Mauricio Peña

En la historia del espectáculo siempre hay un personaje que sigue para toda la vida a su intérprete. Los ejemplos abundan y a Joaquín Pardavé le tocó el de don Susanito Peñafiel y Somellera; también cuando encarnó a otros como a don Venancio y al Baisano Jalil. La incorporación de ese caballero afectado de “nostalgia porfiriana” en la galería de actuaciones fuera de serie de Pardavé se debió a su relación con el director Juan Bustillo Oro, quien se encargó de encauzar su talento dentro del género de comedia y podemos anticipar que el realizador contribuyó en gran medida a la dignificación del actor con películas que son de gran importancia en la historia del cine mexicano.

Aún cuando Joaquín Pardavé trabajó con cineastas de la talla de Fernando de Fuentes, fue con Bustillo Oro que se acercó a la conformación de una personalidad totalmente urbana, el hombre de México después del Porfiriato y la Revolución, en el que había mucho de picaresco, molde dentro del cual se acomodó el actor a la perfección.

Lo que expresaba Juan Bustillo a través de ese personaje que encarnó Pardavé era un estado de ánimo, la visión de una época que concluyó con la caída de Porfirio Díaz y que propició una serie de películas que en cierto momento fueron consideradas complacientes y halagadoras hacia el dictador, como si quisiera disfrazar una realidad histórica que el estallido revolucionario probó que era muy dramática y apremiante transformar.

Hay antecedentes de esa relación entre Bustillo Oro y Pardavé que se inició a finales de los años 30, cuando el actor ya remontaba hacia las alturas: iba de los papeles secundarios a las primeras partes. Pareciera que desde el principio, el director se empeñaría en darle roles con nombres de inspiración bufesca como Justiniano Conquian en Cada loco con su tema (1938), su primera película juntos, y por la cual Pardavé recibió un premio como actor que le otorgó una agrupación formada por los técnicos del cine mexicano.

En la siguiente, Caballo a caballo (1939), Pardavé interpretaba a Espiridión Espiredes, el cual, por supuesto, era un caballero siempre a la cacería de damiselas que lo veían como paterfamilias más que como galán. No tardó en demostrarle Bustillo Oro su admiración al darle uno de los personajes principales de En tiempos de don Porfirio (1939), primera recreación del ambiente que existía en la ciudad de México a principios de siglo.

Fernando Soler, Marina Tamayo y Emilio Tuero eran las figuras centrales de un triángulo amoroso en el que don Rodrigo Rodríguez y Eje, apuntalaba situaciones cómicas y hacía más agradable la revisión de los números musicales en los teatros frívolos, escenarios principales de la acción. Con la autorización del director Bustillo Oro, Pardavé se arriesgó a hacer una versión en revista musical que ofreció en los escenarios de la ciudad de México, según testimonios periodísticos, con mucho éxito.

El actor tenía gran demanda y gozaba de las simpatías de Bustillo Oro, quien no dudó en reunirlo con Mario Moreno “Cantinflas” en Ahí está el detalle (1940) y de nuevo con un personaje de nombre sonoro: don Cayetano. La suerte estaba echada a favor del actor porque otro director, Julio Bracho, habría de llevarlo al universo tan especial de la llamada belle epoque mexicana, los años de gobierno de Porfirio Díaz en ¡Ay, qué tiempos señor don Simón! (1941), en el rol titular. Y también Gilberto Martínez Solares aprovechó su disfraz de “lagartijo” – como se le llamaba a los caballeros que estaban entre la aristocracia y la clase baja – en Yo bailé con don Porfirio (1942).

No obstante que parecía creencia popular que Pardavé había interpretado siempre a don Susanito en esas películas, el papel nació en las pantallas hasta México de mis recuerdos (1943), Bustillo Oro perfeccionaba con esta cinta una especie de monumento a la cursilería, la picardía y también al desenfado mundano conjuntado en esa creación de ribetes de genialidad, lograda por el actor.

Con “derecho de picaporte” para acceder a los dominios de Porfirio Díaz, don Susanito recibía el encargo del mismísimo presidente para regalarle un plano a un compositor en desgracia que encarnaba Fernando Soler y en cuanto se conocían, nacía entre ellos una amistad que habría de durar hasta los años de remembranza cuando su personaje inolvidable había zarpado en el barco Ipiranga hacia Francia.

En sus correrías de románticos enamorados, el músico y el emisario de Porfirio Díaz interpretaban las canciones de moda. Hay un momento sublime y excepcional en la película: la secuencia en la que don Susanito, entrado en confianza con su amigo bohemio, interpreta el cuplé “El Makakikus” que representa la consagración de una comicidad bonachona e inconfundible de Pardavé. El nombre era tan sonoro y propiciaba tal carga de hilaridad, que el director Humberto Gómez Landero, en 1944, le escribió al comediante El gran Makakikus, aunque no con el mismo acierto que había alcanzado bajo la dirección de Bustillo Oro. La última ocasión en que Pardavé revivió tiempos nostálgicos del porfiriato fue en La reina de la opereta, en 1945, y de nuevo con un personaje de nombre pícaro: Margarito Pimentel de la Cueva y Santos Arias, el cual arreglaba enredos de enamorados jóvenes, incluyendo a la artista del título, personificada en pantalla por Sofía Álvarez.