Carlos Ángel Arrieta

Ignorar a una mujer; decirle que es fea; prohibirle que salga a estudiar o trabajar: ser tacaño con ellas; avergonzarlas, menospreciarlas o humillarlas; reclamarles que no hagan el quehacer o tengan lista la comida, y hasta criticarles cómo o en qué gastan los dineros, por muy “superfluo” que parezca, son formas de violencia emocional y debieran ser tratadas como delitos.

Dentro de las múltiples consecuencias negativas derivadas de la violencia de género, se encuentran las posibles alteraciones de la estabilidad emocional de la mujer, que además de obstaculizar su desarrollo personal, agudizan su personalidad, destaca uno de los últimos estudios sobre “Mujeres violentadas por su pareja en México”, que elaboró el INEGI.

Invariablemente, las mujeres que son víctimas de agresiones de este tipo suelen desarrollar problemas de salud mental (las enfermedades del nuevo siglo). Los especialistas hablan de angustia, cuadros de estrés, tristeza o depresión, como síntomas preocupantes que “minan su autoestima y las orillan al aislamiento, incluso, esto en ocasiones culmina en comportamientos suicidas como una forma de liberarse ante el sufrimiento padecido”.

De acuerdo al mismo estudio, sustentado en una amplia encuesta realizada por el INEGI, en nuestro país, el 81 por ciento de las mujeres violentadas por su pareja, han pensado en quitarse la vida, y de ellas 38.8% lo han intentado por lo menos en una ocasión.

Recientemente, en el marco de la Quinta Conferencia Internacional sobre la Observación dela Criminalidad y el Análisis Criminal, Ruth Zavaleta, directora de Participación Ciudadana de la Segob en México, informó que en lo que va del 2015, el registro oficial de mujeres que han sido víctimas de violencia supera los 137 mil 274 casos; esos, sin contar todas esas formas tan comunes, los estereotipos de la convivencia en el seno de las familias “tradicionales”.

El “Les han dejado de hablar”; “las han ignorado”, “no las han tomado en cuenta o no les brindan cariño”; “les han reclamado por la forma de gastar el dinero”; “se han enojado mucho porque no está listo el quehacer, porque la comida no está como ellos quieren, o creen que ellas no cumplen con sus obligaciones”; “las han avergonzado, menospreciado o humillado”; “les han dicho que son feas o las han comparado con otras mujeres”; “les han dicho que ella lo engaña”; “les han prohibido trabajar o estudiar; les han hecho sentir miedo”; “las han amenazado con irse, dañarlas, quitarles a los hijos o correrlas de la casa”; “aunque los cónyuges tengan dinero han sido codos o tacaños con los gastos de la casa”. Es el pan de cada día en el grueso de dichos hogares, conductas que además, pese a todos los esfuerzos, se heredan invariablemente a las nuevas generaciones.

En las estadísticas sin nombres ni apellidos, los hechos violentos de carácter emocional que también en muchos de los casos van acompañados de la violencia física -así se trate de un mero empujón-, y la violencia económica, son los más frecuentes en el catálogo de los distintos tipos de abusos aplicados a las mujeres mexicanas (y en general no respetan fronteras).

Del estudio base que sustentó el documento presentado por el INEGI, partiendo a la vez de que las agresiones de tipo emocional son las más frecuentes y las que permean cualquier relación de violencia, las mujeres encuestadas que declararon ser agredidas por su pareja en forma emocional sumaron 2 millones 669 mil 153 féminas, representando el 29.5% del total de mujeres con violencia incluidas en la tesis.

Si bien en la última década ha incrementado notablemente la participación de la mujer en la denuncia de este tipo de actos, lo cierto es que México sigue en pañales en cuanto a la lucha contra los estereotipos que marcan el comportamiento de hombres y mujeres, con arraigados patrones culturales que legitiman, invariablemente, un inequitativo poder y el dominio de unos sobre otras.

Romper con esos modelos de coacción y violencia no es tarea fácil, pero lo primero es salir y decirlo: ignorar a una mujer, dejarle de hablar, humillarla, criticarla, despreciarla, prohibirle trabajar o que vea a su familia, son formas de violencia emocional y son, también, delitos que deben ser castigados por la Ley, aunque parezca una exageración.