Terrorismo
Alfredo Ríos Camarena
La acción de crear pánico a través de actos brutales, irracionales y perversos es el fundamento del terrorismo, que implica una grave patología del ser humano, pues su resultado es la tortura, secuestro y asesinato de personas inocentes que caen sobre las garras de esta bestia, sólo por casualidad; circunstancialmente son afectadas muchas personas, lo que provoca un miedo colectivo, pues nadie sabe dónde y cuándo puedan aparecer estos actos miserables.
Esta acción no es nueva y generalmente es producto de fanatismos religiosos y políticos que desprecian tanto la vida humana como los fundamentos éticos de cualquier sociedad.
Los actos que se han realizado recientemente al dinamitar un avión en pleno vuelo, cruzando el Sinaí con destino a San Petersburgo y que produjo 264 víctimas y la acción proditoria en distintos escenarios en la ciudad de París son provocaciones, no de una religión, sino de un grupo de terroristas que han levantado la bandera de un nuevo califato para imponer sus dogmas de fanatismo, que van más allá de los principios musulmanes, ya sean chiitas o sunitas; no son un brazo de Al Qaeda, son una versión apocalíptica de la guerra religiosa y están planteando lo que llaman el Estado Islámico que tiene aprisionados enormes territorios y poblaciones, particularmente en Siria y en Irán, bajo el mandato de Abu Bakr al-Baghdadi, autodenominado Califa, que ha convocado a fanáticos de todo el mundo para engrosar su ejército de destrucción de la vida y la cultura.
Es difícil entender el fenómeno, pero su desarrollo sólo puede efectuarse con dos premisas elementales: primero, ese ejercito está integrado con armas de destrucción masiva que sólo pueden llegar, a manos de estas legiones del terror, a través del tráfico de armas, que da enormes ganancias económicas a los fabricantes; segundo, para crear este ejército y mantenerlo —donde muchos son mercenarios— se requieren fondos, y para ello, los yihadistas utilizan el petróleo que venden en el mercado negro, a precios inferiores a los internacionales, siendo los compradores subvencionadores y los cómplices de su fuente de dinero, que surge también de otros grupos, particularmente de los sunitas establecidos en diversos países árabes.
Asentado lo anterior, la interrogante más elemental es ¿cómo puede ser posible que si Estados Unidos, Rusia, Francia y muchas naciones más están combatiendo a ese Estado Islámico, permitan la compraventa de petróleo y de armas? Es inaudito que en medio de la sangre y de la agresión, los traficantes de armas y los compradores de petróleo puedan operar frente a este nuevo enemigo que tiene amplio dominio territorial, una estructura de poder, un gran fanatismo que le da a su ejército una belicosidad extraordinaria.
Es decir, a esta turba desordenada y fanática se le empiezan a conjuntar los elementos que Herman Héller consideraba fundamentales del Estado: territorio, gobierno y población.
