La cotidianidad se entrevera de historias subterráneas que sólo el observador malicioso es capaz de atisbar entre líneas. La intuición es la chispa maligna que prende la imaginación pues tales sucesos podrían estarse escenificando más en la mente de los implicados que en la sórdida intimidad de quien habita la fantasía. Es entonces que echa andar el teatro de máscaras y el escritor malicioso, amén de intuitivo, advierte la inconfundible aura autómata y las miradas esquivas y torvas entre aquellos que en sociedad exhiben burocráticas corbatas o peinados de salón de belleza.
Esta lección la aprendimos de los grandes maestros de la literatura rusa, aunque estudiosos y críticos tiendan a minimizar lo que muy probablemente no han leído nunca, pero por alguna razón, leyendo Bajo la sombra del encino, de Angélica Santa Olaya (JUS, México, 2015), me vinieron a la mente la preciosa rusticidad de Chejov, aunque también una de las obras maestras de la literatura mexicana: El libro vacío, de Josefina Vicens. Roberto, uno de los protagonistas varones de la novela que nos ocupa, podría ser un precoz José García, sin nada interesante qué contar, y sin embargo podría cubrir cuadernos enteros con sus desencantos. Es un joven que acaba de llevarse el inevitable trastazo: después de todo, la vida no era un cuento de hadas. El “vivieron felices para siempre” no es el verdadero final, sino la continuación de una historia que sólo cambia de personajes. Ninguno cumple las expectativas del otro, peor aún, las destruye… y puede bastar una simpleza. La idealización del ser amado no admite fallo. Roberto cede al reclamo de su conciencia de buen chico clasemediero. Se va de la lengua. Los sueños de Nayeli, su mujer, resultan tan frágiles como la delicada taza china en que toman café y se rompen en mil pedazos. No puede perdonar la debilidad de Roberto. No es como la esposa de José García, que le planchaba las camisas al esposo para que estuviera presentable para su amante. Nayeli nunca perdonará, aunque la vida aparente seguir adelante, juntos, con su hijo. El desliz del marido resulta no sólo en una variante del despertar de la Bella Durmiente: es el permiso tácito para fantasear con el vecino; la renovada idealización de un mortal que resulta más que mortal que su propio esposo pues ha cometido una auténtica traición contra su respectiva mujer.
A través de la mirada de Angélica Santa Olaya, lo que podría parecer cínico, incluso ordinario, adquiere una honda melancolía. Nayeli y Elisa, su vecina alcohólica y esposa de Gerardo, sujeto de sus ensoñaciones erótico-románticas, son amigas, en un medio en que la amistad —según consta en la novela— es, en el mejor de los casos, utilitaria. El único momento en que Nayeli y Elisa se vuelven verdaderamente amigas, es cuando Gerardo abandona el hogar. Elisa no lo sabe, pero Nayeli comparte su sentimiento. A ella también la llenan de angustia los ganchos de ropa danzando como esqueletos en el clóset… la posibilidad de haber perdido a Gerardo para siempre. Aquel es el primer abrazo sincero en que se funden las amigas, en que las lágrimas de una se confunden con las de la otra. Antes de eso, Nayeli se asumía un poco redentora de la infortunada vecina, externando, sin proponérselo, una superioridad moral ante Elisa que, por su parte, envidia la, que cree, vida encantadora de Nayeli. Estas vecinas que coinciden en todas las fiestas y se saludan cada mañana con el rostro lavado, no se conocen en lo absoluto pero se llaman “amiga” una a la otra. Lo mismo podría decirse de sus respectivos maridos, Roberto y Gerardo, aunque bien sabido es que mientras la mayoría de las mujeres optan por conservar la careta entre ellas, los hombres la arrojan por el aire a la mínima provocación. Nayeli alienta a su entorno a mirar en ella a su propia creación; el personaje que ha creado para agradar a quienes la rodean. Elisa no tiene empacho en embrutecerse en las tertulias para sumergir el descontento tan profundo como sea posible. Con todo, nunca le cruza por la mente el lugar común de corresponder a la traición con otra.
Y no obstante, todos los personajes hablan de “amor” y uno se pregunta, como siempre que presencia la comedia humana, ¿realmente saben lo que eso significa? ¿Saben ellos de que se trata?… ¿Por qué se casa la gente? La autora permite a sus personajes tratar de explicarlo… de justificarse. El frívolo Gerardo, por ejemplo, sabe que debe casarse con Elisa cuando la ve quitarse el suéter para regalarlo a un homeless. ¿Era Elisa ella misma al momento de realizar este acto caritativo frente a él? ¿Ella y la Elisa que humilla a la empleada de la tintorería pueden, siquiera, parecerse?
Y Gerardo, el que arruina su propia vida —no digamos “su familia”— por “culpa de unas bien tornadas piernas montadas en estiles, otro lugar común de la sensualidad sin imaginación… ¿se “enamora” de la bondad de Nayeli… o de sus piernas realzadas por las nuevas zapatillas? Angélica Santa Olaya pudo ser muy cruel con sus personajes… desbaratarlos al estilo Strindberg… pero cuida dulcemente de ellos, tipo Alice Munro. El que lo ordinario consiga tocar las puntas de la poesía no se hubiera logrado de otra manera. Esto denota que Santa Olaya ha ganado la sabiduría que generalmente se adquiere tras la constante práctica del ejercicio novelístico. Lo ha alcanzado a la primera con Bajo la sombra del encino, y no, como la gente tiende a creer, a través del cuento, género en el que tiene largo camino recorrido. La novela es otra cosa. No es un género superior como piensan otros, pero sí el más demandante.
