Ricardo Muñoz Munguía
Diversas luces literarias y periodísticas se desprenden de la figura de don Rafael Solana, de quien se conmemoró recientemente su centenario. Sin embargo, su presencia no ha tenido el sitio que merece, y que tanto se le debe en las letras, sobre todo, nacionales. Afortunadamente, una nueva edición sobre el escritor veracruzano (en portada una imagen de Freire, la que apareció en la revista Siempre!, cuando Solana recibió el Premio Juan Ruiz de Alarcón) nos lleva a un recorrido por la obra literaria y periodística, la vida, los viajes, las pasiones de un autor que se autonombró hombre de teatro pero que abarcó con enorme calidad la literatura en todos sus géneros, así como el periodismo. Hombre honesto, de fino humor, de trabajo, generosísimo, maestro…, negado al pleito, a la vida gris, son otros aspectos que el escritor Mario Saavedra, colombiano de nacimiento y mexicano con toda voluntad, abunda en esta charla sobre tantas luces en la figura de Solana pero, también, por primera ocasión, habla sobre los golpes oscuros que vinieron a la figura de don Rafael después de su muerte.
Escribir sobre Rafael Solana
Un sentir de deuda, con quien estuve por fortuna muy cercano por más de tres lustros, fue mi primer impulso para escribir el libro Rafael Solana: escribir o morir (Casa abierta al tiempo / Universidad Veracruzana [Colección Biblioteca], México, 2015). Un privilegio en la vida. Y fue un verdadero privilegio porque es una de las poquísimas personas que pueden marcarte. Además de que era una deuda que tardé como diez años en hacerla después de su muerte. Yo fui escribiendo textos por separado, artículos que aparecieron en la Revista de la Universidad de México, entre otras. Y un día se me ocurrió que pudiera hacer un libro sobre Solana, que pudiera ser panorámico y a su vez detallado sobre la apertura del talento creativo de Solana. Así fue que me puse a investigar más a fondo para llegar a esta publicación. No me gustaba que fuera un libro meramente documental o documentado…, frío, sino que tuviera ese germen de la experiencia viva, que fue lo que me tocó vivir con él, y tenía que ser el agregado en este libro para que no fuera uno de investigación corriente.
Encuentro con don Rafael Solana
Yo nací en Bogotá, y vine a México en 1977, cuando tenía trece años, para protagonizar la película Crónica roja, de Fernando Vallejo. Entonces don Rafael era el gerente de producción de conacine, en lo que eran los Estudios Churubusco, donde ahora está el cenart, ahí fue donde David Antón nos presenta, a Fernando Vallejo y a mí, con Rafael Solana. La idea era para hacer otra película, hasta fuimos a ver los sets en Veracruz, en sitios que se parecen mucho a Colombia, el guión y la dirección iba a ser de Fernando. Finalmente no se hizo la película, pero quedó la amistad con don Rafael. Me prohijó y, la verdad, fue una oportunidad de oro, además que marcó mi vida de manera definitiva porque yo no tenía contacto con la literatura, a pesar de que mis padres eran actores. Y gracias a Solana no sólo tuve acercamiento a la literatura y al cine, sino también a la música, la ópera… Fue para mí un padre espiritual, intelectual, anímico…, que a veces cuenta más que un padre consanguíneo.
Escribir o morir
El título del libro pertenece a Rilke, y es lo que más define a Solana. Además de ser un hombre muy humano, que es mi especial interés por mostrar en este volumen, también es un acto de justicia, de agradecimiento, de cariño, de respeto y, por supuesto, de admiración.
Yo lo veo como un polígrafo. Si Solana se reconocía como un hombre de teatro, me parece que su obra va más allá, por ejemplo su poesía es de gran valía. Si existen poetas que por un verso, una estrofa, un poema salvan su obra…, Solana tiene muchos poemas que son verdaderamente notables, al igual que muchos de sus cuentos, por supuesto El sol de octubre y también La casa de la Santísima, son novelas perfectas. Tiene ensayos extraordinarios, y en teatro se le conoce como un dramaturgo de obras clásicas. Es un autor que abordó la literatura y el periodismo, y lo hizo bien, como lo afirmaría Luis G. Basurto: “de todo escribe Solana, y de todo escribe bien”. Tenía un talento muy marcado que por eso mismo no se detenía a retrabajar muchos de sus textos.
Viajar con don Rafael
En la memoria guardo algo que me marcó, fue acompañarlo en su último viaje a Europa —para mí, fue el primero— en octubre de 1991 —y de ahí para adelante fueron meses muy difíciles para él, hasta que fallece en septiembre de 1992. Solana era un apasionado de la música y la ópera, entonces él trazaba sus viajes en función de la música y la ópera, aunque más de la ópera que de la música. Así es que buscaba conciertos, representaciones operísticas y puestas en escena, y cubriendo estos tres géneros de arte hacía sus viajes. Se fijaba mucho en el tipo de conciertos por el director de orquesta, de los cantantes y de los autores que hacían teatro, porque no sólo era donde hubiera este arte sino lo que le interesaba. Recuerdo que don Rafael ya iba muy enfermo. Fuimos al Museo de Louvre y me decía por los lugares que tendría que ir pero él se adelantaba a señalarme no sólo por dónde irme sino lo que me iba a encontrar en cada sitio del museo. Entonces estamos hablando de una oportunidad en la vida que no muchos pueden tener…, ¡un viaje a Europa con él como guía!
A la muerte de don Rafael
Voy a decirte algo que nunca había salido de mi boca, y ahora lo digo a la distancia de más de veinte años de su muerte. Solana, que nunca tuvo hijos, vivía con sus sobrinos políticos, porque eran sobrinos de su esposa, que ya había muerto ella. Ellos lo tenían cooptado. Y tenían muy bien planeado qué podían vender de don Rafael. Todo esto él lo sabía muy bien, y aunque no lo decía, era evidente en él, y no lo decía porque él siempre trataba de ver lo bueno de la vida pero le dolía, eso es seguro. A mí me prohijó porque vio que a mí me interesaba, quizá veía un joven que podría resonar lo que él dijera, pues en su casa, los sobrinos, ni en cuenta, no les interesaba en lo más mínimo, muy ajenos a todo lo que era Solana. Ellos veían a la biblioteca con interés, y así fue porque terminó siendo vendida por peso, como tantas bibliotecas que se deshacen, es una gran tristeza. Me daba libros que sacaba debajo del brazo para que sus sobrinos no se dieran cuenta; por eso tengo reliquias, maravillas: Dickens, Balzac, Montaigne, Flaubert, Dostoievsky…, pero fue a través de autorrobarse el propio Rafael Solana, quien era de esos intelectuales que no se encargan de hacer un testamento, muy desapegado a lo material. Su casa, desde que la compró, la puso a nombre de su esposa y ésta, al morir, se supo que la dejó a sus sobrinos de sangre, sobrinos políticos de Solana, y él, a sus sobrinas de sangre, hijas de su hermana Gina, que ahora han estado en los eventos del centenario y de la presentación de mi libro, no les pudo dejar nada, y ellos de ningún modo les dijeron a ellas que les compartirían algo o por la memoria de don Rafael, que les dieran algo más simbólico, algo que ellas conservaran, y tengan presente a su tío… Nada. Su biblioteca era de quince mil volúmenes, libros muy seleccionados y otras tantas verdaderas joyas, porque casi toda su biblioteca era de literatura, eso le da más realce. Libros en los idiomas que él leía: en inglés, en portugués, en francés, en italiano, en alemán…, casi su primera lengua fue precisamente alemán. Y de lo que él tenía en arte plástico eran cuadros como de María Izquierdo o de Leonora Carrington, que eran retratos que le hicieron, también de Juan Soriano, otro retrato de Montenegro, entre otros del mismo…, por lo menos una veintena de pinturas de artistas importantes. Todo eso lo vendieron, también la casa donde vivían. Y no dieron oportunidad a que alguna institución cultural comprara lo que era de Solana, fue casi inmediatamente después de su muerte, hace 23 años. Yo me enteré por muchos amigos del ámbito cultural, que estaban en cargos políticos o de promoción cultural del estado, que los sobrinos políticos de Solana les hablaron para ofrecer en venta la biblioteca y las pinturas. La biblioteca la fueron desarmando, porque la vendieron en partes. A mí me consta que no tenían el menor interés en los libros, nadie de ellos agarraba ningún libro, y estoy hablando de los sobrinos y de los hijos de los sobrinos. Y de fondo él sabía que eso sucedería, pero era un hombre de no peleas, por eso me regalaba libros a escondidas de los sobrinos, para no generar problemas con ellos.
