Eve Gil

Corre el año 1959. Los devastadores efectos de la Madre de Todas las Guerras se mantienen frescas no sólo en las conciencias, también en la realidad, aunque sin los más angustiados sean los nazis sobrevivientes —y fugitivos— a quienes el Mossad (Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales de Israel) rastrea como a perros rabiosos por todo el mundo, muy particularmente América del Sur, donde la mayoría han encontrado algo más que refugio: adeptos.

En la región argentina de Bariloche, de los más lejanos y fríos de la Patagonia, específicamente, “(…) todos los abriles se festejaba el cumpleaños de Hitler en una hostería céntrica; en los refugios del Cerro López se realizaban reuniones nazis dos veces por mes; la escuela tenía su junta directiva a varios miembros de la SS (…) Argentina le había concedido la amnistía a todos aquellos que hubieran inmigrado con nombres falsos (…)” (pp. 191 y 198).

José es un hombre enigmático que pretende, infructuosamente, pasar inadvertido en el fin del mundo. El sentido común pareciera dictar que nadie imaginaría que ese hombre de trato frío pero cortés y serenos ojos azules es uno de los objetivos más preciados por los cazadores de nazis: el doctor Josef Mengele, de cuarenta y tantos y bien conservados años y un elegante maletín donde acarrea procedimientos y resultados de los más crueles experimentos con seres humanos, de los que se tenga noticia. Médico y antropólogo, se hace pasar por un veterinario alemán despistado (imposible ocultar el acento, por perfecto que sea su español porteño) y de esa manera termina granjeándose, no sin dificultad, la confianza de una ingenua familia que viaja hasta esos parajes para hacerse cargo de una inesperada herencia que podría aminar su precaria situación económica: un hostal. Sin embargo, lo que realmente le interesa a José de aquellos anodinos seres, es la única hija, una encantadora niña con aspecto de muñeca aria pero estatura demasiado corta para su edad, doce años, que hace pensar al lector en un probable síndrome de Turner, no descubierto por entonces. Lilith —nombre más significativo no puede tener la pequeña en cuestión— se convierte en el gran reto del médico fugitivo, y en el ínter, conquista algo más que la simpatía de Lilith.

Este es, a grandes rasgos, el argumento de la novela Wakolda, de Lucía Puenzo (Tusquets, México, 2015), que también es una laureada película, dirigida por la propia autora que ya tiene en su haber más premios cinematográficos que novelas públicas, siendo uno de sus más aclamados films XXY (2007), cuya protagonista es una adolescente hermafrodita. Puenzo nació en Buenos Aires, en 1976, y se formó como cineasta y guionista en la Universidad de Buenos Aires. Entre sus premios se cuentan el Goya a la mejor película Iberoamérica y el Ariel en la misma categoría. No obstante su trayectoria como cineasta, impresionante en alguien tan joven, debutó como escritora con la novela El niño pez, misma que llevó al cine casi de inmediato. Actualmente, la película basada en Wakolda ha obtenido una pre-candidatura al Óscar como Mejor Película Extranjera y es nuevamente candidata al Premio Goya. Su apellido nos resulta familiar porque es hija del gran director argentino Luis Puenzo, quien dirigiera La historia oficial, ganadora al Oscar en 1986. Dirigió asimismo la controversial versión de la novela de Carlos Fuentes, Gringo viejo (1989), con Gregory Peck y Jane Fonda.

Una de las razones por las que se le conoció a Mengele por el mote de “Ángel de la Muerte”, era por su asombrosa habilidad para tratar y subordinar a los niños judíos con que experimentó sin piedad. Por supuesto, Lilith no es una más, ni siquiera es judía, sino nieta de alemanes por vía materna. Tanto ella como sus dos hermanos varones tienen aspecto ario y, en el caso específico de la niña, sólo un retraso en el desarrollo corporal la salva de lo que Mengele considera “perfección suprema”. No puede evitar ver en ella un conejillo de Indias, en todo caso, el más gracioso, desconcertante y encantador conejillo. Lilith, por su parte, empieza por sentir curiosidad hacia el forastero. No tarda en tenerle la confianza suficiente para permitirle que experimente un poco con Herlitzka, su más preciada posesión, una muñeca tan aria como su dueña, a quien José puede quitarle y ponerle extremidades; remendarla, trastocarla… como a una niña real pero sin tener que llevarla con engaños al matadero. Al cabo de un tiempo, Lilith se presta a los experimentos de José que logra hacer que todo parezca inocuo: simplemente la va a ayudar a crecer y desarrollarse de manera normal, empleando los mismos métodos que con el ganado.

Eva, la madre de Lilith —otro nombre que no puede ser casual— ostenta un embarazo más que avanzado. El ojo experto de José no tarda en señalarle una verdad que la mujer ignora: espera gemelos, y sin embargo se guarda el secreto para sí, quién sabe con qué intenciones. Eva, en principio, es mucho más reacia a romper el hielo con el alemán que su esposo, un hombre más bien hosco que hasta antes de heredar el hostal se dedicaba a un montón de manualidades sin ambición, entre otras, hornear muñecas idénticas a Herlitzka. Siendo ya huésped del recién inaugurado hostal, José se convierte en una especie de ángel para aquella familia: no sólo está logrando un milagro con Lilith; además despierta en el padre un demonio empresarial, lo convence de lucrar con su hobby y no tarda en encontrar quien ponga a su disposición todo cuanto necesita para llevar a cabo una empresa en forma. La inconquistable Eva termina rendida a sus pies cuando, a través de una serie de maniobras siniestras, Mengele logra la sobrevivencia de sus gemelas prematuras. Lilith, entregada y todo, un poco —o un mucho— enamorada de quien se ha transformado en la persona más importante de su vida, quiere saber más y más; tiene en común con Mengele una gran curiosidad científica que la impele a seguirlo como una sombra… es entonces que descubre el misterioso vínculo de José con los dueños (alemanes) de una gran mansión en cuyas jardines deambulan, como zombies, personajes de rostros vendados y andar disparejo. Lilith intuye que no puede ser nada bueno y la repentina aparición de una hermosa y misteriosa huésped de nombre Nora Eldoc, que ve en aquella niña inocente pero confundida una versión de sí misma cuando le fue arrebatada la inocencia de la peor manera posible, incrementa la tensión en torno al presunto veterinario alemán.

Wakolda, que lleva el nombre de la muñequita mapuche por quien Lilith permuta a su rubia Herlitzka en uno de sus múltiples arrebatos, es una novela redonda, casi matemática en la precisión con que se desarrolla la escalofriante trama, sazonada por los sentimientos que la pequeña protagonista —heroína, hasta cierto punto— experimenta hacia aquel hombre más viejo que su propio padre, capaz no sólo de experimentar con niñas inocentes, sino de despertar en ellas, ¿deliberadamente?, un apego erótico que no deja de resultar inquietante y perverso.