La mentira tiene una fuerte relación con la inteligencia. Saber mentir nos refiere no al acto simple de negar alguna situación o sólo de maquillar levemente la verdad, la realidad, algún hecho…; no, mentir es ejecutar magia frente al otro, a la “víctima”, por llamar de algún modo al receptor. Mentir es adelantarse por mucho a circunstancias nuevas.

El espíritu de la mentira contiene varios elementos que deben estructurarse, deben armarse, deben estar en puntos correctos. Sin duda, uno de los mejores ejemplos tiene que ver con la labor creativa, en el trabajo, sobre todo, que realiza el escritor: definir atmósferas, crear personajes, desarrollar tramas, colorear escenarios, armar diálogos… En mi opinión, no existe mayor peso de la mentira que lo expuesto en la literatura.

Sin embargo, este quehacer del escritor, es un trabajo que en su mayoría de casos se ejecuta en la intimidad, lejos de cualquier presión por la culpa, por el simple hecho de mentir —una mujer que no escribe pero tuvo que conocer algunos escritores por su trabajo, me dijo con cierto enojo, con la mirada hacia el piso, “he conocido muy pocos escritores pero a los que he tenido que tratar, son muy oscuros”; luego se aseguró de dejarme fuera de ese comentario. Y este trabajo, que se les da muy bien a mucha gente —dirá una enorme porción de la población que la referencia va para los políticos, pero no, éstos, varios, dejan ver la verdad, aunque digan otra cosa—, no sólo tiene que ver con el peso de desarrollar un esquema falso, sino, también, no permitir que el cuerpo hable.

El lenguaje corporal puede jugar un papel traicionero. Me viene a la mente un cartel que está en el banco, con la foto de asaltantes, y la gran mayoría de ellos están con las cejas levantadas. Así, podríamos enumerar varias reacciones del cuerpo, aunque su “poseedor” se aferre a su verdad. Quizás el mayor acierto del dueño de la mentira es convencer al cuerpo, ponerlo en sincronía, para que diga lo mismo que la boca.