Le reclaman que sólo escriba sobre el barrio en que nació y vive todavía. Muy probablemente consideran que su notable talento literario amerita expandir sus horizontes, desplegar las alas, surcar otros universos… no sé.
Aunque la escritura, como todo don artístico, exige entereza, tesón, trabajo: entrega, su poseedor tiene de libertad de hacer con él lo que le plazca, del modo que él o ella consideren pertinente. No es legítimo criticar a un autor por sus obsesiones… si acaso, por la forma de abordarlas. La crítica es voluble: festina la ultra regionalización de la literatura si con ello crea un falso movimiento literario que se traduce en moda pasajera, ergo, burda mercadotecnia… pero si alguien que no pertenezca “oficialmente” a ese grupo que se apropia de las circunstancias, el caló y la atmósfera de un punto geográfico más de la República Mexicana (el Norte, en este caso), entonces sí está mal “que se repita”, que experimente la necesidad de extraer del anonimato del barrio historias tan humanas y dignas de ser contadas, como las inmortalizadas por la más selecta literatura de todos los tiempos… aunque los Valjeans de la obra que nos ocupa no terminen en prisión por robar pan sino por fumar un “gallo”.
Este es el caso del escritor sonorense Carlos Sánchez, oriundo del barrio de Las Pilas, en Hermosillo, Sonora. Su más reciente obra, La ciudad del soul, segundo que publica en una editorial pequeña pero progresista y amplia en miras, Nitro/Press (del también narrador Mauricio Bares), es como el anterior, Matar, una colección de crónicas que oscilan entre el periodismo y la prosa poética —aunque esta última, considero, se impone a la crudeza de sus temas con naturalidad y elegancia— y reproduce episodios que marcaron su existencia en más de una dirección: como niño, como hombre, como padre y, específicamente: como escritor.
Es muy probable que este escritor que aún puede ser calificado de “joven”, además de aparentar mucha menor edad de sus cuarenta y cinco pese a las cicatrices de la vida que no surcan su rostro sino su escritura, no hubiera adquirido esa sabiduría encallecida, y esa prosa que alcanza momentos sublimes, si no hubiera pasado privaciones, trabajos infrahumanos y la tentación de delinquir, que llega a ser demasiado intensa cuando la sobrevivencia se vuelve prioridad. Tampoco hubiera desarrollado esa astucia que no sólo sirve para sortear los peligros del barrio (encarnados por los “drogos” que por “la tira”, es decir, la policía), sino también para construir hábilmente escenarios, circunstancias, atmósferas, emociones, y todo lo que implica hacer literatura. Decir que Carlos Sánchez es un escritor sin miedo quiere decir muchas cosas. Para empezar, no me refiero a ese elemental reflejo animal que humaniza a los héroes de las películas, sino, en primer lugar, a la domesticación del mismo; meterlo en cintura cuando se trata de un obstáculo para ponerse a salvo, entre otras cosas. Me refiero también a que no le tiene miedo a la metafórica página en blanca. Carlos escribe sin tregua desde que lo conozco. Nuestra vieja amistad es un edificio que se construyó sobre esa coincidencia de intereses y en la certeza de que ni una lluvia de balas (al menos en el caso de él, que se desenvolvía en territorios algo más peligrosos que yo) impediría realizar ese ideal. Y aquí lo tienen, aunque no sea esa especie de rock star en que insisten en parecer algunos poco serios autores mexicanos que escriben por vanidad, no para existir. De los pocos pupilos reconocidos por el más grande poeta de Sonora, Abigael Bohórquez (1936-1995), en cuyo honor Carlos bautizó al mayor de sus hijos (que aparece como personaje en una de sus crónicas); de los que no fueron sacados a puntapiés del pequeño cuarto donde el Gran Maestro recibía a jóvenes ansiosos de aprender de él, el único que admitió pese a no ser poeta, fue justamente aquel muchachito acompañado, hasta la fecha, de una cámara fotográfica y una libreta de notas. Abigael, que por entonces iba a centros de readaptación para jóvenes para impartir talleres de escritura y lectura entre los reclusos, labor por la que no cobraba un centavo pese a sus innumerables necesidades, heredó esa preciada labor a su único pupilo narrador, es decir, Carlos, que hasta la fecha asiste de manera alegre y puntual a departir con jóvenes que, gracias a él, han llegado a albergar ambiciones literarias tras haber ingresado al presidio como analfabetas funcionales. Muchos de estos jóvenes, que ni la literatura logró rescatar de su destino, hacen su aparición en estas páginas cargadas de pasión, emotividad, coraje, solidaridad, fraternidad, “arder de revolución”, como le llama en alguno de los relatos: “(…) Y es que me ocurre a menudo. Los presos con los que tallereo textos se quitan sus ropas para abrigarme. Me llevan de la mano al comedor y me ponen en el primer lugar de la fila” (“Mi hábitat, un café”, p. 85).
Carlos redacta sus textos en la cafetería del Hotel Colonial, un establecimiento cinco estrellas que sin embargo recibe con gran cariño al que consideran su más ilustre parroquiano, ese hombre de ropas modestas, pelo largo y voz estentórea y firme, misma con la que imparte cursos de periodismo que es constantemente invitado a impartir en las mejores escuelas de periodismo del Distrito Federal, entre ellas la Carlos Septién. La nobleza de Carlos abarca lo humano y lo literario, y es proporcional a su talento. Por si lo anterior no bastara, la publicación de La ciudad del Soul —que hace alusión a la forma popular en que los propios hermosillenses denominan su hábitat como “la ciudad del sol”, orgullosos de resistir sus 45 grados a la sombra en verano y parte del otoño— carga una anécdota que me permitiré resumir en este espacio: estaba destinado a ser publicado por Canek Sánchez, nieto nada menos que del Ché Guevara, pero la muerte lo emboscó a los 39 años. Tuvo a bien compartir su fascinación por este material con Raúl Linares, refiriéndose a él como “es un poema muy bueno sobre la calle”. Linares se sintió moralmente obligado —por cariño a Canek; porque leyó el libro y también se enamoró de él— a ponerlo al alcance de Mauricio Bares, uno de los editores más apasionados y profesionales de México… y el resto es historia…
