El pasado viernes 25 de septiembre falleció el poeta, ensayista, actor y diplomático Hugo Gutiérrez Vega. En su columna, “Bazar de asombros”, que aparecía en La Jornada Semanal, el suplemento que dirigía, contaba sus viajes, comentaba sus muchas lecturas o cómo había conocido a tal o cual poeta famosísimo, siempre de manera como muy personal, intimista se podría decir. En este diario público recupera un recuerdo entre muchos, una cena en particular, un paseo por una ciudad o una playa.
Cuando Carlos Monsiváis estaba en la Universidad de Essex, los fines de semana los pasaba en casa de Hugo y de Lucinda, su esposa. Las hijas del matrimonio le cedían su recámara, por lo cual lo odiaban cordialmente y más o menos Carlos les correspondía. En esa época, 1972, también caía por ahí Sergio Pitol, que estaba, en el servicio diplomático, y ejerciendo su modo personal del arte de la fuga, en Bristol. No recuerdo demasiado de esa noche en que cenamos en casa de los Gutiérrez Vega, sólo mi estupor cuando Carlos y Sergio decidieron subirse al coche de Hugo con nosotras y dejar que Lucinda y otro de los invitados se fueran en Metro. También que Carlos nos citó para encontrarnos en un cine-club y que se metieron a ver la función, de modo que esperamos una hora y media en la grata compañía de Sergio Pitol, mientras el resto veía una película de seguro en blanco y negro y posiblemente muda. He leído en textos de Hugo que esa afición compartida por el cine fue, con mucho, la base firme de su amistad con Carlos. De hecho, para los dos esas idas al cine fueron significativas en sus vidas.
Casualmente, hace unos 15 días, Margarita Peña me invitó a moderar una mesa redonda en su cátedra Juan Ruiz de Alarcón, y el teatrista Emilio Méndez habló de la representación de La prueba de las promesas, dirigida por Juan José Gurrola, que le costó a Hugo su puesto como director de Difusión Cultural, de la UNAM. Resulta que ya había tenido Hugo varios amagos de censura con Lástima que sea una puta, del dramaturgo inglés John Ford (1586-c.1640) principalmente por el título, pero también por el tema; el incesto entre los hermanos Annabella y Giovanni. (Entre paréntesis: el tema predilecto de Juan García Ponce que con Gurrola fungía como lo que ahora llaman dramaturgista). El rector Soberón le había pedido a Hugo, según cuenta en la Revista de la Universidad, (que también dirigió) que “interpretara personajes más serios” y Hugo le responde que ahora hará de Cardenal, pero no le aclara que diría la frase final que es la del título. Más escándalo causó la puesta en escena de Roberta esta noche de Pierre Klossowski que el rector calificó de pornográfica y Hugo de “terriblemente pornográfica”.
Pero la gota que derramó el vaso fue La prueba de las promesas en la que Rosenda Monteros actuaba con poca ropa, pero Óscar Yorgen, que interpretaba al dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón, salía con gorguera, jubón y nada más, “a raíz”. Hugo mantuvo la obra sólo los 28 días que tenían programados por un compromiso previo de Rosenda, pero el rector Soberón le había dicho “me están pidiendo su cabeza” y Hugo, al terminar la temporada, renunció.
Ciertamente, muchos de sus poemas son memorables. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, “Para la abuela que hablaba con pájaros creyéndolos ángeles”? El inolvidable en que rememora el suicidio de Césare Pavese y titula “Nota roja”. En lo personal de “Suite doméstica” rescato sus primeras líneas: “Te digo que quiero quedarme/ a vivir en la ducha”. Poesía real, concreta, con retratos, como ya dije con paisajes, con escenas, con emociones vividas.
Sin embargo, a mi entender, al de muchos lectores y tal vez del propio Hugo, su obra poética se embellece y se serena, se vuelve clásica, más transparente todavía al contacto con Grecia y sobre todo con los poetas griegos, cuando Gutiérrez Vega es nombrado ahí embajador. (Carmen Galindo)
Una estación en Amorgós
Antes de partir
A la izquierda está el mar. La alta montaña con su ermita y su senda entre
los pinos se recorta en lo azul y las gaviotas van hablando de viajes,
llegadas o naufragios.
Recuerdo los primeros días en la isla, el verano de fuego y, en la alta
madrugada, el olor de la sal, el aroma de los pinos y las voces de las
muchachas escondidas entre las ruinas.
Una de ellas, la más alta, flameó su cabellera al lado de una columna rota,
irguió el pecho, abrió los brazos al cielo y me dejó, adolorido y
deslumbrado, a merced del misterio. Los dioses rieron desde lo alto y se
hizo el día. La muchacha comenzó a caminar y agua, fuego, tierra y aire
vibraron a un tiempo. Era Afrodita o Helena o Friné, era la cautelosa
Artemisa clavando su flecha para siempre en el corazón que se niega a
Envejecer
Y hay que citar, en este momento. Otro de sus poemas:
| El juicio |
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Esta carta aparece al lado del espejo. Se reflejan los símbolos usuales y una guirnalda rota se enrosca en las paredes. “No soy el primer hombre que va a morir”, y sin embargo sobrecoge este fracaso natural. Hay que cubrir el papel con la dignidad de un cómico viejo, hacer el mutis sin aspavientos para no robarnos la escena; pedir que no nos sobrevenga el sentimiento de dejar huérfano al mundo; evitar las declaraciones finales, los testamentos sacros, la efusión de moralina y la escena de “la muerte del justo”. Irse como todos los seres humildes y pequeños de la naturaleza: los perros callejeros, las flores silvestres y los elegantes paquidermos que se ocultan en el bosque. Tal vez una mueca ante el dolor; todo debe recordar al cine mudo y homenajear en silencio a Buster Keaton. |
