Juan Antonio Rosado
En 392, sesenta y siete años después del Concilio de Nicea, donde por mayoría de votos, y tras una fuerte discusión, se decidió que Jesucristo es Dios y no un profeta más, y se aprobó la “doctrina trinitaria”, el emperador Teodosio (hispánico de origen) prohibió el paganismo. La naturaleza ya no podrá seguir adorándose. En España, los visigodos habían adoptado el arrianismo, secta que sostenía que Jesús no es Dios, sino profeta. Poco a poco, por cuestiones políticas, se fueron convirtiendo al catolicismo hasta que en 590 los últimos arrianos fueron aplastados, como seguirán siéndolo los “herejes”, ateos y paganos, y mucho después los cátaros y otros movimientos. Se impuso en el mundo occidental una única Verdad y todo se subordinó a ella.
Tal vez la primera manifestación de intolerancia estatal hacia lo distinto fue la de Akenaton, en Egipto. Este fanático soberano impuso el monoteísmo, que duró mientras vivió. Ya desde entonces, a alguien se le ocurrió que sólo debe existir una única verdad y que a ella debe subordinarse cualquier opinión sobre lo divino y lo sagrado (que no es lo mismo). Lo más probable es que los judíos, particularmente Moisés, hayan tomado la idea del monoteísmo de Egipto, pues allí estuvo aquel pueblo errante. Pero los judíos nunca fueron de la idea de convertir a otros pueblos al judaísmo, como lo hará la cristiandad cuando empiece a predicarse fuera de los círculos judíos e intente con ello convertirse en “católica”, es decir, “universal”. La ambición de poder fue desmedida y llegó a un grado inusitado de cinismo, el más terrible y siniestro, con el establecimiento de las evangelizaciones, que aún existen hoy para vergüenza de la humanidad. ¿Para qué hablar de la muy conocida y tristemente célebre Inquisición y del Vaticano que bendijo ejércitos y armas para aniquilar a lo diferente? En pocos versos, Jorge Luis Borges hace un magnífico recuento de esa historia criminal en su extraordinario poema “Cristo en la cruz”.
El fanatismo, siempre irracional, visceral y tiránico, ha contribuido al atraso. Europa permaneció atrasada respecto del Oriente durante siglos. En particular, la España progresista y tolerante de Alfonso X el Sabio se volverá después el país más atrasado, y ese atraso se exportará a las colonias de América y Filipinas. En México, después de la liberal Constitución de Cádiz (1812), serán los conservadores los máximos promotores del atraso y de la desestabilización política y económica. El Partido del Clero sumergirá a México en la barbarie, apoyará a Santa Anna, a Miramón, a Maximiliano… Intentará frenar las Leyes de Reforma y todo esto desembocará, paulatinamente, en el movimiento cristero, que hoy sigue dando amargos frutos de intolerancia, fanatismo, superstición y estupidez, a través de otros muchos movimientos que se han gestado, todos productos de la frustración y del miedo a lo distinto. Lo grave es que la frustración y los complejos de unos cuantos afectan a comunidades enteras, siempre controladas bajo esos signos. Hoy contamos con otros fanatismos: el económico, el político, el social, pero cada uno implica muchas más reflexiones.
