Alejandro Alvarado
En el París de la bohemia los poetas la denominaron Princesa Paca, ella fue la gran pasión de Rubén Darío. Ambos vivieron una historia de amor más allá de los límites de clase y educación que los separaban. En La Princesa Paca publicado por Plaza & Janés, cuyos autores Rosa Villacastín (nieta de Francisca Sánchez) y Manuel Francisco Reina, se cuenta la relación sentimental entre uno de los más notables poetas de la lengua española del siglo XIX y una mujer humilde que se relacionó con personalidades de la literatura española como Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Ramón del Valle Inclán, Emilia Pardo Bazán, Azorín, los hermanos Machado y Amado Nervo. Francisca Sánchez asistió a los más prestigiosos cenáculos literarios de Madrid, París y Barcelona, de ello nos habla Rosa Villacastín en esta entrevista.
Desde que era un adolescente, Rubén Darío siente verdadera fascinación por los grandes escritores franceses, pero no sería hasta 1893 cuando visita por vez primera la ciudad de la Luz. Es durante ese viaje que conoce a Paul Verlaine, al que define como uno de los poetas más grandes del siglo XIX. Un viaje que lo marcará para siempre.
—¿Qué lugar ocupa la Princesa Paca en la sociedad parisina cuando conoce a Rubén Darío?
—Si por sociedad se entiende la gente adinerada, no tuvo relación alguna, sí en España pero no en París, donde sus habituales eran gente de la bohemia, escritores, pintores, tertulianos, etcétera. Según me comentaba mi abuela, a esa ciudad asociaba los momentos más importantes y felices de su vida junto al poeta nicaragüense. Allí vivieron sus primeros años juntos, allí ella quedó embarazada de dos de sus hijos. En París aprendió a leer y a escribir, gracias a esos dos grandes maestros que fueron para ella Darío y Amado Nervo; este último, gran amigo de Rubén, que compartió piso hasta que se mudó a otro departamento. Existe en el archivo Rubén Darío de Madrid un cuaderno de “hule negro”, en el que aparecen los deberes que le ponía a Francisca cada día. Pese a las carencias literarias de Francisca el poeta siempre le dio el lugar que le correspondía como su mujer que era. Con ella iba a las tertulias y al teatro, le enseñó a vestirse como la más elegante de las damas parisinas, de ahí el título de Princesa Paca que le puso Amado Nervo y por el que la conocía todo el mundo. Fue en esa ciudad donde conoció a Leonor Izquierdo, la jovensísima esposa de Antonio Machado, a la que acompañó hasta que ésta cae enferma y tienen que volver a España. Leonor moriría tiempo después.
—¿Qué influencia aporta y recibe la obra de Rubén Darío luego de su interrelación con la poesía y los poetas que conoce en Francia?
—Basta con leer Los raros para comprender la influencia de los poetas franceses en la poesía de Darío, precursor del modernismo, pero especialmente Paul Verlaine.
—¿Cómo describiría Rubén Darío, máxima figura del modernismo?
—Sólo puedo hablar por lo que me transmitió Francisca, mi abuela. De Darío la enamoró su físico pero sobre todo su forma de hablar, de expresarse, tan diferente a la de la gente que ella conocía. Era un hombre muy seductor, muy atractivo, muy sensual y elegante. Toda la ropa se la confeccionaban a la medida, era de seda natural. Muy detallista pero atormentado siempre. Escribía de noche, hasta altas horas de la madrugada mientras Francisca, sentada a su lado, rezaba el rosario. En Madrid le gustaba ir a los cafés, muy típicos de esa época, donde se organizaban tertulias literarias y políticas, pues no hay que olvidar el ambiente de desencanto que se vivía en España después de la pérdida de Cuba y Filipinas.
—¿Cómo describe el idilio entre uno de los hombres más brillantes de la lengua castellana y una persona humilde como Francisca?
—Precisamente por eso, lo que demuestra que el amor cuando llega a tu vida no sabe nada de títulos, ni de economía, ni de letras. A Darío, de Francisca le atrajo su humildad, su entrega sin condiciones, su físico, ya que era una mujer muy guapa, de una belleza natural que nada tiene que ver con los artificios estéticos. Ella fue la única que le dio lo que Rubén nunca había tenido: un hogar.
