Juan Antonio Rosado

Dos acontecimientos, por el intenso y constante dolor que produjeron, constituyen verdaderos traumas para varias generaciones y marcaron de forma definitiva la historia de la Ciudad de México. Ambos ocurrieron en la segunda mitad del siglo XX. El primero, producido por la intolerancia del terrorismo de estado que puso en práctica la represión sin cuartel contra un movimiento estudiantil en 1968; el segundo, generado por la naturaleza en connivencia con la corrupción y negligencia humanas, en septiembre de 1985, poco tiempo después de otra tragedia: el estallido en San Juanico.

De ambos sucesos (la masacre del 68 y el terremoto del 85) surgieron tendencias artísticas y literarias que manifiestan aún hoy distintos aspectos de cada uno. Desde hace varias décadas se habla de la Literatura del ’68, que incluye teatro, novela, crónica, cuento, poesía… ¿Podría hablarse ya de una Literatura del terremoto? Hay —no cabe duda— muchas más obras literarias sobre este movimiento telúrico que las existentes sobre ese otro célebre temblor de mediados de los años cincuenta, que derrumbó el Ángel de la Independencia. Septiembre de 1985 es todavía una fecha fresca, que ha generado en el imaginario colectivo y en las nuevas generaciones un sinnúmero de imágenes, mitos, leyendas urbanas… Algunas de estas manifestaciones se han convertido en literatura y sería prolijo enumerarlas. No me refiero a los fenómenos estéticos en que el terremoto no es sino telón de fondo, pretexto; más bien evoco aquellos casos en que el suceso telúrico se convierte en poderoso protagonista que transforma la trama y a los personajes: modifica radicalmente lo que llevaba un curso normal.

Ignoro si podría hablarse hoy de una Literatura del terremoto, pero lo cierto es que la surgida en estas tres décadas es parte ya imprescindible del tema urbano, o de la tendencia conocida como Literatura urbana, donde la ciudad es el núcleo de los conflictos en que se percibe la mezquindad, el oportunismo, el individualismo y la corrupción, pero también la solidaridad de un pueblo con el dolor ajeno, así como la ignorancia y desinterés de muchos gobernantes. Sin duda, aquella devastación, debida en gran parte a los edificios hechos de plastilina y a la falta de prevención, le dio una perenne lección a la ciudad y a sus autoridades: la memoria permanece y la huella se expande.