Ahora que Plácido Domingo estuvo en Tlatelolco dirigiendo el Réquiem de Verdi y que prometió regresar a cantar en ese sitio, donde estuvo en el terremoto de 1985, nos pareció oportuno rescatar este texto de un libro de recientísima publicación que recupera, gracias a una acuciosa investigación de Claudio R. Delgado, textos periodísticos del polígrafo Rafael Solana publicados en el periódico El Universal. El título del libro es Mil nombres propios y la casa editorial el Fondo de Cultura Económica. La selección, el prólogo y las notas son de Claudio R. Delgado. Don Rafael, como es sabido, fue fundador de la revista Siempre! y Claudio es colaborador de este suplemento.
El mejor tenor de este siglo
Rafael Solana
Recientemente, con motivo de un aniversario más del nacimiento de Enrico Caruso (el 25 de febrero), se difundió un programa de radio en que se comentó la personalidad de ese famoso tenor y se reprodujeron algunos de los discos que dejó grabados. Yo viví durante cincuenta años bajo la superstición de que fue Caruso el más grande tenor que ha habido. Ya al final de los años cuarenta comencé a cuestionarme sobre la exactitud de esa leyenda. Ahora tengo una nueva opinión, y me creo en el derecho de manifestarla.
Quedan ya pocas personas que recuerden haber oído a Caruso, quien murió hace ya más de setenta años. Yo sí lo escuché, aunque solamente en un papel: el de Radamés, en Aída. Podría objetarse que tal vez esa tarde no estuvo en su mejor forma, lo que es frecuente en los grandes artistas; o que era insuficiente la acústica; o que mi edad era demasiado temprana para juzgar; después lo he oído en muchísimas grabaciones, lo que también admite el reparo de que eran en su época imperfectas. El caso fue que hace unos cuarenta años estuve convencido, por investigaciones que hice, por consultas a personas que los oyeron a los dos, de que era más poderoso, más emotivo, más imponente, Giuseppe di Stefano, si bien su repertorio no era muy vasto, y algunos papeles le venían mejor que otros.
Hoy he vuelto a cambiar de opinión: a Caruso lo oí poco, y a Di Stefano mucho, y estreché alguna amistad con él; pero a Plácido Domingo se lo he oído todo, desde que era partiquino en Mi bella dama, y recuerdo su Parpignol de Bohemia y su Gastón de Traviata, que son papeles pequeñísimos, hasta su reciente Parsifal de Nueva York, pasando por varios Otelos, algunos Payasos (uno en Guadalajara imponente) y su don José en película (cuando fui a Verona a oírlo en vivo no encontré acomodo: él me dijo después: “Yo le hubiera mandado poner una silla aunque fuese en el escenario”; pero no me gusta dar molestias de ese tipo). Domingo es el tenor más extenso que haya existido jamás; tiene ochenta papeles de sesenta óperas dominados, y muchos de ellos grabados, en toda la gama de su tesitura: ligero, lírico, spinto, dramático, heroico… Y a su musicalidad (es también director de orquesta) y a sus facultades vocales suma una cualidad que muy pocos tienen: su genio de actor excepcional, que hizo a sir Lawrence Olivier comentar con asombro, después de verle Otelo en Londres: “Y además canta”.
Durante los cinco pasados años el mundo pareció dividirse en dos bandos, con respecto a partidarismo tenorístico: en dominguistas y pavarotistas; en efecto, es Luciano Pavarotti un rival digno de Plácido, y aun se puede convenir en que su timbre es más bello que el del hijo de Pepita (lo que también podría decirse del canario Alfredo Kraus); pero no es el timbre la única virtud que un tenor necesita para vencer a todos los demás; y fuera de este rubro, en nada puede el excelente Luciano aspirar a vencer al inmenso Plácido.
Me ha tocado oír a otros grandísimos tenores: a Benjamino Gigli en Roma; a Paolo Civil en Milán; a Jan Vickers en Viena; aquí mismo a Franco Corelli, a Mario del Monaco, a José Carreras, a Kurt Baum, a Bruno Landi, a Carlos Genfonzi, a Jussi Bjórling, el muy ligero Tuto Schipa. Y, de los heroicos, a Lauritz Melchior, a Eyvind Laholm y a los más famosos de Alemania y de Escandinavia; unos cantan unas obras, otros otras; ninguno va desde Rigoletto hasta Lohengrin, como Plácido hace. Mi nueva convicción es la de que Plácido Domingo no solamente es el más completo y el más competente de todos los tenores que hay en el mundo en el día de hoy, sino que supera también a todos los del pasado (los del tiempo de Verdi, como Tamagno, se sabe que recurrían al falsete o en ocasiones, y quienes les oyeron y también a Caruso, ponían a don Enrico por encima de ellos). Yo oí, cuando él era ya anciano, en Nueva York, a Aureliano Pertile, que es de aquellos tiempos, y admiré su maestría… pero no, a nadie se le ocurriría compararlo con Plácido Domingo, que es, además del más músico, y el más actor, el más inteligente de todos, y que a todo ello une (aunque convengo en que esto no viene al caso en un juicio artístico) su personalidad de hombre intachable y decentísimo.
Me enorgullece considerarme su amigo, y tenerlo por hijo adoptivo de México, donde hizo la mayor y la más básica parte de su deslumbrante carrera.
