BERNARDO GONZALEZ SOLANO

El 70 aniversario de la Organización de Naciones Unidas (ONU), sirvió para que los principales líderes del mundo expusieran ante la Asamblea General, sus diferencias en las jugadas de ajedrez que impone la diplomacia del momento, sobre todo en los puntos calientes de la Tierra: Ucrania y el Medio Oriente, específicamente en Siria, donde DAESH –acrónimo en árabe del llamado Estado Islámico–, y su califato tratan de imponer el régimen de la sharia en su peor expresión. Una vez más, dos de los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos de América (EUA) y Rusia, en voz de sus respectivos mandatarios, Barack Obama y Vladimir Putin, manifestaron sus divergencias ante la crisis siria. Como si fuera una macabra partida de ajedrez, el nuevo zar ruso irrumpió en esta guerra con un jaque directo a Occidente.

Lo malo es que las piezas de este juego, no son de marfil ni de plástico o de cualquier otro material, sino seres humanos, que viven pero que también mueren. En poco más de cuatro años, suman ya 300,000 muertos y más de seis millones de desplazados sirios   que no encuentran un lugar seguro y amistoso donde establecerse. La Unión Europea no sabe qué hacer con los refugiados y el resto del mundo voltea la cara a otra parte. Nada sorprendente, así es la condición humana.

Putin dijo el lunes 28 de septiembre, en el edificio de Manhattan, a la vera del East River, que las potencias occidentales se dejaran de remilgos para negociar con Bachar el Asad. Por cierto, lo pidió en tono comedido, pero ni Obama ni otros convidados parecieron escucharlo. Al día siguiente, al regresar a Moscú, donde solo sus chicharrones truenan, convocó a la Duma –para cubrir las apariencias– y pidió “autorización” para empezar las fuerzas que ya había acumulado en el aeropuerto de Latakia –capital de la provincia siria del mismo nombre–, en pleno feudo del sanguinario Asad. Diciendo y haciendo, la noche del martes 29 del mes pasado, después de recibir el “beneplácito parlamentario”, ningún ruso se opuso, Putin se reunió con el Consejo de Seguridad para debatir sobre la lucha “antiterrorista” y aclaró que no era su propósito “zambullirse de cabeza” en el conflicto sirio e insistió que la participación rusa en esta operación militar se basa en el derecho internacional y supone una respuesta a la petición oficial del presidente Bachar el Asad.

La respuesta del Kremlin representa el uso de cazas Su-30, aviones Su-24 y Su-34, helicópteros Mi-24, aviones de transporte Tu-154 y Tu-155, Il-76 y An-124. Algunos de estos aparatos que participaron en los primeros bombardeos eran pilotados por soldados sirios.

Vladimir Putin afirma que su objetivo es luchar contra el terrorismo de DAESH, pero en las palabras del dirigente ruso hay que irse con cuidado; hay que filtrarlas con un cerrado tamiz, pues ya ha demostrado en otras ocasiones su verdadera obsesión: “que se respete el lugar que Rusia merece en el mundo”. Desde que Putin accedió al poder en 1999 directamente desde la jefatura del Servicio Federal de Seguridad (el FSB, heredero del KGB), Putin ha encontrado en el terrorismo un aliado de primer orden para consolidarse en el poder. De tal suerte, la debilidad militar de Asad permite al jerarca ruso lograr lo que siempre trae en la cabeza: ser la potencia indispensable a la que no sólo hay que sentar a la mesa sino conceder un poder de veto sobre cualquier acuerdo. Siria se convierte en la última apuesta del jugador ruso.  He ahí el dilema.

Así, desde el miércoles 30 de septiembre la aviación rusa bombardeó en territorio sirio posiciones de grupos insurgentes enemigos del régimen de Bachar el Asad. El ministro de Defensa ruso informó que los ataques llegaron a objetivos del Estado Islámico (EI),  mientras que el secretario de Defensa estadounidense, Ashton Carter, señaló que los primeros indicios apuestan a que los bombardeos afectaron “probablemente” a zonas sin presencia del EI. “Este tipo de acciones inflamarían la guerra civil”, agregó.

En otras palabras, estos bombardeos son una ofensiva claramente dirigida a apuntalar al dictador y supone una cuña en los intereses estratégicos de EUA y de la Unión Europea (UE), que exigen la caída del mandatario sirio. Los analistas consideran que las posiciones hasta ahora atacadas confirman que esta es una operación para dar oxígeno a Bachar el Asad, quien después de más de cuatro años de sangrienta guerra civil veía peligrar seriamente las posiciones que mantiene en la capital y el corredor hacia el Mediterráneo. La aviación rusa ataca enclaves estratégicos de los rebeldes sirios, compleja amalgama de grupos anti-Asad que incluye a Al Nusra, filial de Al Qaeda.

De tal suerte, aseguran varios analistas, la lucha contra DAESH es una coartada de Moscú para afianzar sus intereses en el avispero del Oriente Medio. Aunque el escenario en esa parte del mundo es tan enrevesado que entre los objetivos atacados habría opositores a Asad adiestrados por la CIA, según denuncia del senador republicano John McCain. Por esto, los bombardeos rusos podrían inflamar todavía más la situación en Siria y en el resto de la zona. Sin embargo, otros opinan que estos bombardeos deben acogerse positivamente por cuanto supone un nuevo esfuerzo para acabar con una amenaza surgida de las atrocidades del integrismo, pero también con cautela porque hay factores ocultos que condicionan la acción militar desencadenada por el Kremlin. Decisión lejana al propósito de terminar con una flagrante violación de los derechos humanos.

Es claro que Rusia –por su posición dentro del Consejo de Seguridad de la ONU y por decisión del propio Putin que defiende a fondo la “importancia histórica” de su país–, tiene un papel fundamental en la resolución del cada vez más enredado tablero del Medio Oriente y las otras potencias no pueden, ni deben, hacerla a un lado. Sin embargo, esto no significa una carta blanca para que el mandatario ruso apoye a dictadores, como Asad, que hace tiempo debieron desaparecer o para que adopte unilateralmente decisiones que pueden influir en el resto de la comunidad internacional. Ni en Siria ni en Ucrania, donde la guerra civil en curso se debió a la ilegal anexión de la península de Crimea a la Federación Rusa.

Así las cosas, en una cumbre celebrada el viernes 2 de octubre, en París, el mandatario francés, François Hollande, y la canciller germana, Angela Merkel demandaron a Vladimir Putin que los bombardeos de su ejército límite su intervención en el conflicto sirio a atacar “al Estado Islámico y solo al Estado Islámico”.  En esta comparecencia conjunta en el Elíseo, Merkel insistió: “Ambos hemos recalcado el hecho de que el EI es el enemigo a acabar” y negó cualquier diferencia de opinión con Hollande respecto a la voluntad  de que el dictador sirio Bachar el Asad –aliado de Rusia–, abandone el pode. Además, antes de recibir a Vladimir en esta cumbre, Hollande y Merkel suscribieron un comunicado avalado también por otros cuatro países –EUA, Arabia Saudí, Qatar, Turquía– en el que exigieron a Moscú que “cese inmediatamente sus ataques contra la oposición siria y los civiles y centre sus esfuerzos en combatir al EI”.

Los firmantes del comunicado creen que los ataques aéreos rusos en el polvorín sirio propiciará una “escalada” del conflicto. Y, según Hollande, esta radicalización amenaza la integridad del país, que puede dividirse entre el régimen de El Asad y el EI. Aunque el presidente francés aboga por una “salida política” al conflicto, la solución no puede pasar por la aprobación del mandatario represor. Más claro: Bachar no puede ser interlocutor.

Aprovechando el fuerte apoyo de Rusia, el repudiado presidente de Siria, Bachar el Asad, dio la cara después de muchas semanas de no aparecer en público. En una entrevista con la televisión iraní, Asad afirmó que la intervención de Moscú en la guerra siria es vital para la supervivencia de Oriente Medio:”La alianza entre Rusia, Siria, Irak e Irán debe vencer al final y cuenta con grandes posibilidades para ello; en caso contrario, toda la región será destruída, y no sólo uno o dos Estados”.

El Asad considera que el bombardeo ruso contra el EI está logrando “resultados prácticos”, a diferencia de los ataques de la coalición dirigida por EUA, que desde hace un año golpea los centros de mando yihadista al norte de Siria. Además, aseguró que las operaciones aéreas coordinadas por Washington han sido contraproducentes, ya que no han evitado el avance del EI y que sus milicias se hayan reforzado desde el exterior.

Difícil panorama para una posible solución del problema sirio. Así las cosas todavía está lejos el momento para que la vida de los pueblos del Oriente Medio transcurra en paz. ¿Cuántas generaciones tendrán que pasar para que eso suceda? Nadie lo sabe, desafortunadamente. VALE.