No voy a meterme en rollos técnicos, que desconozco, ni en jaloneos mediáticos (porque no estoy situado donde se producen, y hacerle al mago no es especialidad que convenga a un articulista). Pero el tema del apagón analógico atrae la mirada de cualquiera que se dedique a desmenuzar el fenómeno comunicacional. Un proceso que debería haberse producido sin sobresaltos, en México ha sido tema hasta de catorrazos.
En su análisis sobre el desarrollo cultural de México, Elsa Cecilia Frost marca dos tendencias preponderantes en nuestro país: la primera es que cada ocasión que surge un problema o existe incertidumbre sobre lo que sigue en la sociedad mexicana, alguien tiene la brillante idea de hacer un plan (o una comisión coordinadora, o una comisión especial, da lo mismo) y con esa ocurrencia se tiene la certeza de haber solucionado. Si la realidad se resiste al plan, peor para la realidad. Que se las arregle como pueda.
La segunda línea constante en México es que todo, absolutamente todo, cae en el ámbito de la política (aunque no tenga que ver con la política). Hoy diríamos, no sé si asesinando al castellano, que todo se politiza. Y en el tema del apagón analógico es indudable que esto está pasando. La idea de sustituir los viejos aparatos de antenas de orejas de conejo por televisores digitales, en los que la gente de escasos recursos pueda tener acceso a Internet (entre otros servicios) es algo muy interesante. Pero el asunto es que muchos gobiernos estatales o municipales, no se diga algunos funcionarios federales, quieren promover el canje de su televisor antiguo por uno nuevecito, como si se tratara de una dádiva gubernamental, presumiblemente “catafixiable” (ahora que se nos fue Chabelo de Televisa recordamos su popular barbarismo) por votos.
Es el tema que ha retrasado todo. Y que lo seguirá retrasando pues 2016 se anuncia como un año electoral en 16 estados de la República. Nadie estará dispuesto —digo, de la oposición— a que la señora Pérez tenga un flamante televisor digital en su casa “que le dio el señor gobernador”. Y en ese jaloneo, una vez más, se pierde la idea de desarrollar la sociedad del conocimiento; aumenta la brecha digital y se conserva al pueblo como sujeto pasivo, ajeno al desarrollo; viviendo de lo que el preciso quiera echarle como mendrugos a su mesa, a su casita de láminas, a su vida.
