La estatua de José Vasconcelos que se encuentra en la calle San Ildefonso frente a la Filmoteca de la UNAM en el Centro Histórico de la Ciudad de México, me recuerda a otra que vi en un fugaz viaje a Nueva York hace algunos años. Las relacioné tanto que fui en busca de la imagen de la escultura que evocaba la obra de Shakespeare La Tempestad. Ahora me parece que en realidad no tienen mucho que ver. Aquella escultura me llamó la atención por la habilidad del escultor para dar con el tono de la furia de los elementos. La escultura de Vasconcelos tal vez sea muy diferente, pero es claro que el autor no quiso presentar al gran educador en una actitud sosegada, sino azotado por el viento o al revés, tratando de revolver el aire.

La evocación de esta semejanza me vino porque sin duda no hay intelectual mexicano que haya vivido la política con tanta pasión y sin que ello le impidiera dejar huella en instituciones como la Universidad Nacional o la Secretaría de Educación Pública.

Vasconcelos prácticamente nunca ha dejado de estar presente en la vida intelectual de México, sobre todo en lo que toca a las discusiones sobre la política educativa. Sin lugar a dudas el actual modelo educativo, pese a las numerosas reformas de que ha sido objeto, fue producto de su tesón. El hacer de la educación una responsabilidad federal al contrario de lo que el ideario de la constitución de 1917 establecía, es obra de una clara visión política y social. En un país de caudillos acostumbrados al poder sin dar razón de sus actos, de escasa instrucción escolar y con una desbordada ambición material, el futuro de la educación dejada en manos de los poderes locales iba a ser sin duda trágico.

Vasconcelos tuvo la visión, la arrogancia y la capacidad política de recomponer el buque y con ello logró que la escuela pública en México se convirtiera en el eje de la política social del régimen, al grado que la educación en los años 30 logró autonomizarse de las condiciones económicas definiéndose como socialista en medio del impulso a la industrialización y el desarrollo capitalista. Pese a las muchas transformaciones que ha sufrido el modelo educativo con las que Vasconcelos tuvo grandes desacuerdos como lo fue la creación de la escuela secundaria durante el periodo de Plutarco Elías Calles, hoy, a la luz de muchos acontecimientos, podemos apreciar la pertinencia del modelo federal impulsado por el intelectual oaxaqueño.

Con todo hay que reconocer que Vasconcelos fue sólo el impulsor de un proyecto y que éste tuvo múltiples seguidores. Sólo estuvo al frente de la Secretaría de Educación Pública menos de tres años y han habido notables cambios ideológicos desde ese tiempo.

¿Qué decir del debate actual sobre la inextricable relación entre educación y cultura y su basamento en el proyecto vasconceliano? Que es una verdad rotunda como también lo es que los ejes sobre los que el filósofo tejió esa relación tienen un sentido confinado a un pensamiento propio y apropiado para la época. Propio porque es claro que sólo en la complejidad del pensamiento de José Vasconcelos se entiende la cultura como un rasgo intuitivo e irracional. Es apropiado para la época porque tal vinculación era adecuada, dadas las condiciones políticas e institucionales del momento. De hecho, en casi todo el mundo el desarrollo cultural se construyó a partir de los distintos proyectos educativos y México no podía ser la excepción.

Pero sin dejar de sostener que algunos rasgos del pensamiento de Vasconcelos tienen sentido, hoy la cultura es mucho más que un impulso espiritual. Se ha expresado en una dinámica de creatividad que exige condiciones de desarrollo más complejas que las de los años 20; se la relaciona con el mercado y a partir de ella y sin mediación de la escuela se han constituido instituciones específicas que requieren cuidada atención.

La cultura hoy es una pieza de intercambio diplomático y vive escondida aún en los vericuetos del mundo digital. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ha impulsado en México y en Iberoamérica una agenda digital que cada día se hace más compleja y que son sólo muestra de los nuevos espacios en que se mueve la cultura.

El carácter asistemático y fantasioso del pensamiento de Vasconcelos no impide afirmar que es definitivamente antirracionalista; una actitud común a los ateneístas de la primera década del siglo XX, quienes eran firmemente adversos al positivismo de los intelectuales porfirianos. “La originalidad del grupo radica en la selección de las lecturas que se hicieron”. Esta selección, además de combatir al positivismo, estableció la dirección filosófica. Las principales influencias fueron: Platón, Immanuel Kant, Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche, Henri Bergson, Émile Boutroux, William James, Benedetto Croce y la literatura griega.

Con la discusión de la creación de una Secretaría de Cultura se ha vuelto a recordar el innegable papel que ha tenido José Vasconcelos en el rumbo que han seguido no sólo la educación sino también el sector cultural en México y es que, como muchos han insistido, es claro que para el fundador de la SEP, la cultura era el rostro contrario al de la barbarie que él como figura próxima al villismo había presenciado en numerosas ocasiones. No era el único que pensaba de esa manera; gran parte de los escritores de los años posteriores al periodo de mayor violencia revolucionaria como Martin Luis Guzmán, Mariano Azuela o Rafael F. Muñoz no prestaron su imaginación a ver la Revolución Mexicana como un proceso épico sino mas bien como un ejercicio de brutalidad que había que dejar atrás.

Hablar de cultura era, para Vasconcelos y para muchos otros intelectuales de esa época, dar lugar a la preeminencia del espíritu. Vasconcelos fue un filósofo original aunque muy confuso. Es difícil reconocer en él un sistema y muchas de sus propuestas intelectuales han sido objeto de debate por una posible deriva autoritaria.

Si se quiere ser contundente, la cultura y la educación han tenido un desarrollo que las ligó definitivamente en un proyecto que debe continuar; será imposible separar la cultura, la salud o la protección del ambiente de la educación, pero ello no impide pensar en modelos de relación a partir de organismos específicos que separen metodológicamente a estos dos ámbitos, en pro de su gestión, para su administración y eficacia, por supuesto, sin descuidar sus vinculaciones.

Del mismo modo en que una cosa es la educación para salud y otra las políticas públicas sobre este campo, en cultura será indispensable mantener el vínculo con educación para conectar los valores de respecto a la diversidad y el despliegue de la creatividad, pero otros son los muchos programas que hay que desarrollar en los instrumentos necesarios para crear, fomentar, estudiar, difundir y favorecer el acceso a los bienes culturales.