Eve Gil

Gabriela Fonseca (Distrito Federal, 1966), periodista pero, ante todo, narradora de pura cepa y por los cuatro costados. Pertenece al selecto grupo de escritores mexicanos, cada vez más reducido, que prefiere contar una historia como se debe, a simplemente redactar bonito, lo que no resta méritos artísticos a su prosa. Al tiempo que leía sus relatos compilados en Los diablos de Teresa y otros relatos (JUS, segunda edición, 2015), desfiló por mi memoria el santoral demoniaco de la literatura mexicana: Francisco Tario, Elena Garro, José Revueltas, Guadalupe Dueñas, Juan García Ponce… y mi abuela. Mi abuela no fue una escritora famosa, ni siquiera escritora de closet. Era un genio analfabeta que realizaba operaciones matemáticas complejas sin haber pisado nunca una escuela. Los ingeniosos cuentos de terror con que me arrullaba por las noches, donde el diablo era invariablemente el protagonista, prendieron en mí la divina flama de la imaginación. No sé si eran invenciones suyas, o recreaciones de mitos populares, el caso es que era una radionovela humana, efectos de sonido incluidos. A lo que quiero llegar con esto es que las virtudes narrativas de Gabriela trascienden la técnica literaria: emboban al lector, por así decirlo, como harían los cuentacuentos de la tradición oral, con las más sofisticadas herramientas que son la imaginación y, parafraseando a Patricia Highsmith, el manejo del suspense.

Los grandes narradores quieren ser leídos por todo mundo, no sólo por cualquier santón de la crítica literaria, que son peores que la Santa Inquisición cuando de quemar libros se trata. Gabriela escribe para los enterados pero también para un público aficionado; aquellos que buscan pasar un buen rato en compañía de personajes anómalos, siniestros y que algo esconden… bajo la almohada o en una olla. En su ficha curricular señala algo con lo que estoy casi cien por ciento de acuerdo: “Está convencida de que la supuesta diferencia entre realidad y fantasía no es sino un chisme sin fundamento que la literatura debe combatir”. Pero para cruzar esa fina frontera, agregaría, hay que estar florecidos; desarrollar una mirada atenta, un sentido del horror y del ridículo, un vínculo con lo inimaginable, volverse redentor de aquello que lo que los demás, la mayoría, no quieren siquiera escuchar, ni saber que existe, ni reconocer como parte oscura de su naturaleza. Y todo eso lo tiene Gabriela, cuya amplitud de miras le ha permitido completar una colección de relatos asombrosamente diversos, cuyo único hilo conductor es la vulnerabilidad humana ante las circunstancias inesperadas e inciertas.

Una de las virtudes que espero de un buen narrador es la sutileza. Alcanzarla, no lo niego, es difícil: como el 10 de Nadia Comaneci en las Olimpiadas del 76. Pero se puede, a base de mucha perseverancia y, como me temo es el caso de Gabriela, un empujoncito genético. Un modelo notabilísimo de sutileza le pertenece a la literatura mexicana: Inés Arredondo. Nadie narró historias más depravadas, crueles y terroríficas que, sin embargo, suenan a poesía; a los niños desnudos de las Gymnopedias de Satié; a pasaje en blanco y negro de Bergman, a una preciosa miniatura gótica. A Gabriela todavía le falta un poco para alcanzar la excelencia en ese rubro… pero es posible que ni falta le haga. Su dosificada sordidez, permeada por la naturalidad del discurso de personajes habituados al vicio, el crimen, …de aquellos resignados como el ganado mimados para el matadero, permiten una digerible verosimilitud. Ruda, pero nunca escatológica, ni burda, mucho menos impostada, la autora consigue sumergirnos en infiernos cotidianos y otros no tanto. La maldad narrada en primera persona, acompañada de un rapto de sinceridad “Ni me acuerdo por qué lo hice”, joder por joder, no deja indiferente al lector pero tampoco lo asquea. La intensión de Gabriela pareciera la de colocar un espejo para que reconozcamos nuestro lado oscuro en algunos de estos seres incestuosos, lujuriosos, casquivanos, codiciosos. Nos recuerda que la inocencia no es cara de una misma moneda, sino, según se la riegue, semilla de maldad. Un tanto rousseauniana, la autora nos expone también una muy personal visión de que se puede nacer virtuoso, pero lo perverso se adquiere, no importa que tu madre sea una empedernida invocadora de un dios inmisericorde y sangriento o tu padre un proxeneta. Ningún extremo puede aportar nada bueno, y —vuelvo a lo mismo— la arquitectura literatura se erige sobre extremos. Nada cálido puede haber en la narrativa que busca cimbrar (ojo, no confundir con escandalizar); aquí todo es negro y blanco; frío y caliente, duro o blanco. Cero vaguedades. El equilibrio que tanto perseguimos en la vida real es imposible tratándose de una buena narración… aunque creo que lo es también aquí afuera. La ficción, y en eso tiene mucha razón Gabriela, se manifiesta cuando menos lo esperas. Algunos vivimos inmersos en ella. Para otros es un fantasma chocarrero. Para los personajes de Los diablos de Teresa: una colección de muñecos infernales contemplándote desde una repisa, gozosos de verte pecar.

Gabriela Fonseca posee lo que yo llamo “temperamento ruso”; la necesidad de exponer lo que quisiéramos no mirar de frente, menos a los ojos. Las gorgonas del inconsciente pasean por aquí como en su casa, y el lector termina imantado, siguiéndolas sin pudor y sin miedo a volverse piedra… o a que le broten vellos en las palmas. Los diablos de Teresa y otros relatos me hablan de una excelente narradora, pero implacable con sus personajes: los moldea como si fueran golems. Los echa a andar por el mundo para que ellos vayan comprendiendo por sí mismos, consciente de que ya nada ni nadie los podrá frenar una vez que los deseos torcidos los conviertan en humanos… ni su propia creadora.