Juan Antonio Rosado
La sensibilidad se tiene o no se tiene, pero también se contagia; como todo, puede aprenderse, desarrollarse, transformarse. Gautama ignoraba el dolor y la muerte. Cuando los conoció de cerca, se operó la metamorfosis, pero no sólo por las situaciones externas, sino porque él ya poseía el germen del cambio, de la apertura, en su interior. El exterior le abrió la conciencia como a ciertos lectores de Eugenio Sue en su tiempo, a pesar de que hoy su estilo nos parezca ingenuo. El despertar de los sentidos obedece a la exterioridad, pero si no hay alguien que despierte adentro, nada podrá hacer el exterior, y ocurrirá lo que afirma Alfonso Reyes: “La mula de Rabelais destroza al monje que la cabalga y ríe el pueblo como príncipe que ignora el dolor. Los yangüeses aporrean al hidalgo… ¡Oh, Guignol, Guignol! Nadie quiere tomar en serio a Polichinela”. Acaso porque ni Paolo Cinelli, su creador, lo hizo, como los gobernantes no lo hacen con la gente ni con la progresiva depauperación que buena parte del mundo padece, ni con la carencia de educación.
Tanto a la Iglesia como a ciertos gobiernos les ha convenido siempre el lucro. Por ello, tal vez abundan cada vez más los mendigos, los falsos discapacitados, los subempleados y los que en México suelen llamarse “milusos”. Estas formas populares del lucro estallan y exhiben el dolor como mercado para atacar la moral de una mentalidad culpable porque ella también lucra, aunque de un modo más sofisticado o encubierto. ¿Se identifica con quien pide dinero en un escalafón más bajo y así cobra conciencia de sí mismo, o tan sólo alimenta la miseria del otro a base de dosificar las dádivas sin enseñarle a trabajar, sin educarlo, sin ofrecerle un empleo digno de acuerdo con sus capacidades y necesidades?
Pero el dolor sólo puede aplacarse o eliminarse mediante la conciencia o la muerte. La inconsciencia no suele reconocerlo, o simplemente lo acepta como natural, no sólo en quien lo padece, sino sobre todo en quien lo percibe en la exterioridad. Una autoridad centrada en su yo, insensible a la otredad, es capaz de multiplicar la miseria y el dolor a cambio de que ella multiplique su goce con la coraza fabricada con las aportaciones de los demás. Sigue siendo una pena que quienes pueden verdaderamente aplacar el dolor colectivo no deseen renunciar a una parte de sí con tal de vivir en un mundo menos destruido y más educado; es una pena que nadie ponga atención a las palabras de Erasmo de Rotterdam: la dignidad de un gobernante radica en gobernar sobre ricos y felices, y no sobre miserables.
