Moisés Castillo
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Matar a una persona es como matar a toda la humanidad.
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Julio César Mondragón Fontes (Tenancingo, 1992) soñaba en voz alta. De pequeño jugaba con Afrodita, su madre, a que se recibía de licenciado en educación primaria: “¡Bravo, bravo, lo lograste!”, le decía ella animosa a su chiquillo. Fue un sueño compartido que duró más allá de la infancia. Nunca reprobó una materia en la Escuela Primaria Gabino Vázquez, ni tuvo que presentar exámenes extraordinarios en la Telesecundaria Federal de San Simonito o en Colegio de Bachilleres de Tecomatlán. Julio César sabía que estudiar era el único camino que tenía para escapar de la pobreza.
Afrodita se convirtió en la jefa de familia tras separarse de su esposo. Del pueblo de Acatzingo se mudó, con sus hijos Julio César y Lenin, a Tecomatlán, a la casa de sus padres. Allí, Julio César se crió entre el canto de los gallos y el paisaje dominado por el monte verde oliva y árboles domesticados. Su abuelo le enseñó a sembrar y cosechar aguacate. Ayudaba a su madre a hacer arreglos florales para eventos escolares, salones de fiestas o para la iglesia del barrio; vendía chocolates y dulces de azúcar glas, se alquilaba como ayudante de albañilería, hacía leña para cocer el chicharrón de cerdo que su mamá vendía y también trabajó un tiempo como guardia de seguridad. Con tan sólo 4 años de edad ya era consciente de las carencias económicas familiares, por eso no exigía nada.
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Julio César estudió un año en la Normal de Tenería y en un baile conoció a Marissa Mendoza, estudiante de otra escuela Normal. Se siguieron la pista por Facebook y juntaron sus manos como si fuera un caracol. Julio César se fue a vivir con Marissa al DF y rentaron un pequeño departamento por la zona de Observatorio. Todos los días, como una especie de rezo, Afrodita les pedía a sus hijos que no fueran a salir como su padre, que no dejaran hijos regados, que tenían que ser responsables con sus mujeres…
Julio César comprendió, al cargar por primera vez a su bebé, que la vida es apenas un milagro. Fue tanta la felicidad, que sintió que le iba explotar el corazón. Los ojos de su pequeña Melisa eran su aire. Julio César decidió retomar sus estudios para ofrecerle un futuro con certezas y realizó el examen para ingresar en la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, mejor conocida como la Normal de Ayotzinapa. Sólo la pudo disfrutar un par de semanas. En ese centro escolar se formaron Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, maestros que encabezaron movimientos guerrilleros en las décadas de 1960 y 1970, y que fueron aplastados por los gobiernos autoritarios del PRI.
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“Ya ves, hago todo lo que me dices”, le dijo contento Julio César a Afrodita al anunciarle que regresaría a las aulas para ser maestro de primaria. Su madre y su tío Cuitláhuac lo apoyaron incondicionalmente, porque sabían que la vida era cada vez más competida y los empleos escasos y mal pagados. “M’ijo, mientras yo tenga fuerzas, siempre te voy apoyar”.
El 13 de septiembre de 2014, Afrodita se trasladó a la Normal de Ayotzinapa a una reunión de padres de familia. Conoció el pueblo de Tixtla donde se ubica la rural y le pareció un lugar muy tranquilo, bonito y sin vándalos. Pero Julio César le confesó que Guerrero era muy peligroso, que la violencia era regla cotidiana, y quería desertar. Afrodita le propuso cambiarse cuando quisiera a la Benemérita Escuela Nacional de Maestros, en la Ciudad de México; o retornar a la Normal de Tenería. A pesar de todo, Afrodita regresó contenta a casa, porque observó un buen ambiente escolar y sus compañeros estimaban a su hijo, mejor conocido como el Chilango. Después todo pasó: el cielo se volvió gris y la niebla cayó sobre el pueblo.
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Afrodita nunca imaginó que ese sábado sería la última vez que vería a ese joven inquieto y lleno de fortaleza, que corría 10 kilómetros regularmente de Tecomatlán a Tenancingo, era como un maratonista. En cada cumpleaños, Afrodita procuraba juntar dinero para regalarle un pastel y unos shorts para sus carreras. Julio César medía 1.76 metros de estatura y le encantaba andar en bicicleta y perderse bajo la lluvia. Escuchaba a todo volumen rolas de rock, cumbias, y cantaba a todo pulmón canciones de Vicente Fernández y Bronco. En algún momento su madre llegó a pensar que su verdadera profesión sería corredor o arqueólogo, porque coleccionaba objetos prehispánicos, collares de barro y cosas de aspecto antiguo que encontraba en sus caminatas por el monte.
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Sólo en México la policía acribilla y secuestra a sus futuros maestros. El 26 de septiembre de 2014, a las 21:30 horas, Marissa recibió una llamada de Julio César quien le contó que los estaban baleando sin piedad, su voz desapareció. Al día siguiente, su cuerpo inerte fue localizado en las calles de Iguala; lo habían torturado y desollado el rostro. ¿Quién pudo cometer un acto tan inhumano, tan terrible? El horror.
Afrodita no entiende por qué hay gente tan vil y cobarde. Sólo piensa que habrá justicia divina, porque al gobierno no le interesa cómo asesinaron a su hijo, simplemente no le importan los pobres. “Sentía morirme, pero le he pedido a Dios que me ayude. Es un dolor multiplicado, abismal, a veces me siento responsable de su muerte. Si Guerrero era peligroso, por qué no lo saqué de ahí. Recuerdo que esos días decía ‘Dios mío, qué triste es ser pobre, mira lo que me pasó’ ”.
El 29 de septiembre se realizó el funeral de Julio César, y la familia Mondragón Fontes agradeció la solidaridad de mucha gente que acudió al panteón para recordar al joven de 22 años, a pesar de que se celebraba la fiesta del santo patrón San Miguel Arcángel.
El instante se congela cuando Afrodita pronuncia el nombre de Julio César. Llora, se desahoga, respira. Nombró así a su primogénito por el emperador romano, quería un nombre significativo, poderoso. Trata de consolarse diciendo “qué hubiera pasado si…” Nada funciona. Hace poco se enteró de que también el emperador Julio César fue asesinado de una manera infame. No quiere pensar en el destino oscuro o en las malas coincidencias, pero se hace muchas preguntas y no hay respuestas. Sabe que es una locura no querer aceptar la muerte de su hijo. Como un ritual, Afrodita visita todas las tardes el monte verde oliva, ahí donde los árboles producen música de acuerdo al viento, porque ese paisaje le devuelve la imagen de su muchacho.
