Arturo G. Aldama
Zafarranchos en círculos de Carlos Fuentes y Octavio Paz, manicomio, cárcel, Parménides García Saldaña (Orizaba, 1944) encarnó la “literatura de la onda” hasta dar la vida el 19 de septiembre de 1982, a los 38 años. (“Casi no tenía amigos, sólo cuates”, publicó un obituario de la época.) Su tortuosa sombra puso el rol que le faltaba al rock de las letras nacionales. Yo crecí bajo esa sombra y de ella quiero contarles.
El castillo de Tajín
José Agustín en su libro Contra la corriente domicilia al joven Par en la calle de Xochicalco con Eje 5 Sur, colonia Narvarte de la Ciudad de México. Alguna vez tuve oportunidad de señalar al maestro esta imprecisión, no me creyó, pues la obra ha seguido editándose igual. Aquí, voy a permitirme a dar crédito a mis padres, quienes sabían de Parménides porque vivía en la esquina de nuestra calle, Tajín, y por la cuadra corrían sus anécdotas como historias para espantar a los niños. Corroboré la información una noche que conocí al actor Arsenio Campos, quien fue su conocido cuatachón y se mostró visiblemente conmovido al saber que conocía del Par, mientras recordaba los tiempos “en que la Narvarte era la banda más pesada del D.F.” y señalaba con nostalgia la casa aquella.
Una construcción de piedra café acabada en una torre de techo cónico con una ventana en lo alto, para mi mente infantil resultaba evocación de los castillos en los cuentos de hadas. Sobrepuesta a la reja que rodeaba el amplio jardín había unas picas, claramente un añadido posterior a la estructura original. Cuando, de adolescente descubrí que era secuela de las veces que Par quiso meterse para matar a sus padres, pasar por ello se convirtió en una imagen muy fuerte de inocencia perdida.
El castillo desapareció. Lo demolieron hace más de un año y parece que levantan otro edificio de departamentos para arruinar el paisaje de la colonia. Me ilusionaba que lo transformaran en casa de cultura, librería, o, de perdida, un bar en memoria del Par. Supongo que nadie lo recuerda tanto. Quizá sólo sea que siempre quise conocer esa casa por dentro y me entristece ahora saberlo imposible…
Escribir rocanrol y vacilar sin ton ni son
A Parménides le interesaba menos escribir que hacer de la literatura rocanrol. Mientras la mayoría de sus compañeros “onderos” optaron por búsquedas más propiamente literarias, él se aferró a perderse por La ruta de la onda, título de uno de sus libros, donde escribe: “La onda son los excesos. Vivir la vida en exceso. (…) La onda requiere un desgaste anormal de energía, si no, no es onda. La onda tiene que ser irracional, si no pierde su nivel de trascendencia”.
Pese a las deficiencias técnicas y narrativas que encontramos en Pasto verde, la novela que fue su primer libro publicado, su valor radica en tanto descarnada relación de las pulsiones de un espíritu camino al precipicio. El despeñadero semántico trae la esperanza de, en la locura, dar con la posibilidad de construir nuevos significados. Y la salvación llega por el rocanrol. Incorporar fragmentos en inglés no es fruto de una mente colonizada, es la expresión de una angustia que ha vetado la tradición. Parménides escribe desde un momento en la historia donde distan las justificaciones mexicanistas para el rock, lo importante era su apropiación como lenguaje de lo distinto. Y lo distinto del rock era la electricidad. Él quería conectar, pero tomando el cable pelado.
Condensan su obra cuatro publicados en vida —Pasto verde (1968), los cuentos de El rey criollo (1970), el ensayo En la ruta de la onda (1974) y el poemario Mediodía (1975)— y uno póstumo —En algún lugar del rock (1993). En el tianguis del Chopo circulaba un puñado de fotocopias que algún héroe anónimo reunió con artículos periodísticos por —y alrededor de— el Par. Es el libro que se le debe, una buena recopilación con sus opiniones rocanroleras dispersas, eso que lo mantenía vivo y —más o menos— cuerdo.
Será sólo otra fantasía, como la de alguna vez, haber entrado a su casa.
