El registro de los pasos del poeta son las huellas del tiempo. A golpe de versos y con un ritmo como si fuera en espiral, la pluma traza su distancia. Se señala el camino de los distintos rumbos por donde ha caminado el dibujante de la palabra. Se trata, pues, de hurgar en su propio interior que se refleja con cada sitio al que arriba para delinear esa huella, son viajes paralelos, que van por su interior de sombras y atraviesan frente a la fachada del sitio que aprehende la mirada.
Alí Calderón (Ciudad de México, 1982) en su volumen Las correspondencias (Colección Visor de Poesía, Madrid, España, 2015) convoca —invoca— las sombras que lo nutren, que de algún modo lo guían: “Estar sentado en una mesa/ y que la superficie agriete frente a mí/ Que se funda mi lámpara/ La estancia me bañe en sombra”, dice el poeta entre “presagio y desolación”.
El hacedor de versos conjunta Las correspondencias en un mosaico de varios sitios que, más que visitarlos, le ha tocado vivirlos, “es de alguna manera una bitácora de viaje y un diario del alma”, como lo menciona el escritor Marco Antonio Campos, en la presentación de este poemario, y añade: “El autor busca que haya una doble lectura: que de la ciudad visitada convivan imágenes históricas de un remoto pasado con vivencias del momento actual”. Y es precisamente esa mirada que, desde la frescura del presente, abre el gesto del día que lo habita, arquitectura perenne que convoca más allá de los lugares, las paredes de la pulsación del sentir: “Destino ignoto/ Me circunda el mutismo/ Espesa bruma”.
El volumen Las correspondencias es la estela de la sombra, el grito del presagio, la tristeza y el silencio que maduran la voz que palpa la noche, que sopla sobre el rostro de una fachada, que anida la tierra de las sombras.
