Papel del periodismo científico

 

René Anaya        

Ante las incontables historias de terror propaladas en los medios electrónicos, principalmente en la Internet, sobre el próximo fin del mundo por el impacto de un meteorito en la Tierra o las teorías de la conspiración (ahora armadas sobre la veracidad de la información del huracán Patricia, que se afirmó fue una patraña organizada por el gobierno), la información objetiva y veraz podrá ser el principal antídoto.

Si a esas informaciones tendenciosas se añaden las de farsantes que inundan los medios y el mercado con sus productos mágicos y técnicas seudocientíficas, como aguas curativas, biomagnetismo, aromaterapia y otras charlatanerías, entonces se tiene un panorama de engaños que es necesario combatir para preservar la salud física y mental de la población.

El papel de la información científica

En esas circunstancias, la información científica debe presentarse con explicaciones razonables que den cuenta ─brevemente─ de los experimentos o metodología que se emplea para llegar a los avances científicos que se describen. Esa información es indispensable para contribuir a que la gente comprenda la importancia del quehacer del investigador, que sepa que en el trabajo cotidiano el investigador pone en práctica una metodología científica.

De esta forma podrá contrastarse la información engañosa de quienes con terminología científica intentan crear desasosiego entre la población por noticias de cataclismos inminentes e incredulidad ante las informaciones generadas por el gobierno.

Si la información científica se presenta con la descripción breve pero clara de cómo los investigadores llegaron a sus resultados, se sentará la diferencia entre científicos y charlatanes, ya que estos dan su información como si fuera producto de un rapto de inspiración, por intuición o por un soplo divino, pues nunca revelan los procedimientos que supuestamente siguieron para obtener sus sorprendentes resultados, ya sean curas milagrosas o invenciones extraordinarias.

En la medida en que se transmita correctamente la información y se muestre parte del trabajo científico, podrá apreciarse mejor la importancia de la investigación y podrá participarse, en cierto grado, en los planteamientos científicos, de tal manera que se tendrán más elementos para formarse una opinión sobre las repercusiones que podrán tener los avances científicos y tecnológicos.

Oscar Picardo Joao, investigador de políticas educativas, ha referido que “serán los medios de comunicación y los periodistas quienes fiscalicen, exijan e informen para disminuir la brecha de temores” que despiertan los avances científicos.

 

La fe no mueve huracanes

Esa actitud, más que vigilante, debe ser informativa para que se forje una cultura científica y un pensamiento crítico que permita advertir de los beneficios y perjuicios de los adelantos científicos y tecnológicos y, asimismo, destierre las fobias y angustias que nacen de la falta de información veraz y oportuna.

La tarea no es nada sencilla, porque se debe navegar a contracorriente de los charlatanes y, en ocasiones, de las propias autoridades gubernamentales que llegan a difundir esas patrañas, tal vez con buenas intenciones pero que empiedran el camino a la sinrazón y el desasosiego, como recientemente lo hizo el jefe del Ejecutivo, quien aseguró: “Cerramos filas, generando una gran energía positiva, hubo, para quienes son creyentes, cadenas de oración, rezos, llamados. Yo creo que en buena medida, el tener un saldo blanco ante el impacto de este huracán se debe en mucho a la fe del pueblo de México, a tener fe en sí mismo y al haberse unido todos para convocar esta fuerza que en mucho evitó este desastre”.

Aunque también señaló que “corresponderá a los expertos y a los científicos determinar qué fue lo que afortunadamente evitó que hubiera este efecto devastador”, el daño ya estaba hecho, muchos creyentes se sirvieron de las palabras del Presidente para reafirmar que las “buenas vibras” y las cadenas de oraciones (que abundan en las redes sociales) conjuraron el huracán Patricia.

Por lo tanto, conviene recordar lo que escribió Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios: “…si los ciudadanos reciben una educación y forman sus propias opiniones, los que están en el poder trabajan para nosotros. En todos los países se debería enseñar a los niños el método científico […] Con ello se adquiere cierta decencia, humildad y espíritu de comunidad. En este mundo poseído por demonios que habitamos en virtud de seres humanos, quizá sea eso lo único que nos aísla de la oscuridad que nos rodea”.

Entonces, la lucha contra esos demonios deberá ser permanente, porque en la medida en que se formen y forjen ciudadanos libres de prejuicios y con una actitud crítica ante los acontecimientos, en esa medida se conformará una sociedad más libre y responsable de sus actos y de los del gobierno, el cual rendirá cuentas sin sentirse enjuiciado, sino como parte de los ejercicios propios de una sociedad democrática.

reneanaya2000@gmail.com

f/René Anaya Periodista Científico