Al escuchar la palabra placer, casi un solo aspecto nos viene a la mente. Bien pudiéramos mencionar la diversidad del significado de placer, y de un modo casi insoslayable habremos de regresar al principio, a lo que se pensó de inicio: el placer sexual. Muchas opiniones han subrayado que el hombre, del tiempo que está despierto, piensa el setenta por ciento en sexo, no sé si lo sea, pero de que el sexo es el rey de los placeres, no cabe duda. Tal placer modifica al ser y éste, a su vez, creará o moverá lo que considere a favor de su anhelo.
Patricia Rodríguez Saravia (Ciudad de México, 1945) es médico psiquiatra. Tiene una docena de libros publicados entre novelas, ensayos y relatos. Ha sido galardonada por su labor literaria en distintos concursos. En busca del útero perdido es una de sus mejores novelas y De piel de víbora fue hecha película.
Los extraños caminos del placer (Axial / Tinta nueva, México, 171 pp.) es una novela que se afianza más por su contenido que por su gesto narrativo. En este libro la cotidianidad cobra intensidades. Como se afirma en la presentación del volumen: “Hombres, mujeres, esposos, madres, seres que transitan el día a día con un sopor desesperante. La cotidianidad con sus rutinas han convertido en un gran bostezo sus existencias. Sin embargo, se dice que no muy lejos, sólo a escasos kilómetros de esta Ciudad de México se encuentra una mansión que entre sus paredes esconde la posibilidad de recrear y diversificar la realidad de cualquiera, un espacio donde el placer va más allá de la mera experiencia sexual./ Dicen los que saben que… Hay un lugar…”. La presencia del placer es el personaje principal y con toda seguridad es un gancho con suficiente tino para que el lector no abandone Los extraños caminos del placer, un buen fragmento de una cotidianidad sexual que quizá la tenemos desapercibida, en este caso, porque Rodríguez Saravia nos hace voltear a estos rumbos que son increíblemente completados con los epígrafes que utiliza la autora, y para muestra, con el que cerramos esta colaboración, uno de Molière, que ilustra ampliamente tanto la novela que hoy nos ocupa, como la intensidad que la sostiene: “Yo tomo mi placer/ donde se halle (y no donde no); y si tengo que luchar por él, mejor tomo otro placer”.
