Ricardo Muñoz Munguía
(Primera de dos partes)
Guillermo Samperio (Ciudad de México, 1948) se describe como un escritor “polifacético”. Eso es, pues ha abordado prácticamente todos los géneros literarios. Continuamente la memoria lo lleva a recorrer sitios y vivencias tanto de su infancia y de su juventud. Y sobre ello charlamos con el autor de más de media centena de libros.
—Yo iba a ser artista porque dibujaba, pintaba y, paralelamente, escribía. Hasta que me decidí por la literatura. Además haber ganado el Premio Casa de las Américas cuando yo era muy joven con un libro de cuentos. Y como era un premio muy prestigiado, me colocó entre los escritores importantes de México. Por otro lado, fueron los talleres literarios a los que iba, uno de ellos fue con el escritor Andrés González Pagés, muy amigo de Arreola —ellos crearon varios talleres literarios en el IPN, en el casco de Santo Tomás—; yo fui a ver al maestro Arreola y él me ubicó, conforme a lo que leyó de mis cuentos, con cuál escritor me inscribiera. Estaban dos maestros de narrativa: Juan Tovar y Andrés González Pagés. Y lo que hizo este último, cuando entré al taller con otras siete u ocho personas, fue hacerme leer mis tres o cuatro cuentos que yo traía, y eso nos llevó todo el tiempo, se acabó toda la clase. Después me habló en una esquina del salón y me pidió dos cuentos para publicarlos en la revista del IPN. Así que entré a publicar de inmediato.
—¿Tienes algún proyecto literario en mente por realizar próximamente?
—No por ahora, además que no he escrito en un buen tiempo. Sin embargo, estoy ideando una novela que tiene que ver con mi infancia para narrar momentos de aquella época que pueden ser interesantes para México. También se me antoja escribir, además de mi infancia, mi primera juventud, que fue cuando comencé a fumar mariguana, cuando está muy presente el hippismo. Y de ello tengo una experiencia: en la Unidad Cuitláhuac, donde mi papá tenía un departamento, ahí fui con otros dos amigos a una colonia que está a un lado del Centro, a comprar como un cuarto de kilo de mariguana, entonces llegamos a un edificio viejo, teníamos que pasar por un pasillo oscuro hasta llegar a la puerta del departamento que estaba en la planta baja, ahí estaba sentado el vendedor con otros dos tipos con cara de maloras, que lo cuidaban, yo pensé que si algo salía mal estos tipos nos romperían la madre en un instante; estuvimos negociando el precio con el viejo y se hizo la compra, y al salir ya nos estaba esperando un carro con agentes judiciales, así que nos meten al carro, el primero que entró fue un amigo, yo en medio y al otro lado mi tercer amigo, que ya falleció, por cierto, entonces los judiciales nos decían que nos pasarían báscula (revisar lo que traíamos), que nos llevarían a un sitio solitario, nos mentaban la madre…, espantándonos, en eso estábamos cuando mi amigo saca el rollo de mota y con su habilidad le mete el rollo al saco del judicial que iba manejando, nosotros rogábamos que no se diera cuenta al momento de ponerse el saco, entonces llegamos al lugar en el que nos iban a fregar, era una casa semivacía y semiabandonada, entonces ahí nos pidieron desnudarnos por completo pero al no encontrarnos nada nos dicen que nos salvamos de ir al Lecumberri, nos dejaron salir y rápido tomamos un taxi, y luego nos reíamos del coraje, o risa, que le debió causar al judicial, seguro dijo “estos sí que me la hicieron”; yo creo que no se enojó, más bien se debieron reír de que les vimos la cara de pendejos. Y así tengo más anécdotas con la hierba, anécdotas que quiero retratar narrativamente.
