19 de septiembre de 1985

José Elías Romero Apis

 

 

Hace 30 años osciló la tierra y se arquearon muchas instituciones básicas. Fue un terremoto que no solamente derribó construcciones materiales sino que derribó fundaciones de nuestro acontecer colectivo.

Ese día, el corazón de la capital quedó destruido; el gobierno rebasado: los miles de muertos, la destrucción masiva de viviendas y fuentes de trabajo, la imposibilidad financiera de reconstrucción, las principales dependencias públicas sin oficinas, los hospitales básicos convertidos en ataúd. Y la certificación de que, frente al desastre, el gobierno de México no sólo era impreparado sino, también, ingenuo.

Esto sería el tercer evento que, junto con otros dos, marcarían el inicio de la declinación del prestigio del sistema político mexicano. Habíamos dicho que a éste se le consideraba bueno, confiable y eficiente. Pero que, un miércoles 2 de octubre empezaron a pensar que ya no era tan bueno. Que podía matar y hacerlo por enojo. Pero seguían creyéndolo confiable y eficiente. Pero, un 1 de septiembre empezaron a pensar que ya no era tan confiable. Que podía expropiar a sus amigos y hacerlo por berrinche. Pero seguían creyéndolo eficiente. Pero esa mañana de septiembre empezaron a pensar que ya no era tan eficiente. Que no podía prever ni prevenir ni organizar ni salvar ni rescatar ni recuperar ni reconstruir y, ni siquiera, consolar.

Para los jóvenes que no vivieron y para los que no lo recuerdan podría decirles que, ante esa impotencia del gobierno, los ciudadanos en unos cuantos minutos se unieron, se organizaron y tomaron el asunto en sus manos. Hubo desde solidaridad hasta gestas heroicas. Cientos de mexicanos arriesgaron su propia vida para rescatar la de los demás. Los que tenían vehículos o maquinaria los prestaron. Las que podían cocinar se aplicaron. Los fabricantes que podían regalar lo hicieron. Esa sociedad emergente hoy la conocemos como “sociedad civil”. Desde ese día empezó a reclamar su lugar en el concierto colectivo.

Algunas tareas de rescate fueron llamadas, por un extranjero, como “un milagro”. Sucedió que, unos días después, vino a solidarizarse la esposa del presidente de Estados Unidos. Ese día le tocó presenciar el rescate de unos recién nacidos en el hospital derrumbado donde permanecieron cuatro días sepultados, junto a los cadáveres de sus madres, de sus enfermeras o de sus médicos. Sus susurros habían sido escuchados por los perros rescatistas. La ciencia médica tardó en encontrar la causa de su sobrevivencia.

Pero esa señora regresó muy impresionada a su país y lo comentó con su marido quien, también, se impactó. A los pocos días, ese suceso fue el tema central de su discurso ante la ONU. Hasta entonces había sido un gobernante pleno de belicosidad. Pero ése fue su primer discurso donde se manifestó a favor de la paz y de la vida. Ese discurso sobre una tragedia mexicana fue bautizado, para la historia, como “El milagro de la vida”.

La tragedia de México impactó al mundo. Cambió nuestra política, nuestra visión del gobierno y nuestra visión de nosotros mismos. En algún sentido, hasta cambió a Ronald Reagan y creo que lo puso más en el camino de encontrarse con Mijail Gorbachov. Ya ellos propiciarían otro derrumbe. El de un pequeño muro en el centro de Alemania.