Juan Antonio Rosado
Culturalmente, en México, desde el siglo XIX, han existido dos posiciones, a veces encontradas y antagónicas, en torno a lo que debe ser el arte y particularmente la literatura. Por un lado, aquellos intelectuales nacionalistas, que hurgan en lo propio en busca de una identidad que nos distinga de otros pueblos, y, por otro, aquellos que se abren hacia el exterior y admiten que una cultura siempre se enriquece con el contacto de otras, con lo que pueda asimilar de regiones diversas, con el diálogo permanente. Cada una de estas posturas, el nacionalismo y el universalismo, tiene sus extremos, siempre perjudiciales y dogmáticos, ya que van desde la asfixia que podría propiciar una postura cerrada, hasta la ignorancia de lo propio, de la que a menudo padece una postura exclusivamente abierta, que sólo admira lo ajeno sin ver la propia casa.
El verdadero movimiento no consiste en una dicotomía entre lo propio y lo extraño, sino en un movimiento dialéctico, en un constante diálogo, de modo que lo propio pueda convertirse en universal (como ocurrió con Miguel Ángel Asturias o Juan Rulfo) y, al mismo tiempo, lo ajeno pueda convertirse en propio y dejar de ser, por ese hecho, exótico o extraño. En 1932, Alfonso Reyes, en medio de una polémica entre nacionalistas y universalistas, le escribió a Héctor Pérez Martínez que para ser nacionales hay que ser primero generosamente universales, pues nunca las partes se entendieron sin el todo. Lejos de un afán cerrado, opuesto a todo lo que pueda venir de fuera, es más sana una actitud que entienda que una cultura se enriquece con el exterior, sin renunciar u olvidar los rasgos que implícita o interiormente la caracterizan. Esto lo entendió la misma cultura occidental, que adoptó y aplicó inventos y nociones orientales. Los ejemplos son muy conocidos: desde la imprenta y la brújula chinos hasta el cero y el sistema decimal hindúes, por lo que no voy a insistir en ellos. Lo interesante es que, en materia literaria, en México las dos tendencias no sólo han entrado en disputa, sino también dialogado, y a menudo se han complementado, ya que existen muchas maneras de entender el nacionalismo y el universalismo.
Pero las letras, contra lo que suelen creer los ingenuos, no sólo se componen de autores y lectores. Básicamente así es, pero, ¿dónde quedan las instancias mediadoras que muchas veces dictan o imponen la posición que debe adquirir la literatura, sea ésta nacionalista o universalista? ¿Qué sería de las letras sin sus instancias mediadoras? Entre estas instancias (necesarias en una sociedad siempre y cuando no caigan en la corrupción o en el enaltecimiento de grupúsculos o mafias), se cuentan, por supuesto, las instituciones dedicadas a la difusión cultural, las editoriales, las librerías y bibliotecas, las ferias de libros y, evidentemente, los suplementos culturales, revistas y otros medios de comunicación. Son estas instancias las que deben abrirse y propiciar el diálogo con el interior (a veces más desconocido de lo que imaginamos) y el exterior, sin privilegiar poéticas o formas de entender la producción literaria.
