Carmen Galindo

 Salvador Elizondo es un hombre de fidelidades. Me atrevería a decir que de obsesiones. Al contrario de lo que sugiere el nombre de su revista Snob, para nada era una persona de “sedacito nuevo dónde te pondré, sedacito viejo dónde te aventaré”. Desde que lo conocí, le da vueltas -en las pocas, pero muy tête à tête ocasiones en que hemos platicado- a lo que le fascina. Lo puedo recordar en la antigua cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras cuando nos deslumbraba glosando de viva voz las escenas -hace ya tantos años- del Acorazado Potemkin. Lo evoco en el bar del Delmónico´s mostrando con una servilleta de papel el infinito de Moebius. Consideraba -in illo tempore- que Poe, Baudelaire y López Velarde eran los padres de la poesía moderna. De él escuché, y en los labios de nadie más, el nombre del sinólogo norteamericano Ernest Fenollosa y el título de su texto: The Chinese Written Character as a Medium for Poetry. Se refería ya -frente a la ignorancia de todos los que lo escuchábamos con asombro- a las etapas de Diego Rivera, se entusiasmaba al describir en su conversación los Nenúfares de Monet que ya había visto en Nueva York, como quien dice, en persona.

            De México, además de Tamayo y Rivera, brillaban en sus conversaciones la calavera de cristal de roca que vislumbró en el Museo Británico y al final, pero no en último lugar, la poesía visual de Tablada. En la portada de su revista Nuevo Cine una foto-fija de El año pasado en Marienbad, cinta que yo vi casi en éxtasis en una reseña cinematográfica y él no sé si en el Instituto Francés de la América latina (IFAL) o como yo en el cine Roble, sede entonces de la anual reseña cinematográfica. De tiempo en tiempo retomaba el tema de “Muerte sin fin” y siempre salían a relucir -ya lo imaginaron ustedes- los cantos de Ezra Pound. Hablaba del I Ching, pero la verdad no recuerdo haberlo oído mencionar jamás a la ouija. Ni tampoco, debo confesarlo, a Georges Bataille y la foto de la tortura que da pie a la novela.

            El recuento no es ocioso. Todo lo dicho hasta aquí es el revés de la trama del libro que hoy nos convoca, que hoy festejamos en su cumpleaños número cincuenta: Farabeuf. Pero antes de retomar el hilo, quisiera contar que la primera vez que leí esta novela -y todas las siguientes derivan de aquella primera impresión- recordé que Salvador proponía, creo que apoyándose en Santo Tomás o más probablemente en Valéry, que el arte era inefable. Al terminar Farabeuf me quedé así, pasmada, sin habla. Desde ese entonces advertí que su estructura era circular, así que por puro impulso, por intuición tal vez, recomencé la lectura. Me encontraba, lo recuerdo muy bien, en mi recámara, en mi casa, una casa que, -no puedo evitar decirlo- en el comedor, reproducía fielmente una ventana de su casa de Tlalpan que visité cuando era niña y mi padre dibujó para el ingeniero Mirabent que construyó nuestra casa.

            Si yo digo que Farabeuf o la crónica de un instante tiene como tema la tortura, o la muerte, o el acto sexual, o el tiempo o el arte y en particular la escritura, nadie podría desmentirme. Todos ellos podrían pasar por el tema central de la novela. Como todos sabemos, Farabeuf está construida como una serie de escenas sueltas, fragmentadas, como quien va narrando paso a paso las piezas de un rompecabezas que sólo se ordenarán en la mente del lector al concluir la lectura, por más que, como ya dije, la sugerencia es de volver a la primera línea, al ritornello de “¿Recuerdas?”. Pero ¿por qué está Farabeuf, como la Coyolxauqui, despedazada? Simple y sencillamente porque el autor identificó forma con contenido, como se trata de una tortura china que consiste en un desollamiento, así nos presenta el relato, despedazado, hecho con fragmentos, tal como son los cuadros fijos del celuloide que sólo por la velocidad con que se proyectan fingen el movimiento. Ese desmenbramiento tiene su eco, su correspondencia dentro de la novela, en el signo chino que la mano de la mujer dibuja con el vaho sobre el vidrio de la ventana. Aquí no se puede omitir que Salvador asistió a cursos de chino en el Colegio de México con la intención, al menos la explícita, de leer a Erza Pound que se vale de ese tipo de escritura, escritura que está a medio camino, como lo estaba el mismo Salvador en su juventud, entre la poesía y la pintura.

            Farabeuf o la crónica de un instante está más cerca de la poesía -de ahí su efecto de inefabilidad- que de la novela. Pero, además, es descendiente o sigue el camino de un tipo de poesía en particular, aquella que, como la de Tablada o Pound, va no por el lado musical, sino por el de la imagen plástica. Aquella, pues, que, como los ideogramas orientales, está más cerca o se aventura por el lado de la pintura más que de la música.

            Tampoco son aleatorios y menos circunstanciales el tema del tiempo o del coito. La estructura de Farabeuf con su fragmentación, por su deseo de evocar un momento ya vivido, pone en escena la aporía de Zenón de Elea, aquella que al dividir el espacio una y otra vez acaba por hacerlo infinito, de tal modo que, como sabemos, Aquiles, “el de los pies ligeros”, nunca puede alcanzar a la tortuga. Así, además del desollamiento, del caracter chino que evoca, de la estructura igual de la estrella de mar putrefacta que toma en la playa la mujer, el rompecabezas que es la novela, divide el tiempo de manera que al fragmentarse nos sugiere como la cinta de Moebius o la carrera de Aquiles y la tortuga, el infinito. Ese infinito que propone igualmente su estructura circular.

            Inquietante es saber, en las páginas de la extraña novela, que el Dr. Farabeuf va a intentar sobre el cuerpo de la Enfermera, su amante, el suplicio chino del Leng-T´ché, de los mil cortes o de los cien pedazos. Esta tortura es, entonces, una forma de amor, ya que, escrito en transparente latín, asistimos a la descripción del coito, llega incluso el autor a analogar el pene con el puñal. Al margen del sadismo y del masoquismo. (Tengo que recordar que de los labios de Elizondo escuché, la frase de Freud de que “los niños son perversos polimorfos”). Pues bien, dejando a un lado los sadismos, por más que no puedo omitir que Salvador fue fiel lector del Marqués, quiero proponer que la relación amor-muerte, tiene que ver con el tema del tiempo, vale decir con la destrucción que significa la muerte y la creación que se identifica, aunque no necesariamente, con el acto sexual. Como en el poema de Gorostiza “Muerte sin fin”, que al igual que la novela de Elizondo tiene relación con Oriente, el tema es el incesante movimiento de muerte y renacimiento. Si por lo dicho en párrafos anteriores, Farabeuf se hermana más con la poesía que con la novela, con lo dicho en este párrafo estamos ya, reitero que como en “Muerte sin fin”, en la literatura que trata por otros medios de pisar fuerte en el coto de caza de la filosofía.

            Dos instantes, que se identifican en uno, son de los que se ocupa la crónica de la novela. Uno es el momento, en que el torturado y ejecutado magnicida chino, es captado, por la instantánea fotográfica, en el momento de morir; el otro, es el del acto carnal, que si bien dura con sus prolegómenos un minuto ocho segundos según el canon recuperado en el texto, la penetración propiamente dicha, igual que el paso de la vida a la muerte, apenas se demora un segundo. La fotografía, se dice en Farabeuf, congela la imagen del torturado, vuelve inmortal, igual que otras formas del arte, lo efímero, lo fugaz. En resumen, congela, mediante la palabra, la vida, representada por el coito, y la muerte, por el torturado. Además, como ya queda dicho, ambos instantes se identifican, porque la Enfermera se pone en manos de Farabeuf para que ejecute en ella el suplicio chino, porque el torturado parece, en la foto que acompaña al texto, en éxtasis, en el momento del orgasmo. Ese desollamiento, y ahí la literatura que es arte, como la música, temporal, que tiene pues que trascurrir en el tiempo, busca un desafío, el camino visual de la poesía, que se representa en el texto ya por el caracter chino, ya por la estructura de la estrella de mar putrefacta, ya en fin por la forma que dijimos despedazada o en forma de estrofas del texto. Juego de ecos, de correspondencias, de forma que se vuelve contenido. Sobra decir que de todo lo anterior se deriva el título completo de la novela: Farabeuf o la crónica de un instante

            No es el único tema que acerca la novela a la filosofía. El espejo juega aquí el papel del solipsismo. A Elizondo, como a Borges, le inquieta que nosotros mismos, y así nos los hace saber en Farabeuf, seamos únicamente una imagen en un espejo o no tengamos más realidad que la que nos confiere que alguien nos sueñe o mejor todavía que seamos tan sólo, sin advertirlo, los personajes de una novela que alguien escribe. Desconfiado, pues, de la realidad, reflexiona, al mismo tiempo, sobre la escritura. En algún momento nos deja saber que por más preciso y detallado que sea el relato de los hechos nada es seguro. El yo, como en la mujer del relato, es indeciso. No sabemos a ciencia cierta quién es ella, porque la novela nos la presenta con diferentes identidades: la monja Paula del Espíritu Santo, nacida con el nombre de Mélanie Dessaignes, que aparece como la Enfermera, concubina del Dr. Farabeuf, y también, ya que así se le designa, como Mme. Farabeuf. Pero estas identidades que podrían transcurrir en el tiempo, toman otro aspecto cuando en la promenade en la playa la mujer corre para alejarse de su amante y cuando vuelve la cara, él advierte que es otra. Yo soy otro, decía Rimbaud.

            La crónica, de ahí su nombre, intenta ser lo más precisa y objetiva posible. Se ayuda de las noticias del periódico, del reporte meteorológico, de la historia de China, de la revisión reiterada de la misma escena intentando que no se escape ningún detalle por insignificante o ajeno que parezca. Todo es inútil. Los propios sentidos son puestos en tela de juicio y el texto acaba por concluir que los personajes, nosotros mismos, somos una foto que el tiempo hace borrosa, un recuerdo que se va difuminando, un caracter chino pintado con el vaho de la lluvia que acabará por desvanecerse, ya que, nos previene el escritor, la memoria es tenaz, pero es todavía más tenaz el olvido. Vienen a la mente, de inmediato, Proust con su taza de té y su Barón de Charlus, y con Proust, de golpe, Henri Bergson con la durée y su tiempo subjetivo, y tal vez por Proust, por su personaje Bergotte, el lirismo de los impresionistas, sus manchas y puntos tratando de fijar esa iglesia de Rouen diferente de ella misma según aparezca en invierno, en otoño o en verano, ese montón de paja bajo el sol del mediodía. En esa estación del año o en ese preciso instante. Pero Elizondo no capta el tiempo en la portada de una iglesia ni sobre un montón de paja, sino en los instantes fundamentales, fundidos en uno solo: el momento de la vida, el acto sexual, y el del moribundo, el paso de la vida a la muerte.

            Como muestra Poe al analizar la composición de su poema “El cuervo” o Baudelaire con su estremecimiento, Elizondo considera que el arte es una combinación de racionalidad y emoción, no inclina la balanza ni a uno ni a otro. Al igual que Poe desplaza la belleza del objeto al efecto provocado en el lector y ese efecto, al menos en Farabeuf, es el que nos deja sin palabras. Con los cubistas pretende analizar y sintetizar la realidad, con Robbe Grillet y Alain Resnais, en fin, hacer del pasado un presente eterno. Propone una novela más cercana a la poesía que a la novela propiamente dicha, y dentro de la poesía, al lado de Pound y de Tablada, se inclina por lo visual, tanto así que incluye en el libro la foto del supliciado, el esquema de la estrella de mar, el caracter chino que simula el desmembramiento e incluso ejemplos médicos de incisiones en un brazo. Pero si hablamos de Elizondo hay que poner al margen el tema de las influencias, ni siquiera admito el de los ecos o las correspondencias. Curiosamente, porque no parece así a primera vista, Elizondo tiene una visión histórica del arte, en el sentido de que considera, primero, que el arte es una incesante investigación de la técnica y que esa tarea es común a los artistas, que lo descubierto por Tablada o López Velarde o Gorostiza se hereda a los siguientes como se ha heredado la perspectiva renacentista, el uso del color del impresionismo o el postimpresionismo, el montaje de Eisenstein. Esta técnica, y no las influencias, es sobre la que se levanta la ambigua trama de Farabeuf. A pesar de la prolijidad de lo dicho, regreso a mi primera lectura de la novela, a la ambigüedad del texto, que posibilita todas las interpretaciones, y el efecto en el lector, en mí misma, que reitera el de entonces: lo inefable, vale decir el pasmo y el silencio, sólo para tomar aire y reiniciar su lectura.