Juan Antonio Rosado
Globalización, libre mercado, progreso, desarrollo, crecimiento económico, words, words, words…, palabrerías. Cuanto más evocamos las abstracciones más nos alejamos de la realidad; cuanto más hablamos de la generalidad, más perdemos los casos concretos. Temblemos cuando un político (prácticamente todos) evoca a la generalidad, a la colectividad, a la comunidad…; en fin, a la humanidad. Nunca el sufrimiento ni el hambre se han medido con parámetros cuantificables, a pesar de las indemnizaciones económicas. Estamos tan acostumbrados a la amoralidad de los sistemas políticos, a la carencia de perspectiva humana que resulta más fácil evocar a la generalidad, a los números que atender casos reales. Si Goethe se quejaba de la aplicación de las matemáticas en las ciencias naturales (en lo que, por otras razones, no siempre tuvo razón), la aplicación de los números en materia social no es sino un distractor más para alejarse de la realidad real.
Ciertamente sabemos que los verdaderos realistas son quienes conocen el pasado y a partir de él contemplan el presente y, en una medida, previenen lo futuro, y no quienes se refugian en proyectos, en teorías, en abstracciones, en números, meros datos cuantificables. ¿Qué le importa la macroeconomía a una familia cuyos hijos tienen que salir a la calle a pedir dinero porque ambos padres se hallan desempleados? En estos casos, siempre es útil especular, construir verdades desde el cielo de las abstracciones y hablar de un futuro prometedor, lleno de éxitos, o acaso culpabilizar a los pobres por su propio fracaso.
En 1997, Julián Meza escribió: “vivimos en un universo construido para la mentira utilitaria […], que postula el éxito económico y el reconocimiento para los más capaces, para los más aptos o, mejor, para los herederos del darwinismo social del siglo xix, cuya superioridad está fundada en la ley del más fuerte, que no es el mejor ni el más sabio, y cuya acción ahora ensombrece el espacio en donde se vive, o se sobrevive”. Las cosas no han cambiado y han reafirmado su inexorable camino. La ética y sensibilidad sociales han sido enterradas por el negocio y la cínica explotación con el disfraz del éxito comercial, mientras la falta de educación en todos los niveles, debida a la escasa inversión en esta materia y a la falta de interés, hace que la célebre frase de Juvenal siga vigente: “El que antes daba el imperio, las varas, las legiones, todo, hoy reprime sus pretensiones y sólo pide ansioso dos cosas: pan y juegos de circo”.
