La autocrítica no se estila
Teodoro Barajas Rodríguez
Las costumbres pueden mutar, lo hacen, en nuestro país los informes de gobierno han sido un foro usado para simular, son el espacio para calibrar los decibeles del ego del inquilino de Los Pinos que seguramente piensa sólo en las dimensiones del tamaño que ocupará en la historia; el autoelogio es el guión que se finca en la exclusión de temas incómodos porque la autocrítica no existe, más bien parece que recrean la última escena de aquella película El abogado del diablo con Al Pacino: se pierden por la vanidad.
Es cierto, ya no se registran las concentraciones masivas de antaño para vitorear al presidente de turno con motivo del informe gubernamental que simplemente se transformaba en su día, el aplausómetro hacía de las suyas en aquellas jornadas marcadas por el servilismo más abyecto, la entronización del Ejecutivo se veía como un acto de fe, un dogma idiosincrático.
Celebrar el estado que guarda el país ha sido la constante, no se reconocen frente a la nación los yerros ni las violaciones flagrantes a los derechos humanos, los escándalos reiterados de la alta clase política en el tráfico de influencias, no se abordan de manera seria. En suma, el desgaste político de la figura presidencial ni por asomo se tocó en el mensaje que dirigió Enrique Peña Nieto.
Este último año ha sido escalofriante para nuestro país, masacres reiteradas, agitación social, hartazgo, desencanto de amplios sectores de la población con respecto a los actores políticos tradicionales, a tal grado que en algunos casos se ha optado por candidatos independientes. Acerca de esos grandes temas el presidente Peña Nieto no se ha pronunciado de manera contundente, nos ha quedado a deber; viene la segunda parte de su mandato con más sombras que luces.
Peña Nieto se pronunció contra el populismo en lo que se interpretó como una crítica a su antagonista Andrés Manuel López Obrador, quien de acuerdo a diversos indicadores podría ser un serio contendiente en 2018, los desaciertos del propio gobierno son el combustible ideal para el líder de Morena.
Los problemas del país, tras un diagnóstico y análisis, no se habrán de resolver ni por decreto ni por quiméricos decálogos que se reducen a una expresión mediática de buenas intenciones sin mayores alcances, al final todo sigue igual o con riesgo de empeorar.
En estados y municipios el ejercicio de los informes de gobierno trata de replicar la costumbre patentada desde la cúpula, casi sin excepción los mandatarios de los diferentes niveles se asumen como los inventores del progreso inmaculado, aunque sean solo una pose irredenta de simulación.
En fin, la autocrítica no se estila, no está en el catálogo de las costumbres que se convierten en leyes no escritas, seguimos a la espera de un informe que aborde temas prioritarios que no se limite al lucimiento personal como prenda y destino.
