifras. “Entonces uno le grita mi amor adentro// entonces uno se agacha delante de él/ le muerde la última mano/ y le desea la muerte” (María Auxiliadora Álvarez).
Torso de hombre YO: légamo en los indicios. Ojos asombrados. Nudos en el centro nubloso de la avaricia. Las manos se sostienen en la ventisca. De nuevo el sonrojo. Otra vez las ramificaciones pendulares de la catástrofe. “Ir a través, al dorso./ Ir por la sombra/ del amén,/ sermón de la ceniza” (Hernán Bravo Varela).
Dice Rainer María Rilke: “Nunca conoceremos su inaudita cabeza/ donde maduraban los globos de sus ojos./ Mas su torso aún brilla como un candelabro/ en donde su visión, apenas menguada,// perdura y brilla. Sin eso, ni el relieve del pecho/ que así te ciega ni la suave curva de sus caderas/ deslizaría tu sonrisa hacia el entronque del/ medio, donde arraiga el poder de engendrar”.
Marín conversa desde la abundancia, se adueña del espacio y configura estelas ponzoñosas inundadas de amor necesario: ¿advertencia que nos encaminan a la redención? “…como la verdadera naturaleza/ se ha perdido, hay que inventar/ una sobrenaturaleza” (José Lezama Lima).
Exceso: abundancia carcomida: costura para salvarnos de la afrenta inevitable. Marín ha fundado un mosaico de estragos arrugados, siniestros embozos de la masacre en cascada que no apuntala en los resquicios de la fiebre.
Alas sosteniendo un tablón de espeso maderaje. Alas descobijadas del pájaro gigante que las espigó sobre la extensión de la zona poblada por prosodias mudas, sigilosas: onomatopeyas de un mazo avasallante. Resistencias, tensiones torcidas. Alas de bronce en credos de irónicas refulgencias. Alas cabalgantes. Alas en cadencias impugnantes. Alas paródicas. Aletas. Alones insolentes. Cicatrices: testimonio de las perseverancias febriles del escultor: manchas sucesivas. ¿Pasos inmolados? Residuos. Alas. “Las aves ven/ Es el arco/ que encierra/ y que sostiene la imagen:/ la plenitud del mar. Luz/ de insaciada transparencia” (Coral Bracho).
Relieve Venecia de muñecas enlazadas por alambres oxidados. Trasquiladas cuelgan bamboleantes de la nada. Tienden de la espesura. Se estrangulan. Se manosean en la baba reseca de la resina y la albardilla endurecida. “Una alambrada donde se cruzan/ tallos de distintas zarzas y unas pocas/ cañas emergen con sus penachos entre flores/ acampanadas, tampoco muchas, de un color/ que remeda al lila, pero que es silvestre” (D. H. Gelder).
Por ti, siempre por ti: las grabas del deseo son fisuras, atajos en la piel: advertencia, mácula. Amenazante estructura de encarnación umbrosa. Tildes roídos por rozaduras vacilantes. Bronce de música rumorosa en disonante timbre. Deslinde expresionista de fusiones severas y, asimismo, blandas. Impulso de artera perseverancia. “Tal vez sólo fue esa costumbre de acariciarnos así,/ de imaginarnos así,/en secreto,/ en aire no compartido,/ en respiración por separado,/ pasando lentamente la mano por la sospecha de una caricia” (José Carlos Becerra).
Néstor Braunstein ha sabido decirnos dónde la luz y dónde el asombro de una obra escultórica, guarecida bajo los mantos de Miguel Angel, Bernini, Rodin, Dell’Arca. Donatello… / Rilke canta: Marín moldea.
