Celebración de más de media vida de trabajo teórico, crítico y militante
El 25 de noviembre, alrededor de las doce treinta del día, en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras con motivo de las Jornadas de Investigación y Reflexión hubo la oportunidad de poder ver y disfrutar del homenaje al maestro Alberto Híjar Serrano. Un homenaje que pudo reflejar no sólo su carácter o persona, sino, también, su alma.
Todo comenzó con una emotiva presentación de fotografías del laureado con música bastante representativa de fondo (“Un son para mi pueblo” y “Gallo rojo, gallo negro”; en ese orden). Imagen tras imagen (por aquello de que una imagen vale más…), Híjar, el teórico luchador incansable, sin pose (fotogénico eso sí), aparecía siempre, ya sea con un micrófono en la mano mientras hablaba a un público, o acompañado de otros luchadores; al lado de Siqueiros; enfrente de una marcha o de una lucha, o de lo necesario; siempre con el Che de fondo en un cuadro o en foto o en espíritu; una foto donde toreaba, una y otra vez; ahora una de él más joven, otra de mucho más joven: niño, y otra final, al ritmo de la música, de él, con una sonrisa cálida y la mirada brillante y al horizonte, ya del Híjar de este año: Grande. Y el remate de la canción lo firma: “gallo negro, gallo negro, gallo negro, te lo advierto: No se rinde un Gallo rojo mas que cuando ya esté muerto”.
Termina la presentación pictórica; que tuvo problemas técnicos al inicio: no sirvió el audio y tuvieron que traer unas bocinas de computadora. “¿Por qué siempre pasa esto?, se pregunta el homenajeado, De veras, es como una maldición: siempre me pasa,” Y ríe.
Antes de ir a tomar su lugar en la mesa, donde hablaría (pues al fin el cartel rezaba “Alberto Híjar en voz propia”), solemne como Híjar solo, toma dos playeras negras que trae consigo y las coloca a manera de que cuelguen de la mesa. Una rezaba “No apaguen la luz, nos faltan 43” y la otra “Faltan 43”. La gente aplaude y el maestro suspira. Toma su lugar. No hace falta decir más.
Lo presenta el maestro Carlos Guevara Meza. Recuerda, y nos informa para los que no tuvimos la suerte de tomar una de las clases del maestro Híjar, que era un orador que podía ser dramático y, el minuto siguiente, “matarnos de la risa con una ironía feroz”. Era, es, el maestro Híajr de extrema inteligencia y sobrado carácter, pero, de igual manera, sencillo y mordaz. Nunca quieto. “Podía señalar la significación histórica, la pertinencia política, la eficacia estética y también las limitaciones y contradicciones, de muchas cosas, incluyendo, si se podía, la telenovela que pasaban a diario” apunta el otrora alumno. Deja en claro la persistencia, la tenacidad, la disciplina, la defensa, la construcción, la ética, la crítica y, por qué no, la autocrítica del hoy agasajado.
Toca el turno del festejado y éste afirma que no le gusta que le hagan estos festejos. No existe la falsa modestia en sus palabras. Declara: “No tengo por qué ser objetivo. Porque todo lo que he intentado ha sido con fines subjetivos: construir un sujeto social histórico, si se puede revolucionario, y construir, también una subjetividad opuesta y crítica a toda la porquería que el capitalismo trae consigo”; e intenta con esto aclarar por qué no le gusta este tipo de eventos hacia su persona: “¿Yo qué jijos de la fregada tengo que hacer aquí, entre compañeros y compañeras que me estremecen y me ponen al borde del llanto… que así debería ser mi presentación: soltarme llorando y abrazarlos a cada uno de ustedes, a los que se dejen dar besos, hombres y mujeres, una vez superados nuestro prejuicios pequeñoburgueses”. El público ríe y sonríe.
Habla sobre su ingreso a la Facultad, la misma que hoy le celebra, proveniente de sus estudios de químico: “Iba yo tendido a ser científico de la ciencia y la filosofía y no sé qué, pero …”. Explica que entró ya madurito: “Las hermanas Galindo usualmente estaban a la entrada en la Facultad con espectaculares minifaldas; yo volteaba a verlas y adoptaba la posición de Palas Atenea… para no desprenderme de mis profundidades metafísicas”. En la Facultad de Filosofía y Letras, revela, se le abrió un mundo maravilloso. Lecturas y personalidades; aventuras, clases y compañeros, mesas redondas que vibraban en debates acalorados, Siqueiros y arte y signo y conflicto: “Eso, me revolucionó”.
Comenta sobre su relación con Siqueiros; que todo lo que hacía el muralista lo hacía en nombre de un movimiento, defendía una tendencia que contradecía las orientaciones del Partido Comunista Mexicano, “Le valía madres; para decirlo filosóficamente. Era un comunista indisciplinado, lo fue siempre”.
Expone sobre los colectivos y cómo descubrió la democracia cognoscitiva, aquella propuesta por Revueltas, como un modo de saber, conocer, sentir, que crece colectivamente porque construye relaciones sociales y de esta manera se enriquece el individuo: “El conocimiento en colectivo es lo que ha guiado todo lo que he hecho en los más recientes sesenta años”.
Define el problema de construir una problemática de la estética. Pronuncia “apropiarnos del desarrollo científico, tecnológico y del arte, de todo eso, es un deber comunista”. Explica que fueron dos los momentos fundamentales para él como la relación que mantuvo con Siqueiros: cuando éste le dio los Manuscritos económico filosóficos de 1844, de Marx, porque ahí estaba, dice, la relación de la producción de signos con la producción material y “ahí estaba la posibilidad de explicar por qué todos los males de la humanidad están acrecentados y reunidos en la población capitalista”. Y la segunda fue cuando el maestro Adolfo Sánchez Vázquez le pidió hacer una nota sobre su antología Estética y marxismo.
Habla, ahora, de la vez que lo levantaron y torturaron; “Llegó la policía… y así me fue. Desaparecí. Me torturaron. Aguanté como los machos con un recurso que uso todo el tiempo… o sea, hablar de más, no hablar de menos” Se salvó por el método Híjar. La madriza, dice, era como un antipremio.
Declara su incertidumbre sobre las pocas o casi nulas muestras de reconocimiento al talento mexicano: “Hay un montón de niños jugando futbol en la tierra y, mientras, ahí está, solo, el Estadio Olímpico México 68…”, sobre las exposiciones artísticas extranjeras o de extranjeros en salas de la Universidad: “Me pregunto yo: ¿acaso no hay artistas mexicanos con talento?”, sobre las personalidades ignoradas: “No hay hasta el día de hoy un aula con el nombre Arturo Albores”; con el de Lucía Morett: “No hay otro texto mejor sobre el teatro colombiano que la tesis de Morett”. Explica que los movimientos sociales culturales no son movimientos, son tendencias: “no se trata de a ver quién gana, sino de quién da más”; que a quien hay que organizar es a los pesimistas porque esos son los que pueden pensar y reflexionar “con derecho a la amargura”.
Se despide diciendo que “En esto me ocupo y en esto he de seguir (…) ésta ha sido mi vida aventurera, en resumen”.
El público le aplaude y se le entrega. Los aplausos continúan por minutos.
El encargado de despedir la plática es el maestro Alfredo Gurza González, quien hace hincapié en lo que ya tuvimos oportunidad de ver: que Alberto Híjar es un pensador y, sobre todo, un luchador por la lucha de clases, un animador de colectivos y un levanta ánimos cubre almas de larga vida y triunfos ciertos.
Y yo digo, desde aquí: Muchas gracias Maestro Alberto Híjar Serrano… muchas gracias por todo y perdón… perdón por tan poco.
