19 de septiembre de 1985

 

 

La solidaridad no es un sentimiento superficial, es la

determinación firme y perseverante de

empeñarse por el bien común, es decir,

el bien de todos y cada uno para que

todos seamos realmente responsables de todos.

Juan Pablo II

 

Carlos Alberto Pérez Cuevas

El 19 de septiembre de 1985 mis hermanos y yo estábamos alistándonos para ir a la escuela primaria, todo transcurría con calma y tranquilidad como casi todas las mañanas hasta que de pronto movimientos que no habíamos vivido antes, crujir de paredes y vaivenes de las lámparas que parecían empujadas por manos invisibles, en el noticiero televisivo de la mañana la comentarista de noticias expresaba incrédula la pregunta a sus compañeros de foro, sobre si estaba temblando.

Los primeros segundos de ese temblor no se percibieron del todo, porque se trató de un movimiento oscilatorio, como de péndulo; la etapa más fuerte la vivimos en el momento en que un nuevo movimiento de tierra, esta vez trepidatorio, combinado con el oscilatorio, generaron la percepción de movimientos bruscos de un lado a otro y de arriba para abajo, que esta vez sí fueron percibidos con claridad y que generaron un temor indescriptible. Cuando terminó de temblar ya había sido cortada la corriente eléctrica, los teléfonos no servían y en las calles se generó un gran caos.

Hasta ese momento nadie sabía la magnitud del daño causado, cuando empezó a fluir la poca información que había, el caos empezó a generalizarse, imágenes de edificios totalmente destruidos, que colapsaron y se vinieron abajo, parecía zona de guerra, o un lugar recientemente bombardeado, como si del Oriente Medio o de alguna ciudad en conflicto bélico se tratara, pero no, era México y principalmente la ciudad capital la que mayor daño había sufrido.

Escuelas, hospitales, edificios habitacionales, restaurantes y casas lucían en escombros, todo era un caos, miles de familias intentando saber sobre el paradero y bienestar de sus familiares, bloquearon las líneas telefónicas, en el extranjero las imágenes y los reportajes daban cuenta sobre un México totalmente destruido lo que por fortuna no fue así ya que el daño mayor fue en el corazón del país, la capital.

Han pasado tres décadas desde aquel fenómeno natural que cobró miles de vidas y que vino a cambiarnos la realidad, los servicios de salud y ayuda eran insuficientes, faltaban agua y alimentos, pero nunca faltó el espíritu guerrero, de lucha, de hacerse uno con el otro; yo tenía apenas once años de edad y recuerdo perfectamente cómo, sacando fuerzas de flaqueza, vecinos o desconocidos buscaban en qué ayudar, se sumaban a brigadas de rescate y, sacando lo mejor de nosotros, se instauró lo que hasta ahora ha sido un signo indeleble de esa tragedia: la solidaridad.

Hoy, a treinta años de distancia, necesitamos aplicar nuevamente la solidaridad para rescatar este país de otros terremotos: el económico, el de la inseguridad y la corrupción.

@perezcuevasmx

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