Juan Antonio Rosado
Autor de novela, poesía, teatro, cuento, ensayo e historia, Rafael Bernal (1915-1972), también traductor y diplomático, es sobre todo conocido y valorado por su novela El complot mongol (1969). En 1945 había publicado Memorias de Santiago Oxtotilpan. Al año siguiente, se revela como uno de los mejores autores de narrativa policiaca, con las Tres novelas policiacas. Ese mismo año aparecen El muerto en la tumba y los cuentos de Trópico. Pero no será hasta 1969 cuando aparezca su obra más leída y comentada: El complot mongol. ¿Quién no recuerda a Filiberto García, el protagonista? Se trata de un fuerte carácter que, a diferencia de tantos otros, ha cobrado mucha mayor realidad y vida que su autor. Más allá de la muy conocida trama, que incluso se ha hecho película, hay otros aspectos que me interesan. Toda buena obra literaria en apariencia clasificada en algún rubro, si es verdaderamente buena, trasciende siempre el rubro en que se la clasifica. Lo anterior ocurre con El complot mongol.
Desde el principio, cuando se nos revela el origen de la cicatriz en la mejilla de Filiberto, sabemos ya quién es, aunque no del todo. Lo vamos conociendo a través de la voz narrativa pero también de los monólogos interiores (directos e indirectos). Él sabe que para matar hay que tener órdenes de matar. En esta frase, como en tantas otras, radica su inteligencia y mesura. Gran cantidad de reflexiones, a veces tácitas (plasmadas en imágenes y secuencias narrativas), a veces explícitas son más actuales que nunca. Y no me refiero sólo a los pensamientos de García o a las ideas que emanan de las circunstancias de este personaje, sino en general de todos los personajes. Por ejemplo: “Matamos, pero no sabemos qué es morirse”, le dice el ruso Laski a Graves. Un licenciado, mucho antes, había afirmado que “los militares y la ley como que no se llevan”. Otro personaje habla de la “amigocracia”: “un abogado que no es cuate sale sobrando”. ¿No son acaso pensamientos que, de otras maneras, siguen escuchándose por doquier en este país? Finalmente, cito una idea fundamental: en política no hay amistades, pensamiento que con seguridad Bernal recupera del personaje Axkaná González, quien en La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán, le dice algo muy similar a Ignacio Aguirre: “En el campo de las relaciones políticas la amistad no figura, no subsiste. Puede haber, de abajo arriba, conveniencia, adhesión, fidelidad; y de arriba abajo, protección afectuosa o estimación utilitaria. Pero amistad simple, sentimiento afectivo que una de igual a igual, imposible”. Sin ser una obra densa, sino más bien ligera, El complot mongol cobra profundidad porque no cae en lo simplemente anecdótico, y mantiene el interés por los ingredientes de intriga y tensión narrativa que permean la narración.
