Odio y calumnias a la distancia

René Avilés Fabila

Ya los comunicadores más serios tratan el tema preocupados por los excesos de los millones de usuarios de las redes sociales. Todos los días surcan el ciberespacio mensajes superficiales, frívolos, agresivos, vengativos, rencorosos y sobre todo que pretenden hacer un “periodismo crítico” que raya en la calumnia. En lo personal, hace una semana pronuncié una conferencia en Puebla sobre el 2 de octubre de 1968. Imposible que modifique una postura y hechos que presencié cuando era estudiante. Fui crítico del sistema y señalé lo que nadie ignora: las culpas del Estado en la masacre. Al día siguiente el sistema de alertas puso en mi pantalla varios comentarios donde decían justo lo contrario. Eran “reporteros” que por alguna razón o no entendieron lo que dije o simplemente decidieron que yo era un enviado de Díaz Ordaz y de Echeverría. ¿Cómo defenderse, cómo aclarar que aquéllas eran falsedades, patrañas?

Pero si en el caso de un escritor, periodista y profesor universitario poco conocido, eso sucede, ¿qué puede esperarse de aquéllos donde aparecen las altas figuras de la política? Lo digo porque durante la proximidad del huracán Patricia, las autoridades del país trabajaron como nunca en alertar a la población afectada y mover recursos por si el encontronazo natural provocaba daños materiales graves y vidas de personas.

Los resultados no fueron graves como indicaban los expertos y repetían los funcionarios, pero en estos casos, las advertencias jamás están de sobra. El caso es que pese a que los destrozos no fueron excesivos y no hubo muertes, en las redes sociales miles de personas acusaban al gobierno de aprovecharse del fenómeno para publicitarse. No dudo de que algo de ello hayan pensado. Pero qué bueno. Es preferible la exageración que la pérdida de vidas.

Sin embargo, es evidente que el problema queda en pie, desde la distancia e impunidad que conceden las redes sociales, cualquiera puede calumniar, mentir y destilar odio. Ello puede estar bien, el problema más grave es que jamás hay argumentos serios, datos que les den la razón. Me recuerda una novela donde hay un mitin de opositores al gobierno en un país equis. La lluvia los dispersa y los oradores claman: No huyan, compañeros, no caigan en la provocación, los elementos se han aliado con el enemigo, es todo. Hay que enfrentarlos.

Hasta hoy quienes juegan al periodismo en las redes sociales no logran dar en el blanco. Sus mensajes son mañosos y sus argumentos carecen de peso y seriedad. Si son admiradores de López Obrador, el mundo entero conspira contra el hombre que primero iba a salvar a Tabasco, luego a México y ahora al mundo. Siempre es víctima, inalterablemente aceptan sus discursos falsos y amañados, con unas cuantas ideas vagas ha convencido a muchos y esos muchos se deshacen desde las redes elogiando a su caudillo y atacando a sus críticos o detractores. El problema es, insisto, que no hay nada más que ofensas. Y eso inhibe la libertad de expresión. En ocasiones se reúnen los simpatizantes de un partido o de un líder y llegan hasta donde se encuentran sus rivales y los agreden.

Ahora, a la inversa, los políticos y sus respectivos partidos utilizan las redes con el mismo fin: demoler a sus enemigos. Y ello se ha convertido en algo grave para la salud social de México. No se trata de reglamentar las redes sociales sino de impulsar movimientos que luchen para que éstas tengan el mejor uso posible. De lo contrario no tendremos la anhelada primavera que se ha dado en otros países ni mejoraremos como sociedad. Es cierto, la mayoría de los medios son empresas y responden a intereses personales, es decir, tienen compromisos y hay ciertos tipos de censura. No en todos, desde luego. Pero algo similar ocurre en las redes, los más listos las aprovechan para inducir el rumbo que ellos desean. Por ahora quedó claro que Patricia no existió, fue un complot para distraer la atención nacional.

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