Luis Terán
Hay algo en las películas dirigidas por Joaquín Pardavé, por encima y por debajo de las truculencias melodramáticas, de los excesos cómicos hasta la chabacanería: todas remiten a la pasión desbocada, al amor enfermizo, obsesivo, posesivo, de víctima y verdugo, sin saber quién es quién, sádico y masoquista, aunque a la vez, ofrecen la visión inocente del joven que se avergüenza de lo que ve y mediante el proceso de delectación de la experiencia, se transforma en vouyeurista o llanamente fisgón.
El amor derriba todo: desde el incesto hasta los prejuicios sociales, los discursos moralistas y los muros de contención que albergan a las buenas conciencias. No se trata propiamente de un autor cinematográfico, es un realizador en el que cualquiera que sea el tema a tratar, se nota una continuidad emocional que rebasa con fuerza irrefrenable cualquier obstáculo.
mujeres sin horizonte
En Ojos de juventud, Los viejos somos así (ambas de 1948), Amor vendido, Arrabalera (ambas de 1950) y Pasionaria (1951), hay un juego de aproximación y rechazo, de seducción y aceptación, ritos de amor y sexualidad que acompañan a los personajes principales en busca de su identidad.
Tanto Marga López, hija de la calle en Arrabalera, como las mujeres con pasado y con presente que personifica Mecha Barba en Pasionaria, experimentan con intensidad sus sufrimientos y pueden llegar al crimen porque carecen de recursos para afrontar sus pesares. Elsa Aguirre en Ojos de juventud y en Los viejos somos así, es la mujer sin redención y la víctima social; la amante de un hombre que podría ser su padre y la hija del hombre que la encuentra en el lugar indicado y en el momento preciso. Ella es el emblema de la autodestrucción juvenil, como la Santa, de Federico Gamboa; como la Mildred de Servidumbre humana, de Sommerset Maugham; como la Naná, de Emile Zolá.
Las llamas del deseo las consumen y ellas, en lugar de pensarse como seres humanos, están deformadas por la hipocresía de una educación religiosa malinterpretada y por las reglas de una sociedad que rige las buenas costumbres, de acuerdo con su conveniencia y se ven a sí mismas como hijas del infierno. ¡Qué esperanzas de que sus autores las salven! Tienen su merecido por pecadoras, proscritas, ignorantes…
Desarraigo y nueva tierra
Por las razones que sean, desde principios del siglo, un grupo de inmigrantes libaneses comenzó a llegar a México y se integró al país poco a poco, primero porque el lenguaje nada tenía que ver con el suyo, después porque las costumbres eran completamente diferentes.
A pesar de los obstáculos, el tesón de esta comunidad no dejó de fluir hacia México en todo el siglo XX: el desarraigo de sus raíces fue difícil para los nativos, no así para los hijos ya nacidos en la nueva tierra. El trabajo y el ascenso económico les dio respeto en el ámbito social, aunque la burla entre los grupos con posición y poder eran por las diferencias en el hablar y en el comer.
La intolerancia fue derribada por el dinero que ha logrado mover este grupo de libaneses y la generación de nuevos mexicanos en industrias importantes ha creado numerosos empleos en el país, incluso empiezan a participar abierta y contundentemente en la política social y cultural.
De todo este arduo proceso, visto en el momento de mayor dificultad en su integración al país, tratan dos de las películas más importantes en la filmografía de Joaquín Pardavé: El Baisano Jalil (1942) y El Barchante Neguib (1945). En estos dos melodramas, el director extrae desde las entrañas dos interpretaciones portentosas y dos visiones diferentes vividas por familias libanesas en México.
En la primera, el rotundo rechazo al hijo mayor de Jalil por un paterfamilias que mira con desdén al comerciante como posible consuegro, aunque lo ve con interés cuando se trata de un fuerte préstamo económico.
En cuanto a Neguib, su propio hijo se niega a que sus padres participen con él de los logros en su integración en la sociedad mexicana: se avergüenza en definitiva de ellos y no quiere que sus amistades los vean. El ojo melodramático y las resoluciones fáciles no despojan a ninguna de las dos cintas de su trascendente importancia al registrar este fenómeno social y cultural.
Como español venido a estas tierras para encontrar mejores oportunidades, la calidad de los libretos de Los hijos de don Venancio (1944) como de Los nietos de don Venancio (1945) es notoriamente inferior a la saga libanesa; a pesar de las similitudes en los argumentos, las historias dejan ver en demasía sus complacencias melodramáticas. Pardavé como actor está muy bien a pesar de los excesos. Sin embargo, como director no logra una visión veraz de una realidad que de antemano se sabe cierta, incluso puede decirse que son de sus películas que más han envejecido.
Ranchos notorios
De peculiar puede calificarse el tratamiento que dio Pardavé a la comedia ranchera. La barca de oro (1947) – vehículo para el lucimiento de la guapísima Sofía Álvarez, actriz colombiana que hizo una importante carrera en México- es la historia de La fierecilla domada, de Shakespeare, en una nueva versión. Una feroz machorra que maneja la pistola con destreza, va a las cantinas como cualquier parroquiano, se lía a golpes con hombres, canta y es dueña de buenas tierras, tiene que vérselas con un ingeniero agrónomo, interpretado por Pedro Infante antes de ser “Pedro Infante”. La comedia discurre con cierta gracia y la señora Álvarez es simpática, buena actriz y tiene mucha presencia fílmica, sólo que al momento en que aparece vestida de atractiva mujer, se nota la solución simplista de un desenlace conformista.
En Soy charro de rancho grande (1947), de nuevo Pedro Infante no es el Pedro Infante que conocemos, todavía se ve fuera de papel sin encontrar su tono de comediante popular. El ranchero que viaja a la capital con esperanzas de triunfo económico es poco convincente y la dirección rutinaria.
Primero soy mexicano (1950) dio oportunidad a Pardavé de tratar con más detalle el desarraigo del mexicano que viaja a Estados Unidos a estudiar para después incorporarse a su medio local. Luis Aguilar –estupendo actor, mejor en la comedia- caricaturiza un poco al ranchero venido a más como médico maloso que seduce a su ahijada y decepciona a su padre al avergonzarse de él. Aquí Pardavé se nota más a sus anchas como actor y director.
Vodevil y ambigüedad sexual
Más cerca del juguete cómico, establecido por el teatro español en México, Doña Mariquita de mi corazón (1952) y El casto Susano (1952) abusan del diálogo. Pardavé como director registra este teatro filmado con ciertas ocurrencias en la puesta en escena. La caracterización de Pardavé como doña Mariquita es perfecta: su ambigüedad sexual es contundente. En cambio, el ranchero picarón de El casto Susano es poco afortunado.
cinco rostros de mujer y tres actrices
Rosario Granados –actriz de origen chileno que realizó una larga y fructífera carrera en los foros cinematográficos de México- fue dirigida en tres ocasiones por Joaquín Pardavé en sendos melodramas desmelenados que no niegan la cruz de su parroquia: están debidamente influidos por la novela de Eugenio Sué, Los misterios de París.
Dios nos manda vivir (1954) refiere la historia de una monja que para convencer a una mujer de no quitarse la vida, le cuenta su espantosa historia; la verdad es que al concluir tanta truculencia, la suicida debía matarse.
Magdalena (1954) es otro caso típico que serviría – como lo ha hecho ya- para un culebrón televisivo: una madre adoptiva ve cómo se tambalea su pequeño mundo perfecto cuando llega a México la verdadera progenitora, una estrella de la ópera que intentará recuperar a su hijo.
Secreto profesional (1954) oculta los motivos inaplazables que tuvo la protagonista de la historia para cometer un crimen. ¿Fue realmente ella? En los tres casos, Rosario Granados está muy convincente.
La actriz española, Manolita Saval, avecindada en México muchos años atrás, tuvo una larga carrera en cine y teatro en nuestro país. En Adiós juventud (1943) destila miel como la heroína romántica de esta película: ella se sacrifica por su novio hasta que éste la deja y la olvida.
Una virgen moderna (1945) necesitaría una revisión a conciencia. Lilia Michel está estupenda como una joven de buena posición económica que en su vida social se descuida y queda embarazada. No sabe qué hacer y al intentar suicidarse, un desconocido la salva; este problema los acerca, aunque ella no le revela la verdad. Viaja a un rancho con su dama de compañía y tiene a su hijo. Al regresar a su casa intenta volver a su vida anterior, pero su nuevo pretendiente la convence de empezar una relación y de contar la verdad a sus padres. Esta película fue motivo de dos nuevas versiones: El caso de una adolescente (1957) con Martha Mijares, además de Elena y Raquel (1970) con Hilda Aguirre y Saby Kamalich.
