“Ni cuotas ni cuates” en la Suprema Corte

Un juez recto es un juez sabio.

                                            William Shakespeare

 

José Fonseca

Hace unas semanas reptó desde las columnas políticas sociales un rumor: “hay un acuerdo entre PAN y PRI para repartirse las vacantes que a partir del 30 de noviembre habrá en la Corte”.

Como siempre, nadie conoce el origen del rumor. Como de costumbre, el tema se repitió tanto en los medios que, además de convertirse en trending topic político.

Y se soltaron los demonios. Los demonios de la cofradía, del oportunismo político y la moderna condición humana de no desperdiciar la oportunidad de treinta segundos de gloria, sin importar que para eso se tengan que decir disparates o hacer propuestas descabelladas.

No sorprende que los sospechosos de siempre hayan reunido firmas. O que algunos académicos con propósitos políticos hayan suscrito el pegador eslogan de “ni cuotas ni cuates”.

Una pena que algunos políticos serios hayan caído en la trampa y hayan sugerido que se despoje al Ejecutivo federal de la facultad de proponer ternas al Senado para cubrir las vacantes de la Corte.

Nadie desperdició su oportunidad de consagrarse mediáticamente, aunque sea por medio minuto de tiempo en los medios electrónicos o algunos párrafos en los medios impresos.

Con sentido de lo dramático se presentaron en el Congreso más requisitos que los que actualmente fija la Constitución para la designación y ratificación de los ministros de la Corte.

Como el requisito de ser “apartidista”, como si la filiación partidista o las simpatías ideológicas fueran ácido que disuelve la integridad personal de cualquiera. Aquí se aplica aquello de que el león cree que todos son de condición.

Curioso, sin embargo, que en medio de la acalorada discusión y la avalancha de propuestas nadie recordara que hasta en la Constitución se mencionan como requisitos la probidad y la honorabilidad.

Más curioso que en el furor puritano que da impulso a tantas organizaciones no gubernamentales, las cuales, justificadamente, exigen de los hombres públicos más cualidades que las del ciudadano común, ninguna haya mencionado la probidad y la honorabilidad.

Quizá porque vivimos tiempos tan modernos, tan embebidos de relativismo, de escepticismo que raya en incredulidad y sólo fomenta tanta desconfianza que la existencia de personas probas y honorables les parece tan improbable como la existencia de vida inteligente en Marte. Quizá las consideran cualidades propias de alienígenas.

                                   jfonseca@cafepolitico.com