*SENADORA BLANCA ALCALÁ RUIZ

Nadie duda de que la producción industrial y la agrícola producen gases de efecto invernadero. Pero, incluso, las actividades domésticas también lo generan, como por ejemplo, el uso de combustibles para trasladarse en vehículos automotores, calentar el agua, consumir carbón para cocinar alimentos, enterrar basura o usar aerosoles, entre otras prácticas cotidianas. De acuerdo con datos del Programa de la Vigilancia de la Atmósfera Global de la Organización Meteorológica Mundial, 2014 ha sido el año en el que se alcanzaron los niveles más altos en cuanto a la proporción permisible en la atmósfera de dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O), todos ellos componentes que causan el efecto invernadero y la alteración del clima terrestre.

Innumerables han sido los resultados del incremento de la temperatura a nivel global. Por ejemplo, hay un proceso de acidificación de los océanos por la absorción de carbono generado por el hombre y, como consecuencia, la modificación de los ecosistemas con la probable pérdida de fauna marina. Además, el proceso de deshielo en las regiones polares, según los especialistas, significa la afectación de zonas costeras en muchas regiones del mundo, sin dejar de lado el incremento de los niveles de los lagos y ríos que se alimentan del deshielo de las cimas de las montañas en diferentes partes del planeta.

El aire más caliente generado por el cambio climático retiene mayor vapor de agua y, esto, a su vez, propicia mayor concentración de CO2, lo que multiplica los riesgos de temperaturas altas, oleadas de calor fuertes y fenómenos meteorológicos extremos. No es casual que los huracanes observados en los últimos años contengan más niveles de humedad, generen mayores precipitaciones pluviales y su fuerza sea significativamente superior que en otras épocas.

El sistema climático del planeta está seriamente afectado y los compromisos adoptados por la comunidad de naciones requieren de más determinación para, al menos, intervenir en la espiral autodestructiva de un modelo económico que, muchas veces, pone como fin último la lógica instrumental, en lugar de una racionalidad basada en valores que privilegien el desarrollo económico y bienestar de la humanidad con un sentido de resiliencia, es decir, con la decisión y capacidad de regresar al estado original antes de la catástrofe.

Hacia allá van los esfuerzos de la Cumbre de París sobre el Cambio Climático a celebrarse este 30 de noviembre. Los gobiernos y parlamentos del mundo, además de un sinfín de organizaciones de la sociedad civil, han trabajado enormemente para alcanzar un consenso que posibilite que los países cumplan, al menos, los compromisos de la convención y protocolo sobre el cambio climático, además de establecer medidas de evaluación quinquenales que permitan verificar si efectivamente se están cumpliendo las cuotas y metas trazadas para cada parte.

La oportunidad de la reunión de París constituye un paso definitivo para que, más allá de alcanzar metas de mitigación, adaptación y compensación ante los riesgos del cambio climático, se logre el objetivo real de mantener la temperatura por debajo de los 2 grados Celsius para los próximos años, tarea que a todos nos involucra porque, no cumplirla, nos compromete a todos por igual.

*PRESIDENTA DEL PARLAMENTO LATINOAMERICANO

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