A escasos dos meses de que se lleve a cabo la visita del Papa Francisco a México, querubines inconformes han empezado a hacer acto de presencia en las redes sociales y, cartulinas en mano, expresan su inconformidad por el recorrido del Sumo Pontífice. No se justifica, porque en México, 7 de cada 10 habitantes son católicos y tienen un líder moral en el que ven un mensaje de paz.

Los “contreras” reclaman a la autoridad que en lugar de gastar tantos millones de pesos en preparar al país para recibir al Papa argentino, ese dinero se destine mejor a surtir de medicamentos las clínicas y hospitales del país o bien, a paliar un poco el hambre que mantiene despiertos a millones de mexicanos, incapaces de conciliar el sueño con la tripa vacía.

Hay quienes afirman que la contracampaña es orquestada por alguna que otra secta de esas que intentan abrirle los ojos a la humanidad, provocando el desprecio hacia el catolicismo y todo lo que a ello huela.

Las voces inconformes son las menos, mínimas pues. La visita de Francisco a México ha despertado más allá del espíritu católico, una renovada fe de que las cosas pueden cambiar; de que la fe mueve montañas y de que, a los ojos de Dios, todo es posible.

Sin la gracia que acompañaba en cualquiera de sus actos a Juan Pablo II, el Papa Francisco tiene, ante México, una gran ventaja: su origen latino y su indiscutible amor a la Virgen de Guadalupe. La Morena es hoy por hoy la principal bandera que enarbola el casi octogenario apóstol de Dios en la víspera de su recorrido por cinco diócesis Mexicanas.

La visita Papal recae, en su organización, totalmente en manos de la Iglesia y sus autoridades; eso que ni qué. Del estado mexicano y de las autoridades estatales y municipales de los lugares visitará en su gira del 12 al 17 de febrero (aunque reales son cinco días efectivos de eventos), la Iglesia recibe el respaldo logístico, una parte de la garantía de seguridad y la buena intención de arreglar lo más bonito que sea posible cada ciudad.

La visita Papal es motivo de fiesta para cada uno de esos lugares y la casa se debe arreglar a la altura de las circunstancias.

Aquellos enojados con los recorridos del Sumo Pontífice por varios puntos del territorio mexicano, argumentan que hoy en día los mexicanos seguimos pagando la factura de las distintas visitas que en su momento llevó a cabo Juan Pablo II. Sólo ven pues el lado negativo de la moneda y no la inversión que representa la gira papal para cada diócesis que será bendecida con su presencia, y los beneficios que esos lugares recibirán.

Por su condición física, difícilmente el Papa Francisco retornará a nuestro país después de febrero del 2016. Por ello la intensidad de los recorridos que ahora se planean: en cinco días efectivos de eventos públicos, el argentino encabezará 19 actividades en la Ciudad de México, el Estado de México, Tuxtla Gutiérrez, Morelia y ciudad Juárez.

Francisco Primero marcó la prioridad de su agenda con los temas que abordará a lo largo de esta visita. Cumplirá el protocolo obligado de encontrarse con la comunidad religiosa; y los compromisos diplomáticos por su investidura oficial, al reunirse con autoridades de los distintos órdenes y poderes mexicanos y representantes de la sociedad civil organizada.

El Sumo Pontífice celebrará cinco misas, intentará abonar a la reconstrucción de la esperanza entre los mexicanos; impregnará de su humor y bondad cada acercamiento con los niños y jóvenes; reiterará su respeto hacia las comunidades de los pueblos nativos; consolará a los reclusos y a los enfermos y tratará de convencernos a todos que, en la fe y la entrega a Dios, siempre habrá un mejor mañana, incluso para aquellos que hoy aprovechan las redes sociales y difunden, cartulinas en mano, su evidente rechazo a la visita del papa latinoamericano.