LUIS SÁNCHEZ JIMÉNEZ*

El jueves 12 de noviembre, en la ciudad de Beirut, Líbano, tuvo lugar un doble ataque suicida que dejó 44 víctimas mortales y 239 heridos. El autodenominado grupo Estado Islámico (EI) se atribuyó la autoría de estos atentados. La zona donde ocurrieron las explosiones es un barrio de la capital libanesa que alberga el bastión del grupo islámico libanés Hezbolá, adversario del Estado Islámico en Siria.


Un día después, el 13 de noviembre, los peores actos terroristas en la historia reciente de Francia cobraron la vida de 132 personas, hasta el momento de escribir estas líneas, y más de 350 heridos, de los cuales 100 son considerados en estado crítico o muy grave.

Como en la víspera, el EI asumió la autoría de los atentados. Un jueves y viernes sangrientos en dos ciudades del mundo, marcados por el terror, el miedo y la zozobra, señales también de la intolerancia, odio y venganza con que actúan unos cuantos para amedrentar a muchos.

Beirut y París son las más recientes ciudades donde la violencia terrorista se hace presente y muestra, con toda crudeza, que el EI no sólo actúa en Siria e Irak, donde pretende instalar un califato islámico, sino también se hace presente a través de las células desplegadas en Europa y otras partes del mundo.

Mirar desde México ambas tragedias contra cientos de civiles en esas dos ciudades obliga a utilizar un faro que ayude a poner luz en los temas sensibles e importantes y no sólo en la superficie emocional, que también es válida pero limitada.

El artículo primero de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se refiere a que en nuestro territorio todas las personas gozarán de los derechos humanos reconocidos tanto en la Carta Magna como en los tratados internacionales de los que el Estado Mexicano es parte.

Poner por delante los derechos humanos de las personas distingue a nuestra Constitución de muchas otras. Este avance conceptual tiene su raíz originaria en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano del año 1789, votada y sancionada por la Asamblea Nacional Constituyente formada tras la reunión de los Estados Generales durante la Revolución Francesa. Así, Francia es símbolo de la lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad de toda la humanidad, y esto también ha sido atacado.

Por lo tanto, condenar los actos terroristas desde México es alzar la voz en pro de los derechos humanos en todo el mundo. Es lamentar la muerte de las dos mujeres de nacionalidad mexicana y de todos los fallecidos y heridos en Beirut y París. Es condenar la violencia que en la misma capital francesa, el 7 de enero pasado, cobró la vida de 11 personas cuando dos yihadistas atacaron la sede del semanario satírico Charlie Hebdo. Es rechazar los abusos cometidos por el EI en contra de mujeres y niñas, así como la persecución y asesinatos de personas de otras religiones como la cristiana. Del mismo modo condenable la muerte de 224 personas, el pasado 31 de octubre, al explotar intencionalmente el avión ruso que sobrevolaba la península del Sinaí, en Egipto. Y por supuesto, respecto a éste último país, la exigencia para esclarecer la muerte de 8 mexicanos a manos de fuerzas de seguridad, todo esto sin olvidar la desaparición de los 43 estudiantes normalistas y otros hechos ocurridos en México.

Dice el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana…” Esto es lo que nunca debemos olvidar y siempre ayudar a hacer valer. En siguiente colaboración hablaremos de quienes han ayudado a la conformación del EI.

VICEPRESIDENTE DE LA MESA DIRECTIVA DEL SENADO DE LA REPÚBLICA*.

Twitter @SenLuisSanchez