El marxismo, sin vigencia

 

El elemento sustancial de la ciencia política se encuentra en las formas de gobierno, en los sistemas políticos, y sobre todo, en los conceptos ideológicos que determinan un sistema. A partir del inicio del capitalismo, en términos generales sólo se plantearon dos grandes ideologías: el liberalismo y el socialismo científico o marxismo, los demás sistemas y subsistemas son variables de estas dos grandes estructuras.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, la fuerza creciente de la Unión Soviética y el mundo que prometía obligaron al capitalismo a tener un rostro de Estado social y benefactor, que a su vez se fundamentó en la teoría económica de Keynes y en la construcción política de la social democracia.

En América Latina, la dicotomía se dio principalmente entre regímenes populistas social-demócratas, como el de Lázaro Cárdenas, en México, o como las dictaduras militares de corte fascista, aunque algunas influidas fuertemente por el populismo social, como es el caso de Juan Domingo Perón en Argentina, no olvidando que la Revolución Mexicana fue fuente de inspiración de nuestro continente para alcanzar un mundo mejor.

Fue hasta 1959 cuando surgió la Revolución Cubana que, frente a la presión norteamericana, optó por el camino del socialismo, lo que fue posible gracias al mundo bipolar y al apoyo de la Unión Soviética.

En la medida que el neoliberalismo ha dominado la economía mundial, el marxismo ha dejado de tener vigencia, y la izquierda se ha visto representada por gobiernos socialdemócratas, sin embargo, el acercamiento de Cuba y Estados Unidos, aunado a la fuerza enorme del capitalismo, han propiciado que la ola socialdemócrata que recorrió América Latina se esté debilitando a grandes pasos.

En efecto, el poder del kirchnerismo en Argentina ha sido derrotado en las urnas por el nuevo presidente, empresario y futbolero Mauricio Macri; en Venezuela el poder legislativo ha quedado fuera del alcance del presidente Maduro; en Brasil la mandataria Dilma Rousseff ha sido cuestionada, una y otra vez, por casos de corrupción y de insatisfacción social; en Nicaragua las cosas tampoco pintan bien; en Uruguay se ha debilitado el proyecto social en la última elección; en Perú, el presidente Humala ha retrocedido en su proyecto social; mientas que en Ecuador al gobierno de Correa le sucede lo mismo; Bolivia no parece avanzar por el desprestigio de la reelecciones del presidente Evo Morales; en Chile la presidente Bachelet cada día pierde popularidad.

En resumen, el proyecto social demócrata y de izquierda en América Latina ha perdido vigor, creciendo la confusión ideológica, que opera desde los medios masivos de comunicación, que hacen creer que la empresa privada es la panacea, y que los empresarios son los nuevo héroes de nuestro tiempo, cuando el objetivo de estos es el enriquecimiento y la acumulación del dinero, propiciando una desigualdad imposible de superar.

¡No!, no son los empresarios ni la iniciativa privada la que va a resolver el tema de la desigualdad, es la fuerza de un Estado social de derecho, que obligue, como lo hace utópicamente nuestra Constitución política, para favorecer a las clases más desprotegidas.

En Estados Unidos, la sombra ominosa del fascismo vuelve a surgir con la —ya no ridícula, sino siniestra— figura de un Donald Trump, apoyado por una sociedad blanca que refleja la hogueras del Kukuxklan y los recovecos políticos del Tea Party. Trump es una amenaza para la paz mundial, particularmente para América Latina.

El camino de la derechización, desgraciada e irremediablemente desemboca en el fascismo, la discriminación, el racismo y en el pánico generado para someter a la libertad por la supuesta seguridad. Sin embargo, nuestra historia nos hace sentir que, a pesar de todo, somos el continente de la esperanza.