Regresiones

Teodoro Barajas Rodríguez

La historia reciente de nuestro país no ha dejado de reflejar en diversos lapsos manifestaciones tan brutales como primitivas, la represión asomó su rostro y sus efectos han sido devastadores como lo prueba la guerra sucia del gobierno federal contra los brotes disidentes en décadas anteriores.

No ha variado en mucho esa tónica, ahora también con la intervención de un poder fáctico, como el narco, de tal manera que México parece convertirse en un inmenso panteón.

Se conmemoran 47 años de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968, un quiebre, el antes y después que no deja de recordarse.

Actualmente una herida abierta renuente a cicatrizar es la desaparición de los 43 normalistas de la Escuela Rural de Ayotzinapa, no hay sitio para el olvido, la amnesia no debe instalarse para diluir el recuerdo de tal canallada tinta en sangre.

A poco más de un año de los hechos en Iguala y Cocula, fojas interminables componen las indagatorias, cruce de hipótesis con olor a medias verdades no han faltado. Un exalcalde y su esposa siguen detenidos, al igual que otros mafiosos, aunque nadie sabe a ciencia cierta qué sucedió porque se teje y desteje el expediente.

El 26 de septiembre es el día de la indignación, parece que hemos retrocedido en el tiempo, la dolorosa, dramática e interminable búsqueda de los 43 desaparecidos nos hace invocar el peso represor de la llamada guerra sucia; en aquellos tiempos hubo brotes de guerrilla, algunos también surgidos de la misma Escuela Rural; los que formaban parte de grupos insurrectos fueron desaparecidos, encarcelados, asesinados, torturados; ése fue el modus operandi del gobierno a través de las corporaciones policiacas o paramilitares, parece que sigue siendo el mismo.

Estamos en el siglo XXI, se pensaría que episodios macabros como los mencionados no tendrían espacio en esta era en la que se promueven los derechos humanos y se globaliza una nueva cultura jurídica, sólo que en nuestro país aún se tienen componentes del llamado México bárbaro.

Diferentes niveles de gobierno concurren en la tragedia de Iguala, gobiernos municipales presuntamente coludidos con el crimen organizado, mientras que los encabezados por Ángel Aguirre y Enrique Peña Nieto fueron omisos; negligencia y lentitud que hizo que todo fuera peor. Nadie sabe establecer exactamente qué contenía el misterioso quinto autobús, esa línea no sólo no fue abordada por el exfiscal Jesús Murillo Karam, sino que la ocultaron, las hipótesis diversas afloran. El gobierno federal no goza de credibilidad, todo lo que diga caerá en el vacío y todo vacío se llena de cualquier manera.

Por otra parte brotan aquéllos que lucran con una tragedia imperdonable porque de allí obtienen el combustible para un marcado y macabro oportunismo político. Lo único cierto es que la impunidad ha sido un elemento constante.

El sábado 26 miles de personas se unieron a los padres de los 43 a quienes gritaron “no están solos”. En Chilpancingo la marcha en silencio fue numerosa, la protesta se globalizó en el mundo y la solidaridad con este movimiento se sintió en Madrid, Londres, Rhode Island, Lima, París y Nueva York. En el mundo se sabe del crimen que se perpetró en México. Nuestro país no deja de sangrar.