En 2014 se conmemoraron 60 años de la invasión norteamericana a Guatemala, y cien de la invasión a Veracruz; en 2015, 50 de la invasión a República Dominicana. ¿Qué papel ha desempeñado Estados Unidos en América Latina? ¿Padecemos de amnesia histórica? Una función de la historia: ser conciencia que nos recuerde errores y virtudes para evitar nuevos errores e imitar las virtudes. Las potencias han impuesto una política neocolonial, debido casi siempre a los intereses económicos que mantienen en la zona: proteger monopolios o vender armas. Las consecuencias: subdesarrollo, desestabilidad, dependencia, explotación, hambre, violencia en los pueblos afectados.

Si con trucos y falsedades, la inglesa Compañía General de las Indias (comerciantes, no políticos) fue apropiándose de la India y llegó a tener ejército propio, jueces y leyes, Estados Unidos aprendió la lección al apoyar y promover dictaduras con intervenciones de tipo colonialista, numerosas y anteriores a la “amenaza” comunista, justificación de Washington para invadir, pero que no necesitó en el siglo XIX. Lo anterior se ha manifestado en nuestras letras.

En El otoño del Patriarca (1975), de García Márquez, Pedro Aragonés, moribundo, le dice al presidente: “usted no es presidente de nadie ni está en el trono por sus cañones sino que lo sentaron los ingleses y lo sostuvieron los gringos con el par de cojones de su acorazado”. En La fiesta del rey Acab (1964), sobre la dictadura del dominicano Trujillo (con el nombre del déspota cambiado), de Enrique Lafourcade, el personaje Andrés afirma que el comunismo es pretexto para mantener regímenes a cargo del vencedor, del comerciante: “Los españoles de Carlos V y Felipe II tenían otro pretexto, de orden más espiritual: someter a los indios a la fe católica… Pero ¡ustedes!… ¡Comunismo! ¡No han descubierto nada mejor! Mantengamos los monopolios del banano, del azúcar, del café, del petróleo, del estaño, del cobre, para defender a estos países contra el comunismo. Compremos minerales por toneladas y vendámoselos por unidad, manufacturados, refinados… ¡Hermoso pretexto!”. En El Señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias, es notorio el vínculo del dictador con el gobierno estadounidense, pues engaña a su exprotegido, Cara de Ángel, al ordenarle ir a Washington porque su reelección está en peligro. Envía a otra persona y manda torturar a Cara de Ángel, pero lo que debe recalcarse es la necesidad de enviar a un emisario justo a Washington para verificar la protección de la primera potencia.

La Agencia Central de Inteligencia (CIA) se ha encargado de que Washington ponga y quite gobiernos, con la democracia como pretexto. La CIA intervino para derrocar a Arbenz en Guatemala; intervino en la invasión de Playa Girón, en Cuba, y en el derrocamiento de Allende para imponer a Pinochet en Chile. Todo por la “democracia”. Fromm llama a este tipo de violencia, violencia reactiva, que con frecuencia, “no se basa en la realidad, sino en la manipulación de la mente”. Tres ejemplos ilustran este fenómeno: en 1939 Hitler lanzó un falso ataque contra una estación de radio alemana. Dijo que Polonia la atacó. Con esto justificó su agresión contra dicho país. Con el pretexto del comunismo, Estados Unidos intervino en Viet Nam, pero incluso sin comunismo, en 1898, después de que España se negó a vender Cuba, explota el Maine. Un contralmirante francés concluyó que la explosión se produjo dentro del barco. El dato no tuvo trascendencia. Estados Unidos hizo la guerra a España y Cuba se convirtió en neocolonia disfrazada. José Enrique Rodó publica Ariel (1900), donde trata del utilitarismo y de la idiota admiración de nuestros jóvenes hacia la potencia del norte. También Rubén Darío toma conciencia y se refiere al “futuro invasor de la América ingenua” en su poema “A Roosevelt”. Pero allí no acaba la aventura norteamericana, iniciada con la invasión a México en 1847.